Fausto Masó: El último parte de Villegas

A la oposición le convendría que las elecciones presidenciales se celebrasen a fines de año; algunos piden que se declare la ausencia definitiva de Chávez, provocar la convocatoria electoral, su toma de posesión; al chavismo le valdría la pena celebrarlas ahora mismo, se esfuerza en demostrarnos que el Presidente pronto volverá a Miraflores. Esta comedia de equivocaciones se aproxima a un desenlace según el tono del último parte médico de Villegas.

Desde diciembre quieren demostrar algo imposible, que Maduro –un personaje inconfundible por su bigote y que haría un buen papel en una película de rancheras de Jorge Negrete– no es Nicolás Maduro: canta como Chávez, amenaza como Chávez, habla como Chávez, pero, oh, desgracia, no es Chávez, y mientras menos se le parece se vuelve más peligroso; es como lo comprueba Simonovis, reemplaza su falta de autoridad con gestos bravucones.

Circulan historias dignas de Hollywood: Chávez habría muerto en diciembre, un doble lo suplanta, o lo trasladaron para Barcelona, España; por su parte, el Gobierno anuncia un alzamiento de la oposición: la guarimba a la vuelta de la esquina. Vivimos en una Venezuela bizarra, histérica. Indepabis cierra un supermercado en el este de Caracas por un producto mal etiquetado, no impide que en los barrios los abastos vendan alimentos al doble del precio regulado, y no hablemos de los reyes de la especulación, los buhoneros.

Hasta hoy Maduro ganaría cualquier elección, pero si este desbarajuste se prolongara, el país continuará desintegrándose, cualquier cosa ocurrirá, incluso la derrota electoral del chavismo. Maduro quiere legitimarse electoralmente pero, probablemente, nadie sabe lo que ocurre en la dimensión desconocida del Hospital Militar, Chávez rechace renunciar y crea, hasta el último momento, que volverá a Miraflores, como cualquier enfermo terminal se aferra a la vida.

Estos acontecimientos dejan chiquito a un García Márquez y despiertan un interés mundial por lo insólito e increíble, sólo que están marcando el futuro de un país.

A Maduro le ocurre como al guapo nuevo en el barrio, que todavía no atemoriza a nadie, en especial a los suyos; no ha impuesto su autoridad sobre los militares, los gobernadores o los simples militantes del chavismo; quiere volverse un Chávez de la noche a la mañana, cuando le tocaría ser Maduro. Raúl Leoni no hablaba como Betancourt, ni Caldera se comportaba como Leoni, o Carlos Andrés como Rómulo.

Políticamente, el adversario ya es Maduro, no Chávez. A Maduro hay que exigirle que gobierne, estabilice el bolívar, administre mejor las divisas.

Venezuela en estos 30 años ha sido el país peor administrado del mundo, en especial en el periodo de Chávez; en un futuro inmediato, gobierne quien gobierne, seguiremos igual, porque nadie dice hoy, ni en el Gobierno ni en la oposición, que la Ley del Trabajo nos arruina, o que hay que liberar los precios, privatizar las plantas de la CVG, o el costo terrible para el BCV de las empresas del Estado, y ni siquiera pasa por la cabeza la idea de abrir Pdvsa a la inversión nacional.

El famoso Viernes Negro, Leopoldo Díaz Bruzual propuso una devaluación lineal, Arturo Sosa padre impuso un sistema de cambios múltiples. El tan denigrado Búfalo tenía toda la razón del mundo en esa ocasión, nos hubiéramos ahorrado 30 años de devaluaciones.

El tono del comunicado de Villegas reconoce la gravedad de la enfermedad presidencial.