Editorial ABC Color: Pasaron de hipócritas a verdaderos canallas

En los últimos días, para que Nicolás Maduro, delfín del finado Hugo Chávez, pudiera hacerse con el control absoluto del poder en la hermana república sudamericana, una tras otra, fueron sistemáticamente pisoteadas todas las claras disposiciones constitucionales venezolanas que establecen los mecanismos sucesorios en caso de “falta absoluta” del presidente. Increíblemente, los groseros atropellos legales no solo no han sido denunciados por los mandatarios de la región, sino que fueron legitimados en forma bochornosa por ellos a condición de que las nuevas autoridades del régimen chavista continúen entregándoles petróleo barato y dinero en efectivo.

Sorprendentemente, se trata de los mismos jefes de Estado que se alborotaron contra nuestro país y nos sometieron a todo tipo de tratos humillantes cuando aquí se sustanció la legítima destitución de Fernando Lugo, el 22 de junio de 2012. Aquel proceso, valga la pena recordarlo, se realizó en estricto apego a la letra y el espíritu de la Constitución Nacional, dando cumplimiento a su artículo 225, que dispone el proceso de enjuiciamiento político a los principales jerarcas del Estado.

Pero en Venezuela la violación de la Constitución fue y es grosera, alevosa y flagrante. Se hizo en abierta contradicción a lo dispuesto en su artículo 233. El texto del mismo prescribe cuanto sigue: “Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente electo o Presidenta electa antes de tomar posesión, se procederá a una nueva elección universal, directa y secreta DENTRO de los treinta días consecutivos siguientes. Mientras se elige y toma posesión el nuevo Presidente o la nueva Presidenta, se encargará de la Presidencia de la República el Presidente o Presidenta de la Asamblea Nacional”.

A pesar de la claridad del artículo en cuestión, el pasado viernes se produjo la ilegal juramentación de Nicolás Maduro como presidente “encargado” (un cargo inventado por el bolivarianismo marxista), en virtud de una amañada sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, manejado por títeres genuflexos sometidos al régimen chavista. No contentos con ello, dispusieron la realización de nuevos comicios en un plazo distinto del ordenado por la Constitución, uno que le dé tiempo de volver a reacondicionar en sus filas el terremoto que le produjo la muerte del gorila bolivariano.

Nicolás Maduro es, pues, el presidente de facto de Venezuela. El principal líder de la oposición de ese país, Henrique Capriles, declaró que la sentencia del Supremo constituye un “fraude constitucional” y que la juramentación del nuevo mandatario fue completamente espuria.

Si fueran honestos, esto es lo que hubiera correspondido que declararan igualmente los presidentes de la región, en particular aquellos que tan arbitraria cuan injustamente castigaron a nuestro país el 29 de junio del año pasado, en la cumbre llevada a cabo en Mendoza: las presidentas Dilma Rousseff, del Brasil, y Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina, y el presidente de Uruguay José “Pepe” Mujica. Pero, ¿por qué no lo hicieron y no lo hacen? Es fácil concluir los motivos. Uno, porque Maduro pertenece a su misma ideología política: es un bolivariano con el que comparten la misma visión de la realidad y proyectan construir una América del Sur por completo sometida a los designios de la izquierda marxista más recalcitrante que se pueda pensar.

Y dos, por simple interés económico, porque con el nuevo presidente de facto de Venezuela podrán seguir rapiñando en beneficio propio los recursos petroleros que pertenecen al pueblo venezolano. No solo le sacarán el oro negro por chauchas y palitos, sino que podrán invadir con sus productos el exprofeso desabastecido mercado del país caribeño, como el caso del Brasil; dar manotazos a la gorda petrochequera heredada por Maduro para pagar deuda externa, como en el caso argentino, o seguir haciéndole comprar bancos fundidos, como aconteció en Uruguay, algún tiempo atrás, según reveló en una oportunidad el propio Mujica.

Por esos motivos estuvieron en Caracas muy “compungidos” todos, lloriqueando, rezando y haciendo cruces delante del cadáver del gorila bolivariano, gimoteando como viudas plañideras ante su féretro, mandándose un teatro que aparezca en la televisión con el sucio objetivo de asegurarse de seguir con Maduro quedándose con la tajada que Chávez les había repartido en vida. Lo esencial para ellos es asegurarse de que el negocio continúe funcionando y floreciendo.

Lo de hacer respetar la Constitución de un país importante como Venezuela para estos gobernantes sin moral y sin Dios, es un asunto meramente colateral, una cuestión “intrascendente”. Sin embargo, con naciones pequeñas y sin recursos que repartir como Paraguay, sí se puede fingir un supuesto fino espíritu democrático y armar un gran escándalo, no porque nos hubiéramos apartado del orden constitucional, pretexto que ellos esgrimieron, sino porque el bolivariano marxista Lugo era una ficha que no se resignaban a perder en el tablero de la política regional.

Por las escenas observadas por el mundo a través de los medios de comunicación, se puede concluir que el comportamiento de estos presidentes antes fue el de unos hipócritas: aplicaron su “ley” con un doble rasero; pero ahora, por la forma en que actuaron, se sacaron la máscara con la que pretendían aparentar cierta decencia, evidenciando que solo les interesa el dinero de Venezuela. Ahora se mostraron como lo que son, unos canallas vulgares y silvestres.

 

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