El primer amor del joven Chávez (FOTO)

(Foto Panorama)

El azul de los ojos de Telma Torres deslumbra como hace más de 50 años a pesar de las lágrimas que, desde el pasado martes, brotan del mar de su mirada para llorar a Hugo Chávez Frías… y tiene razón para llorarlo, reseña Panorama.

El recio llanero, el de los ideales revolucionarios y luchas constantes, muchas veces se perdió en el mar de los ojos de Telma, mucho antes de que Chávez fuese Chávez.

“El Chávez que recuerdo es el mismo que conoció el pueblo de Venezuela: amoroso, carismático y encantador. Como cuando niño, como cuando era un cadete de la Academia Militar”, dijo la mujer a PANORAMA en su casa de Barinas.

Telma guarda el secreto del primer amor del presidente Hugo Chávez, que él mismo revelaría en alocuciones oficiales y campañas electorales al llamarla “La maestra de los ojos claros”, el primer amor de su vida.

Las travesuras de Huguito cautivaron a la rolliza niña de pelo rubio y mirada azul cuando apenas cursaban la primaria en la escuela de Sabaneta de Barinas: “De niño siempre me buscaba, andaba pendiente de lo que hacía… Era un niño excelente”.

Cuando los encantos no funcionaban, el niño Chávez recurría a otras tretas: “Las tardes que pasaba por la casa a vender las arañas que hacían su mamá y sus tías me regalaba dos o tres. Era desprendido y amoroso, cualquier detalle era emocionante”.

Entre juegos de niños y niñas surgieron los primeros besos robados: “Era un juego inocente, cuando me descuidaba me daba un beso en la boca y decía ‘¡beso robado!, para luego salir corriendo a jugar con sus hermanos y amigos de infancia”.

La entrada a la adolescencia dieron paso a las visitas formales, a pesar de la distancia que significó la ida del flaco aspirante a jugador de béisbol a la capital de la República y su posterior ingreso a la Academia Militar bajo el empuje de Isaías Romero, el hombre que lo llevó de la mano a inscribirse como estudiante.

“De cadete, Hugo nunca dejó de venir a Sabaneta, de venir a visitarme. Me impresionaba cuando llegaba a la puerta de la casa, vestido con su uniforme y su hermosa sonrisa, siempre con un detalle en la mano: una rosa, un chocolate, siempre galante y caballeroso”.

En su cuarto Telma guarda una foto de Chávez, distinta a la que reposa en la mesa con su banda de Presidente o la que cuelga de su pared en uno de sus innumerables actos de masa. La figura del Mandatario es delgada, con uniforme de gala y dedicatoria especial en el reverso de la estampa: “Esta foto me la tomé hace algunos meses cuando estaba en segundo año. Es el uniforme de gala de color azul celeste. Febrero 1973”.

Es el recuerdo más preciado de su primer amor, aun cuando el deseo de perpetuarlo no pudo concederse: “Tenía la esperanza de que regresara a Sabaneta y que me firmara la foto de nuevo. Nunca tuvimos la oportunidad de coincidir para que lo hiciera. A pesar de ello guardo bellos momentos, de una infancia maravillosa y de una adolescencia mágica”.

En Sabaneta la llaman “La novia de Chávez”, el amor eterno del comandante. Hoy cumple otra función, lejana a la que tal vez pudo ser. Telma organiza las patrullas que permanecen en la plaza Bolívar rindiendo vigilia por otro tipo de amor… El de los hijos que esperan poder ver a su padre fallecido.

Más cuadros y fotografías con memorias cotidianas de un Chávez poco conocido. Ahora la plaza es una galería biográfica de postales a colores y blanco y negro que espontáneamente colocan los seguidores del Jefe del Estado, “para mantener viva por siempre su imagen. Su amor por el pueblo”, resalta Jhon Porras, integrante del Psuv.

Velas y flores adornan el espacio. Más que un funeral es una fiesta a la vida de Hugo Chávez y al legado dejado; así lo asegura Torres: “El amor que llevaba Hugo en su corazón lo regó por toda Venezuela. El carisma, la inteligencia y la entrega con la que enamoraba a una mujer estuvo presente siempre. Nunca odió a nadie, no tenía veneno para nadie. Ese es el recuerdo que siempre llevaré de él”.