Carlos Blanco: La mueca horrible de la crisis

Las crisis son así. Sacan del fondo quieto de las conciencias a todos los bichos que se habían hundido con el paso y el peso de los años. El torrente cristalino que de antiguo corría rumoroso se transforma en el charco de aguas verdosas, estancadas y putrefactas. Estos tiempos de mutaciones violentas no envuelven sólo a “los otros” sino a todos y desde las buenas almas que creemos que somos o queremos ser brotan virus también malignos y contagiosos. Sí, las familias se dividen, los amigos se separan, las envidias y los odios crecen. Hasta el camarada so pretexto de defenderte argumenta “es que él es muy bueno, lo único que le pasa es que… ” y allí va clavada la daga en el lado izquierdo del esternón.

Son tiempos amargos en los cuales la descomposición corroe los espacios ajenos y propios. La motocicleta que se aproxima tiene que ser la de un asaltante; el automóvil estacionado ha de ser la de los previsibles secuestradores; el próximo informe del Gobierno ha de ser la continuidad de la tripa podrida de las mentiras; las discusiones opositoras asumidas como más de aquello de lo que se pretende salir; el ánima presidencial dando vueltas, abandonada de la mano de Dios, a merced de la confusa rabia de sus opositores, pero sobre todo juguete de las ambiciones de sus subalternos ahora alzados con el santo, la limosna -¡vaya qué limosna!- y en medio de la manipulación de un cuerpo que nadie sabe cómo está, ni dónde y sobre todo, qué quiere. (Adán, please, dinos algo)

LOS PERSONAJES. Tal vez uno de los personajes que expresa con mayor patetismo la situación actual es Nicolás Maduro. Si se hace un esfuerzo por ver algo de su esencia, si se apartan sus aspavientos al intentar el imposible de parecerse a su inaudible e intangible jefe, se observará la crisis en marcha. Lo que era un proyecto de sustitución del Presidente, pedregosa pero posible, se convirtió en un retortijón gaseoso de la historia. Maduro quemó su capital político inicial -traspasado desaprensivamente por el doliente- en apenas tres meses. No era poca cosa ser ungido por un alma en pena, envuelta en la túnica de la santificación prematura; pero, el heredero no estuvo a la altura. No se trata de devaluar las imprevistas capacidades de Maduro sino de reconocer que cayó en las mandíbulas horribles de una situación que no pudo manejar. Estos elementos no constituyen una predicción, porque entre las novedades que permiten tiempos como los actuales está que “lo extraordinario se vuelva cotidiano” y lo ordinario también. Beppe Grillo puede ser primer ministro de Italia. Un suplente desangelado puede vivir de una inercia que nadie pueda o quiera parar. Y puede llegar a ser presidente al salir de este limbo en que está, en plena calle y en medio del calorón, entre la esquina de Carmelitas y Miraflores.

No es menos dramática la situación del Presidente de la AN. También ha sido mordisqueado por la crisis. De alternativa dentro del chavismo, como representante de un sector militar más o menos aprovechado y chambón, ha pasado a convertirse en eclipse precoz. Lo degradaron: de ser un eventual sucesor de Chávez a ser un competidor de Maduro. Parecía que tenía poder y seguramente puede dar algunas órdenes, manejar recursos, reprimir a enemigos, pero la proyección hacia la sucesión se encuentra atravesada por el chirrido de la muela del molino en que se ha convertido la revolución después de la evaporación de su jefe.

Jorge Giordani, a quien por razones que se generan en aulas de clase no querría imaginar en este brete, trasmutado en un preboste de sobria, tranquila y monacal incompetencia. Sí, puede poner presos a los directivos de las casas de bolsa como lo hizo, pero no puede resolver el problema que aquellos legalmente resolvían. Puede zaherir a los ricos mientras su compañero de mesa ministerial los alimenta; puede estar muy disgustado con la corrupción pero la tiene en su nariz, y en vez de combatirla, da declaraciones de prensa; acaba con el Sitme como un condotiero del siglo XVI en Lombardía, pero no sabe cómo sustituirlo.

Nadie manda, nadie obedece. Hay un alzamiento generalizado fuera del común objetivo de no perder el poder pero de una manera tal que lo que tienen entre las manos puede que no lo agarre otro pero que se les disuelva. Tal es la temperatura que su desbarajuste engendra. En medio de esa tolvanera solo el bosque silencioso, amenazante, parece avanzar.

LOS DE ACÁ. Tampoco los de la acera de enfrente escapan a la dinámica del desastre. Vienen elecciones. En vez de discutir políticas para ver cómo se deslíe el fraude, aunque sea en alguna proporción o cómo se logra un entendimiento profundo, se imponen los soterrados autoritarismos. Ya no es la voluntad del jefe sino la igualmente perversa de las encuestas, trasmutación de una falsa voluntad general que convierte a los políticos en rehenes de sus antípodas, los mecánicos de opinión pública.

Cierto que Henrique Capriles de lejos debe ser el más popular y conocido. Tiene un trabajo reciente, personalmente meritorio, que generó entusiasmo en una colectividad abatida por muchos años, durante más de una década que es como un siglo. Pero de allí a que su candidatura se convierta en una inevitabilidad que niegue el debate e impida la alternancia, hay abismos.

Cuando Capriles asienta que sólo responderá al “pueblo” y no a los “jefes”, vuelve a la retórica del que se va o se fue, según la cual por responderle al pueblo no le respondía a nadie porque el pueblo era lo que él consideraba como tal. Al final era él. ¿Es que acaso se puede repetir la experiencia de exclusión y falsa unidad por arriba (mediana por abajo) que condujo a la derrota del 7-O?

Las certezas de este momento indican que si no hay un cambio de política no habrá un cambio de resultados. Están mal si creen que la carencia de popularidad de Maduro es el asunto. Los pichones de autócratas, aunque no tengan votos suficientes, se convierten en más peligrosos cuando manejan a su antojo procesos, tecnologías, tiempos y secuencias. ¿Acaso no se ve el tejemaneje impune de los tribunales y la fiscalía?

Sin política no hay proyecto de poder. Sin alianzas no hay fuerza. La idea del Comandante según la cual se podía llevar nariceados a los demás porque carecían de fortaleza, repetida a escala en la oposición, es no solo éticamente cuestionable, sino políticamente ineficiente. No funciona.

Paradójicamente hay una rendija que la propia MUD abrió y es el Informe autocrítico que encargó. Allí hay claves; estas tampoco garantizan escapar de las mandíbulas que trituran y machacan, pero abren intersticio para una política diferente.

En la política está la clave y en el nombre está el engreimiento. En la política está el sentido y en el nombre el estandarte. Como ayer y como siempre, es la política y no el mercadeo o el financiamiento. 

Twitter @carlosblancog