Pedro Elías Hernández: La dictadura de la mayoría y la disipación del capital

Los regímenes republicanos por lo general suelen practicar la democracia como forma de gobierno. Esa democracia puede ser buena o mala, mejor o peor, según sea el caso, pero siempre conservando sus formas y contenidos básicos. Sin embargo hay que decir que hay tipos de democracias que no son republicanas.

Una república es una concepción institucional de la función y del ejercicio poder que fragmenta y separa los poderes públicos constituidos bajo el criterio de crear gobiernos limitados con el propósito de preservar, proteger y defender los derechos políticos, sociales y económicos de los individuos y de los ciudadanos.

La muerte de Hugo Chávez y por consiguiente su ausencia al frente de la jefatura del Estado, pondrá como nunca de relieve y dejará aun más claro a los ojos del país el tipo de democracia que hemos tenido en Venezuela, la cual, sin duda, es una democracia no republicana.

Para la nomenclatura revolucionaria que hereda el poder de Hugo Chávez y desde luego para él mismo, la democracia era entendida como la dictadura de la mayoría. Es decir, a título de haber obtenido la mayoría de los votos en las urnas electorales, se sienten autorizados a ejercer el poder de forma absoluta, sin controles ni límite alguno. Una concepción así nos aproxima más a los regímenes absolutistas contra los cuales lucharon nuestros padres libertadores durante parte del siglo XIX.

Y cuando decimos que con el fallecimiento de Chávez se pondrá más de bulto la cruda realidad del tipo de democracia que hemos tenido en la última década y media, es porque la avasallante presencia del desaparecido líder y su tremenda gravitación en la vida pública nacional, de alguna forma solapaba este hecho. La concentración del poder en sus manos era innegable, pero Chávez era, como jefe político indiscutible de su movimiento y como lo define la Constitución, el Jefe del Estado y Presidente de un gobierno, en un país presidencialista que le da preeminencia al poder ejecutivo por encima de las otras ramas del poder público.

Ahora, a partir de la ausencia física del máximo líder bolivariano, surge inusitadamente una instancia de gobierno y de poder llamada “La Dirección Político Militar de la Revolución”, la cual concentra en su seno al tren ejecutivo, al alto mando militar y a la directiva del poder legislativo. Estamos hablando de una suerte de gobierno corporativo o de junta gubernamental, regresando al país a capítulos que se creían superados en la vida nacional.

Tal vez esta “Dirección Político Militar de la Revolución”, sea un invento transitorio, mientras se convocan a elecciones para sustituir a Hugo Chávez al frente de la presidencia. Pero por lo pronto este engendro político, sacado de momentos oscuros y turbulentos de nuestra historia, nos asoma la posibilidad de que se convierta en el verdadero poder y del cual será rehén Nicolás Maduro, si resulta, como parece, electo presidente este venidero 14 de abril.

Estas reflexiones tienen sentido en función de orientarnos un poco respecto al norte político que debemos seguir quienes queremos un cambio en Venezuela. La lucha debe ser por combatir esa versión de democracia no republicana que nos quieren imponer y proponer como alternativa a ella, una democracia realmente republicana, en donde la autoridad constituida esté fragmentada y separada, el gobierno sea limitado a fin de evitar avasallar a los ciudadanos.

Igualmente en lo económico, luchar por una economía libre, en donde El Estado y el sector privado se complementen y existan reglas de juego que proscriban los monopolios, estimule la competencia y la igualdad de oportunidades. Un marco y unos arreglos institucionales en donde el que se pueda hacer rico que lo haga, como retribución a su eficiencia y no como consecuencia de privilegios que se dan y se quitan desde el poder. Igualmente luchar para que los ciudadanos puedan disfrutar y disponer libremente de los frutos de su trabajo.

En resumen una economía que no opera en función de un esquema simplemente redistributivo de una renta petrolera, en donde siempre habrá algunos pocos privilegiados que capturan groseramente mucho más de esa renta que la inmensa mayoría. Una economía más bien que apunte hacia criterios retributivos a fin de premiar a los ciudadanos por su esfuerzo económico productivo.

Como bien lo definiera Ludwig von Mises en 1924 cuando escribió su libro “Socialismo”: “Para descubrir el vicio de una política que aumenta el consumo de las masas con detrimento del capital existente y que, por tanto, sacrifica el porvenir a favor del presente, se requiere una inteligencia más, penetrante que la que es común en los hombres de Estado, en los políticos y en las masas que los han elevado al poder”.

Ese es el reto de la luchas por venir. Hugo Chávez nos legó, en lo político, una versión de democracia no republicana en donde se ejerce en la práctica una dictadura de la mayoría. En lo económico heredamos una economía que disipa el capital y destruye los instrumentos para garantizar hacia el futuro una oferta abundante de bienes y servicios para provecho de todos. Para confirmarlo, ahí están las cifras económicas que dan cuenta de la devaluación de la moneda, de la inflación, de la fuga de capitales y del endeudamiento público masivo como corolario de esta década de abundancia petrolera. Ese es el desafío de la dirección de la oposición, poder levantarse lúcidamente sobre sus propias y graves limitaciones y centrar el discurso en estos aspectos relevantes. Este desafío, por lo demás, trasciende al mero episodio electoral del 14 de abril