Pablo Díaz de Brito: Chávez, embalsamado, delata la inseguridad y el temor del chavismo

Publicado en: Opinión

El anuncio del embalsamamiento del cuerpo de Hugo Chávez, formulado por Nicolás Maduro, sorprendió a todos. Ni los periodistas más informados tenían el anticipo de semejante jugada de la cúpula chavista.

Queda claro que el cuerpo embalsamado de Chávez será parte de la campaña que se avecina, en la que Maduro disputará la presidencia con Henrique Capriles. Este último perdió el 7 de octubre pasado ante Chávez por 55% a 44%. Una diferencia neta, pero ese 44% es un avance preocupante para el establishment chavista y un logro sin precedentes para la oposición venezolana. Por eso, hay que suponer que esta decisión de “eternizar” la presencia del cuerpo de Chávez en el espacio público se toma como resultado de una profunda inseguridad de Maduro y el resto de la cúpula en sus propias cualidades. Una resolución que resulta chocante y morbosa a las sociedades de otras naciones. Se trata de una medida sencillamente impensable en Brasil, Chile o Argentina. Pero no en la Venezuela creada por Chávez, quien en su terrible agonía no habrá tenido capacidad para imaginar algo semejante: el destino de fetiche que tendría su cuerpo. Claro que el chavismo siempre podrá decir que esta decisión necrofílica fue ordenada en vida por el propio “comandante presidente”. Este afán fetichista de Maduro y el resto de la cúpula (y parece evidente que los miliares tallan con fuerza creciente en el proceso de toma de decisiones) busca en lo inmediato consolidar a Maduro y prolongar todo lo posible el actual clima de conmoción e identificación emocional con el caudillo muerto de la amplia mayoría de la sociedad venezolana. Por esto, y como predice el analista Vicente León, el chavismo intentará convocar a elecciones cuanto antes. Si es posible, en los 30 días que manda la Constitución. Aunque esto parece organizativa y materialmente difícil, igualmente los plazos y mandatos constitucionales en la Venezuela chavista son detalles accesorios, como prueba que Maduro esté al frente del Ejecutivo interino y no el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, según indica con claridad indiscutible el texto constitucional (art. 233).

Por todo esto, puede decirse sin exagerar que un nuevo componente se suma a la política venezolana: el cadáver de Chávez embalsamado y exhibido al público en forma permanente. El peso y efecto de esta jugada alcanzará por cierto a la campaña electoral. Ese cadáver y su lugar de exhibición serán luego un factor más a considerar en cualquier evaluación que se haga de la política venezolana, pero tendrá un efecto que decaerá con el tiempo.

Porque lo que la jugada necrofílica del chavismo no podrá evitar es el desgaste de Maduro, cuando sea ya presidente por el voto. Y el de su gobierno, de su gabinete y de su gestión Ya le ocurría a Chávez, de hecho, y ese 44% opositor habrá sido sin dudas preocupante para el establishment chavista. La inflación y el desabastecimiento de bienes básicos están dañando de manera creciente al modelo bolivariano. Este socialismo del siglo XXI no se sostiene ni con el barril de crudo venezolano volando por encima de los 100 dólares. El estado de postración de la estatal PDVSA, su vampirización extrema por el esquema ideado por Chávez en estos largos años de poder, repercuten y repercutirán inevitablemente sobre los niveles de consenso del chavismo.

Decir esto hoy, ante la enorme demostración de fervor popular hacia el caudillo desaparecido, puede sonar al discurso de un loco o de un autista. Sin embargo, basta tomar un vistazo panorámico de los últimos años, sumar el surgimiento de Capriles, el cansancio con la enorme ineficiencia del aparato estatal, para darse cuenta que el actual estado de ánimo colectivo, potentísimo, no será eterno, ni mucho menos. Al contrario: a partir de ahora se dirá ante un mal crónico “esto con Chávez no pasaba” o “a esto Chávez lo solucionaba”, aunque se trate de una falacia evidente. Es la otra cara de la moneda del “efecto heredero” que usufructúa por estas horas en enormes dosis Maduro, quien sin ese fenómeno no sería competitivo en absoluto. Algo similar pasa hoy en Argentina con el desaparecido Néstor Kirchner. Ante la creciente disfuncionalidad de la economía kirchnerista está surgiendo en el peronismo y en buena parte de la opinión pública un latiguillo reiterado: “esto con Néstor no ocurría”, y se aplica a casi todo lo malo de la gestión K, que es cada día más. Hay incluso figuras destacadas del ahora llamado “nestorismo” que hacen de heraldos de esta facción nostálgica, comenzando por el ex jefe de gabinete Alberto Fernández, hoy un crítico implacable del gobierno de Cristina Kirchner, del que sin embargo formó parte.

