Víctor Maldonado: Una tarea muy difícil

Con Hugo Chávez también muere su liderazgo carismático, porque los carismas no son transferibles. Para entender esto vale la pena volver a los conceptos formulados por Max Weber cuando intentó explicar los fundamentos sociológicos de las relaciones de dominación. Al referirse a la dominación carismática dijo que esta debía entenderse “como la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen) de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, (o por lo menos específicamente extracotidianas y no asequibles a cualquier otro) o como enviado del dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder”.

Son varias las consecuencias del carisma. La primera, ya la asomamos, no es delegable. La segunda  que el carisma es una estrecha e intima relación entre el caudillo y sus seguidores. Es lo que llama Weber el reconocimiento que es “una entrega plenamente personal y llena de fe surgida del entusiasmo, o de la indigencia y de la esperanza”. La tercera es que el carisma se pierde “cuando el agraciado carismático parece abandonado de su dios o de su fuerza mágica o heroica, le falla el éxito de modo duradero, y sobre todo si su jefatura no aporta ningún bienestar a los dominados. Cuando esto ocurre hay la probabilidad de que su autoridad carismática se disipe. La cuarta es que el carisma no se apoya en un cuadro administrativo racional-legal que lo respalde, sino en un séquito de hombres de confianza que viven a la sombra del influjo personal de su jefe y líder y que son reconocidos por la comunidad como tales. Y por último, cuando el líder desaparece, una de las formas de asegurar “la rutinización del carisma” es por designación del sucesor hecha por el portador actual del carisma, y su reconocimiento por parte de la comunidad de creyentes.

Que el carisma sea transferible es por lo tanto una probabilidad que depende no solamente de las intenciones del caudillo, sino de las propias cualidades del designado, de las pruebas contundentes que dé de su valor, de la capacidad que tenga para cohesionar tras de sí a la comunidad de seguidores, y que por supuesto siga estando en capacidad de aportar el mismo tipo de bienestar a los dominados. Y allí está el detalle.

Pasado el tiempo del duelo y las manifestaciones de dolor, que hay que reconocer como genuinas y respetar cabalmente, el designado deberá afrontar el legado tal y como lo recibió. Por una parte sin un grado apropiado de institucionalización, y por lo mismo, con una gran variabilidad en la interpretación de lo que es y lo que ha debido ser. A cada rato profetas y sacerdotes de tono menor se presentaran como intérpretes válidos de la voluntad de Chávez, sin que nadie pueda desautorizarlos. Unos y otros pugnarán por hacerse ver como los verdaderos traductores de la revolución bolivariana sin que haya nadie con el suficiente poder para arbitrar la ortodoxia. Al mismo tiempo el designado tendrá que lidiar con unos resultados que no puede endilgarle a Chávez pero que tampoco podrá asumir él mismo sin incurrir en grandes costos y peligros. Me refiero a la realidad, al quiebre del país, al endeudamiento creciente, a la inseguridad ciudadana, la corrupción, las mafias enquistadas en la administración pública y a las logias militares. En algún momento después de culminados funerales y honores al presidente fallecido, Nicolás Maduro deberá afrontar la soledad de la toma de decisiones y el desgaste que ellas significan. Él nunca será Chávez, pero será permanentemente comparado con él.

A la revolución bolivariana le faltó tiempo para su institucionalización. El presidente Chávez siempre fue muy avaro con los procesos de delegación. Él se reservó siempre la primera y la última palabra en todo, y exigió al respecto una lealtad férrea, dentro de la cual todo lo demás se perdonaba de la misma forma que se castigaba cualquier amago, por pequeño que fuera, de disidencia. Su séquito lo sabe porque todos ellos de alguna manera lo sufrieron. Ahora liberados de esa tensión, quién sabe si quieren o esperan una redistribución del poder y quién sabe si Maduro es capaz de administrarla sin mayores conflictos.

Mientras se lo piensa, la realidad económica venezolana sigue derrumbándose. Desde que Maduro está encargado del gobierno la inflación ha acumulado 9.8 puntos porcentuales  en solo tres meses y la moneda se ha devaluado en un 46,5%, lo que abonará aun más el proceso inflacionario. En el mismo período ocurrieron cerca de 6.500 homicidios y unos 140 secuestros  fueron denunciados ante las autoridades. Estamos hablando de tres meses de interinato en el que la represión económica, la escasez y el abandono de lo público han sido el signo, hasta el punto en que no sería descabellado pensar en una ausencia notoria de gobierno.  No será fácil para Maduro comenzarlo a hacer porque hasta las excusas han perdido credibilidad. En cualquier caso, una nueva etapa comienza el próximo lunes.

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