Leonardo Palacios: Los sembradores de cenizas

En diciembre de 1984 recién recibiéndome de abogado tuve la oportunidad de leer “Lo afirmativo venezolano” la obra del controversial escritor Augusto Mijares, gracias al obsequio de un apreciado amigo, actor de primer orden de la gran «Rebelión de los náufragos» (título de la obra de Mirta Rivero) que permitió el deslave institucional, artificiosa y arteramente provocado, contra el Presidente Carlos Andrés Pérez y que significó la apertura a este incordio histórico cuyo resultado son dos décadas pérdidas (1993-2013).

Esta obra según Arturo Uslar Pietri, otro de los “notables” inspiradores de la referida “rebelión” que tanto nos ha costado, “debería ser un libro de obligada lectura en las escuelas de mi país, que tanto necesita reconciliarse con su propio ser, tan olvidado y deformado”.

La edición obsequiada tiene un enjundioso prologo de Pedro Grases, en el que expresa que “esta obra se presta admirablemente para una meditación, como de término de ejercicio, pues sus páginas son un revisión de la historia de Venezuela, un examen de conciencia, (propicia para ser realizado en un alto del camino) para considerar dónde se está, qué se ha hecho, y cuáles son las directrices que hay que tomar en los días por venir en la vida de la República ; si estamos, o somos, agudo planteamiento para la reflexión”.

Tal visión de la obra nos enganchó desde el principio pues suponía un reto a desentrañar la mejor forma de asumir el compromiso de un joven atraído por el mundo de lo público sin caer en las contradicciones, en los pantanos que hacían difícil el cruce de la academia a la actividad política sin quedar impregnado del cortoplacismo y en las componendas contractuales en las que se enredaban entonces las nuevas generaciones de políticos.

La lectura del conjunto de ensayos que constituyen la obra de Mijares, nos puso de inmediato en un frenético interés por lograr entender la razón de buscar “lo afirmativo venezolano”, “un ideario venezolano” frente a la secular “tradición pesimista de afirmar que siempre hemos ido a la deriva, sin propósitos fijos, a merced del capricho de los poderosos y de la improvisación de sus favoritos”.

En nuestra generación era común oír en las conversaciones de nuestros mayores- pues la política era asunto de ellos y mis congéneres le aburría-, “que los partidos estaban en crisis”, “que los políticos era todos ladrones”, “que solo pensaban en sus intereses”, etc. Era el florecimiento de la antipolítica auspiciada, incluso, por aquellos que han sido víctimas de los desmanes de este gobierno.

No crea mi paciente lector, que lo afirmado pretende validar retroactivamente la infeliz frase del no menos infeliz rector Edmundo Chirinos según la cual la generación de los 80 era “una generación boba”.

En fin, todo ese razonamiento sombrío de quienes irresponsablemente renunciaron a lo público por considerar que eso era oficio únicamente de los políticos, reduciendo la interacción entre el sector privado y el Estado a una relación clientelar, de aprovechamiento indebido de la inmensa renta petrolera que administraba.

Un sector privado que se abstuvo de participar en el acontecer del país, conformándose con la burda e injusta generalización que fue creando la necesidad imperiosa de un cambio urgente, sin importar el conocimiento previo de la formación u origen de quien lo ofreciera y sin otear el horizonte de una posible debacle como la que vivimos, que nos lleva a una irrecuperable perdida de dos décadas de desarrollo y bienestar.

La contraposición entre «los afirmativo venezolano» y «los sembradores de cenizas» nos impactó, pues a pesar de la quejosa y desagradecida predica de entonces, la diatriba política era solo devaneos propios de la pantomima practicada entre gobierno y oposición. Todos éramos venezolanos y eso era lo que realmente importaba.

La lucha de clases, el conflicto entre la burguesía y el apoderamiento de los medios de producción por parte de ésta para mediatizar la acción emprendedora del proletariado, era para nosotros parte de la literatura marxista leída en los albores del despertar por lo público y en los libros de Martín, Moleiro, Petkoff, los Domingo Alberto Rangel y Jose Vicente Rangel y Duno con sus latiguillos y citas muy propia de su sólida formación marxista, que yo aprovechaba de la generosa avidez de lector de mi padre.

