Las obras de Miguel Ángel, fuente de inspiración para los cardenales

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Recluidos en cónclave durante largas horas dentro de la Capilla Sixtina, los cardenales que tienen la responsabilidad de elegir al próximo papa pueden inspirarse en los mensajes que transmiten los suntuosos frescos de Miguel Ángel, obras maestras de la pintura del Renacimiento y auténtica ilustración de la Biblia.

Gildas Le Roux/EFE

Miren donde miren, los 115 cardenales con derecho a voto reunidos en cónclave verán los mensajes y los valores transmitidos por las Santas Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Al entrar en la capilla, lo primero que ven los “príncipes de la Iglesia” es un fresco que representa la “Entrega de llaves”: en una gran plaza, Cristo entrega solemnemente las llaves del Reino de Dios a San Pedro, de rodillas. Un símbolo potente, que recuerda la figura de San Pedro a los que tienen que elegir al sucesor de su trono.

“La inmensa responsabilidad de estas jornadas consiste en poner estas llaves en las manos adecuadas”, escribió Joseph Ratzinger, el ahora papa emérito Benedicto XVI, cuando todavía era cardenal, en el prefacio de “Tríptico romano”, un libro de poemas de Juan Pablo II, su predecesor.

En ese mismo libro, el papa polaco aseguraba que “los hombres a los que se les ha confiado el legado de las llaves del reino [los cardenales] se dejarán inundar por la sinfonía de los colores de la Sixtina”.

Pero las pinturas de esta capilla, construida entre 1477 y 1481 por orden del papa Sixto VI, son una obra colectiva, en la que participaron Michelangelo Buonarotti (Miguel Ángel, 1475-1564) y otros grandes maestros del Renacimiento, como Sandro Botticelli o Perugino, autor de la escena de las llaves.

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Quizás el fresco más impresionante sea “El juicio final”, de Miguel Ángel, que ocupa todo el ábside. En el centro, un Cristo atlético e imberbe parece girar sobre sí mismo en el centro de un cielo intensamente azul.

El espectáculo es sorprendente. Los cuerpos resucitan y se someten al juicio implacable: el paraíso o el infierno, lleno de monstruos y de cuerpos torturados. Se cuenta que en 1541, cuando fue desvelado el fresco, Pablo III, impresionado, cayó de rodillas y se puso a llorar.

Para huir de este espectáculo terrible, los cardenales del cónclave sólo tienen que mirar la bóveda de la Capilla para descubrir la célebre escena del Génesis y de la creación del hombre vista por el talento de Miguel Ángel.

“Con una intensidad expresiva única, el gran artista representa al Dios creador, su acción, su potencia para expresar la evidencia de que el mundo no es producto de la oscuridad, del azar, del absurdo sino que viene de la Inteligencia, de la Libertad, de un acto supremo de Amor”, afirmó entusiasta Benedicto XVI, cuando en 2012 se cumplieron 500 años de la creación de esta obra maestra.

Partiendo del Génesis, la Capilla Sixtina y sus 2.000 metros cuadrados de frescos explican los grandes episodios de la Biblia y exaltan la doctrina de la Iglesia, del Edén al Apocalipsis, pasando por el Infierno y la historia de Moisés o de Cristo.

Una fuente de inspiración y reflexión permanente para los cardenales responsables de elegir al próximo Papa, que tienen el privilegio de observar la obra de Miguel Ángel con toda tranquilidad, al contrario de los millones de turistas que cada año hacen colas kilométricas para observar los frescos durante unos pocos minutos.

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