Carlos Raúl Hernández: Peronismo sin Perón

Con frecuencia se afirma, contra la evidencia histórica, que el populismo es inmortal. Reverso a la tesis de Llovera Páez, -”pescuezo no retoña”-, sería una hidra que mientras más cabezas le cortan, más le crecen. De ese modo una sociedad que lo sufre, está condenada a recaer, tal vez hasta el fin de los tiempos. Esa supuesta hipótesis obedece a una preocupación con Venezuela. América Latina, desde los años 30, vivió una oleada de movimientos de ese tipo. En sentido estricto el populismo se puede definir como una emergencia de masas autoritaria, “nacionalista”, participativa, “antiimperialista” y que desprecia las instituciones que molestan a los caudillos.

Lo propio de sus gobiernos es llevar la redistribución de la riqueza hasta extremos que destruyen la rentabilidad y con ello se desploma la economía. Se diferencia de un Estado comunista porque no practica la estatización total ni los paredones de fusilamiento. Por eso Octavio Ianni sostiene que… “el control del poder surge como un producto político paradójico, porque contiene una paz de antagónicos… “. Una convivencia áspera de clases.

En 1946 Argentina era la cuarta potencia mundial. Ese año eligen a Juan Domingo Perón (46-52) y lo reeligen en 1952 para un nuevo período que frustra el golpe de Eduardo Leonardi que lo derroca en 1955 y que aspiraba detener el hundimiento general de la nación ya quebrada por un gobierno sin seso. Fuera el caudillo, no logran estabilizar la nave que zozobra por avilantez de los líderes militares y democráticos. Así traen de nuevo a Perón en 1973 los mismos que lo tumbaron, con la tesis de “la muralla carismática” para detener la anarquía.

Regresa al poder en 1973, muere en 1974 y deja en el gobierno a su esposa Isabel (lo que no pudo hacer con Evita) que perfecciona el caos y la secuencia de golpes militares. Después del melancólico gobierno de Alfonsín y el Partido Radical, gana un peronista liberal, Menem y hasta nuestros días el partido se mantiene en el gobierno “K”.

Latinoamérica vivió una oleada de populismo de variados matices desde los años 30 con Getulio Vargas en Brasil y su Estado Novo. Sin hacer una revolución en el sentido marxista, agiganta el Estado, funda empresas públicas y reparte beneficios hasta que los recursos se agotan, se producen crisis económicas y un deterioro crónico de la economía brasileña que sólo lo corregirá Fernando Henrique Cardoso, décadas más tarde. Desmoralizado por su fracaso, tuvo la cortesía de pegarse un tiro en 1954.

A diferencia de Argentina, una vez bien enterrado Vargas y pagadas por todos las consecuencias de su irresponsabilidad, el país marcha en un sentido totalmente contrario hasta hoy con Rousseff. Colorín colorado. Omar Torrijos mantuvo una dictadura en Panamá desde 1968 hasta su muerte en 1982, se hizo nombrar en la Constitución “Líder máximo”, pero su hijo gobierna desde 2004 a 2009 con recetas liberales y democráticas que impulsaron el “milagro panameño”.

Luego del ominoso ejercicio de Allende y el Partido Socialista Chileno, que provocaron la tragedia del golpe de Estado y la dictadura de Pinochet, esa organización regresa al poder con la Concertación, pero bien lejos del populismo. Perú después de décadas de estos extravíos que lo llevaron a la postración, entre ellos Velasco y Alan García, tomó la senda contraria desde hace veinte años, y el mismo García posteriormente contribuyó a limpiar la casa.

Pese al prejuicio existente la única esquirla de recurrencia fatal populista es Argentina, que aún hoy arde en fiebre por la enfermedad. A veces se dice bona fide que una virtud del chavismo sería “haber puesto en la agenda la pobreza”. La mala noticia es que ese precisamente es uno de los rasgos esenciales de populismo, que se llama así por su apelación “al pueblo”, los “cabecitas negras” de Eva Duarte para lanzarlos contra otros grupos. Sólo que el resultado de tal honor, es que los pobres se hunden fatalmente en hiperinflaciones, hiperdevaluaciones, desempleo, delincuencia, prostitución, producto justamente de haber “entrado en la agenda”, y estarán condenados hasta que gobernantes serios y sin demasiados aspavientos ocupan su lugar.

Pero hay un fenómeno nuevo que merece atención. Lo que no pudo en Venezuela la autocracia bolivariana por incompetencia, corrupción, mediocridad, parece que si avanza en Bolivia y Ecuador donde se implanta un esquema autoritario sin afectar demasiado la eficiencia productiva, sin populismo económico. A lo mejor la revolución de aquí dependerá en el futuro de subsidios de esos países. 

@carlosraulher