No existía en la política y en los políticos de entonces, por lo menos de la que regía y atraía en los primeros años de democracia, esa perversa intención de inocular el odio visceral entre los venezolanos.

Era para nosotros extraño «los sembradores de cenizas», la existencia de “Narcisos -Narcisos por su autocomplicación egoísta- que aparentan lamentar que Venezuela hizo tal o cual cosa contra Bolívar, Miranda o Bello”, para señalarse ellos mismos “como un Bolívar, un Miranda o un Bello, Y cuando habla de que todos los venezolanos somos ingratos o corrompidos o frívolos, sólo le interesa ponerse a sí mismo como paradigma de las virtudes opuestas”.

Nunca pensé que mi búsqueda por conocer la génesis «de lo afirmativo venezolano» iba experimentar en carne propia los desmanes históricos de «los sembradores de ceniza» que han convertido la sociedad venezolana en un caldo de cultivo, esperemos muy lejano y pasmado, para un enfrentamiento fratricida alimentada por la voracidad presupuestaria de régimen un de solera vocación autocrática bajo el ropaje de la igualdad y lucha antiimperialista, como el cubano que se ha valido de las veleidades inmaduras de quien ahora se encuentra en las postrimerías de su vida e incursión histórica.

Mucho menos pensé que el prototipo de «sembrador de cenizas», de estas dos últimas décadas, citara en sus arengas la obra de Mijares y exhortara a la búsqueda «de lo afirmativo venezolano». Da la impresión que en su lectura veloz no pasó del título, o si realmente la efectuó en su totalidad, es de un completo cinismo al no advertir que su conducta como gobernante tiránico dista mucho de ser el prototipo de héroe descrito por Mijares.

«Sembradores de cenizas», en pleno siglo XXI, de aquellas arrojadas por el incendio de instituciones, economías y sociedades que representó millones de muertos, varias generaciones frustradas y sin derechos elementales en China y en la desaparecida Unión Soviética, que ahora pretenden esparcir por Venezuela y Latinoamérica.

«Sembradores de cenizas» que lamentan conductas apátridas, entreguistas, criminales y antihistóricas de la «derecha apátrida y corrupta» (entiéndase de esa mas de la mitad del país que los adversa) que su peculiar forma de ver, al igual que los enemigos de Bolívar, desdicen con sus conducta su ideario y pasión libertaria.

Son dos décadas pérdidas durante los cuales el bienestar de una nación se ha sacrificado para mantener en pie el espejo distorsionado y enfermizo de quien ha pretendido convertirse, obcecadamente, en un Bolívar contemporáneo, cuyo sacrifico, aún a costa de su salud, es para construir la gran patria que generaciones que le precedieron fueron incapaces de construir.

Los últimos acontecimientos vinculados a la salud presidencial, al parecer nos lleva a una segunda camada de «sembradores de cenizas», formados bajo el liderazgo y las formas del gran “sembrador”, que amenazan con erosionar las pocas bases de sustentación y viabilidad que restan a una cansada y enferma sociedad intoxicada e incapaz de metabolizar las cenizas sembradas; de una economía calcinada cuyas cenizas resultan muy difícil restablecer y aspirar por las erráticas políticas adoptadas por quienes aparecen como responsables de esta imperdonable siembra.

Ojalá que, como expresa Augusto Mijares, “la verdad es que aun en los peores momentos de nuestras crisis políticas, no se perdieron totalmente aquellos propósitos de honradez, abnegación, decoro ciudadano y sincero anhelo de trabajar para la patria. Aún en las épocas más funestas puede observarse como en el fondo del negro cuadro aparecen, bien en forma de rebeldía, bien convertidas en silencioso y empecinado trabajo, aquellas virtudes”.

Esperamos que esas virtudes resurjan de las cenizas como ave fénix y se traduzcan en rebeldía en los derroteros de las formas democráticas y constitucional y en certera búsqueda de lo «afirmativo venezolano», alimentado con los valores por Mijares indicados.

Por Leonardo Palacios Márquez
(@NegroPalacios)