Sin servicios básicos viven estas personas en Fetrazulia (Foto y Video)

Ocho pisos sube, cinco veces al día, Rosalina González, con el peso de dos baldes de agua con los que llena una pipa grande que tiene en “el baño” (un cuartito hecho con madera) de su “apartamento”, es decir, lo que hasta hace 11 años fue una de las oficinas de Fetrazulia, en la avenida 17 Los Haticos. Con información de Panorama.

Keila Vílchez Boscán

Ella, a sus 48 años, habita desde hace casi 10 en esa estructura que fue testigo del ajetreo diario de sindicalistas y el bullicio de las asambleas de trabajadores. Hoy, con sus cinco hijos, Rosalina es una de las 63 familias que desde distintos puntos de Maracaibo, e incluso de Caracas, tomaron el edificio que está hecho de remiendos.

La pared de madera de la sala sanitaria de Rosalina divide su vivienda de la sala-comedor de su vecina, Mary Sierra, quien solamente tiene cuatro años viviendo en el lugar, espacio por el que pagó un millón y medio de bolívares, sin tener papeles de propiedad y sin contar con ningún servicio básico.

“Me vine desde la capital del país con mi esposo y mis tres hijos, porque allá no encontrábamos nada y mi muchacho mayor estaba tomando malos pasos. Solamente teníamos un millón en el bolsillo, los otros 500 los prestamos, pero por lo menos ahora tenemos un sitio donde dormir medio seguros”, contó Mary, mientras Rosalina regresa con uno de los “viajes” de agua.

‘Nueva Jerusalén’ es es el nombre de esta improvisada residencia, donde una tubería de 15 centímetros de alto, a un costado de la vieja estructura, es la única fuente de agua potable para las 295 personas que residen en 9 de los 12 pisos que tiene la edificación. Fue construido en el primer período presidencial de Carlos Andrés Pérez y funcionó allí el Ministerio del Trabajo, que fue cedido luego a Fetrazulia en calidad de comodato, por 40 años.

La carencia de una red de aguas servidas hace que las ventanas de las escaleras sean el “bajante” de desperdicios corporales, desechos sólidos, aguas domésticas y hasta escombros.

“Las necesidades se hacen en un tobo o en bolsas plásticas, que luego se lanzan para la parte trasera del edificio; no tenemos otra opción”, justificó una mujer que se identificó como Iraida Mendoza, y quien tiene 11 años viviendo en el lugar con sus cuatro muchachos, todos menores de edad.

El mal olor de esta zona de botadero se percibe, como un golpe a puño cerrado en la nariz de quienes viven en el segundo piso. La insalubridad que emana de ese vertedero tiene consecuencias que se observan, a simple vista, en la piel de los más pequeños, cifra que en el edificio llega a 120 infantes.

“Erupciones en las extremidades, pero también muchas infecciones respiratorias son muy comunes aquí”, cuenta Carolina Sánchez, vecina.

Al subir las escaleras, todas sin pasamanos, y adentrarse en cada piso del ‘monstruo’ de concreto en que se convirtió en la última década, se siente una especie de claustrofobia, debido a la poca ventilación e iluminación que hay en los pasillos que comunican “los apartamentos”. Por piso, se cuentan entre cinco y siete, dependiendo de las divisiones que hicieron de las antiguas oficinas administrativas.

Las conexiones de electricidad suben internamente por los dos huecos de los ascensores fuera de funcionamiento y tapados con madera, bloques o latas. Mientras que por la parte externa de la estructura se observa una especie de tela de araña negra, plástica, para trasportar el gas doméstico que sube hasta cada uno de los cubículos.

“En diciembre del año pasado, a un señor del tercer piso le explotó el cuarto por una fuga de gas doméstico, porque aquí todos los servicios son improvisados por nosotros mismos”, detalló Luis Monte, quien vive en la planta baja.

Un total de 26 accidentes han ocurrido en la edificación, sin contabilizar las dos muertes registradas el pasado fin de semana, cuando dos personas fallecieron al caer al vacío. Uno sucedió el sábado, cuando un trasvesti cayó del noveno piso y el otro fue el domingo. Un hombre murió al lanzarse desde el cuarto nivel de la estructura.

“Hace cinco años, un niño de siete años rodó por las escaleras, porque no tienen pasamanos, y esto lo llevamos nosotros registrado”, indicó Miriam Mangarrés, vocera del consejo comunal Una sola Revolución.

“Nos han ofrecido ayuda social con jornadas médicas…pero lo único que pedimos es concretar un proyecto habitacional que tenga las condiciones para vivir bien”, agrega María Bravo.

La inseguridad es dueña en esta comunidad. Los vecinos dicen que luego de las 8:00 de la noche prefieren no salir. ¿Soluciones? Les han realizado dos censos para vivienda, sin embargo, aún no han obtenido una respuesta. Aún así, no pierden las esperanzas y dejan claro que “este edificio es un caos, pero es nuestro hogar”.