De manera que en el caso venezolano se deben aguardar dos cosas casi seguras: en lo inmediato, una, la victoria arrrasadora de Maduro sobre Capriles. Incluso podría ganar por más margen que el propio Chávez si la elección no se posterga demasiado. La otra es ese desgaste y descontento que ineludiblemente llegarán en dosis crecientes, porque de hecho ya se estaba  instalando en Venezuela por los problemas acumulados y crónicos de la economía “bolivariana”. Y cuando llegue ese momento no habrá un caudillo carismático al frente, sino un grupo de hombres comunes, de cualidades limitadísimas, como son Maduro, Cabello, Jaua y los demás integrantes de la cúpula chavista. Si nada cambia en el modelo bolivariano, surgirá una dialéctica que llevará a un reforzamiento continuo de la hoy débil oposición.

Pero acá surge, creemos, otra posible novedad: que el chavismo, asesorado por La Habana, intente una vuelta de tuerca del sistema político. Según el modelo y la guía del castrismo, tan influyente desde que Chávez enfermó a mediados de 2011. Con un poder gravitante de la casta militar, totalmente fidelizada al régimen y parte esencial de él, este viraje autoritario no es de descartar. Seguramente Raúl Castro y sus ministros han fatigado los oídos de Maduro y Cabello con tesis de este tipo. La formación en el más rústico marxismo-leninismo de Maduro seguramente ayuda en el impulso a sondear este camino de “cubanización”. La retórica cada vez más amenazante y agresiva de la cúpula parece indicar algo en este sentido.

Es la vieja técnica utilizada con tanto éxito por Fidel Castro desde los años 60 y que hoy usan en diversa medida todos los gobiernos “bolivarianos” y afines: la construcción de un enemigo, interno y externo, al que enfrentar con “el pueblo”, al que para eso se regimenta y militariza. Chávez lo hizo, permanentemente. Pero, apoyado en su abrumador poder de figura carismática, no necesitaba eliminar la competencia electoral, que fue para él fuente de permanente legitimación, interna y externa. Ganó siempre, sencillamente. Con Maduro u otro candidato en el futuro, esto no es para nada seguro, más bien todo lo contrario. Como se dijo, ahora Maduro arrasará en las urnas. Pero en uno o dos años el actual clima de fervor cuasi religioso habrá pasado, y la economía y la gestión de la cosa pública habrán empeorado aún más. Sumando así tensión a la puja interna chavista, que hoy ya existe. La cúpula comenzará a echarse culpas y a pasarse cuentas cuando las encuestas o las elecciones locales o parlamentarias no den buenos resultados. Y por entonces el efecto “heredero”, hoy todopoderoso, habrá desaparecido. Es cierto, la momia estará en su catafalco, siempre disponible para el uso del régimen. Pero también ella habrá perdido su poder mágico. Porque así como hoy hay un poderoso efecto de trasferencia de ese carisma del fallecido a su heredero designado, así esta trasferencia se esfumará con el tiempo.

De manera que, sea en el plano de la retórica comunicacional, talento que Maduro y sus posibles reemplazos no poseen en lo más mínimo, como en el de la provisión de bienes públicos a las masas, el futuro del chavismo no presenta buen aspecto. Salvo que Maduro se revele como un administrador prodigioso, algo que para ser francos no parece ser en absoluto, las masas no tardarán demasiado en quejarse si no reciben la tajada que esperan. El mecanismo del clientelismo populista funciona así: es por un lado emotivo y de retórica encendida, pero también resulta crudamente interesado y materialista. El “cliente”, así como venera, también se queja y se va si no recibe lo que está habituado a recibir. O si no recibe más, porque, por ahora, en la primera etapa del chavismo, la de Chávez, las masas se conformaron con módicas mejoras en su vida material: un mínimo servicio sanitario, un autobús, un mercado de alimentos a precio subsidiado. Fue más que suficiente para marcar la diferencia con la etapa final del régimen del Punto Fijo. Pero la gente sigue viviendo en los “cerros”, es decir, las favelas o villas miseria venezolanas. Como en tantas otras áreas de la gestión pública, el chavismo falló fenomenalmente en la construcción de viviendas populares. Y los adolescentes y jóvenes de hoy, cuando sean adultos, tal vez exijan algo más que sus padres. Este fenómeno de la nueva generación que ya no se conforma con lo recibido por sus padres se observa actualmente en la Argentina K. El inesperado estallido de “saqueos” de comercios de bienes electrónicos que se verificó a fin de año pasado en coincidencia con las Navidades, tiene esa explicación.

El drama para el chavismo es que está en condiciones de ofrecer cada vez menos, y no más, como le exigirán en el futuro sus votantes. Y, como se dijo, ya no habrá un Chávez para colmar con su gestualidad y su verborragia entusiasta lo que no se puede dar materialmente. Por esto, la falta del líder carismático afecta estructuralmente al modelo bolivariano, por más que hoy se diga lo contrario. Max Weber explica que el modelo carismático se “rutiniza” y deviene con el tiempo racional y administrativo. Pero, agrega, solo si tiene éxito en proveer a sus dominados con los bienes que estos le exigen. Y esto es justo lo que ya no estaba ocurriendo, u ocurría en menor grado, en la Venezuela chavista de estos años.

 

Publicado originalmente en http://www.analisislatino.com/notas.asp?id=5989

 

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