Gustavo Tovar Arroyo: El chavismo mariposón

“Te pareces tanto a mí que no puedes engañarme”

Juan Gabriel

I

Lo advertí a tiempo: Maduro es un imbécil y buscará romper todos los récords de imbecilidad de la historia venezolana. Lo hará, incluso, a costa de provocar una guerra de arañazos y pellizcos entre sus propios simpatizantes. No tiene criterio para distinguir entre lo trivial y lo fundamental, y usa la tribuna pública con una irresponsabilidad a un tiempo torpe e histérica.

En su afán bufo por imitar a Chávez -sin recursos retóricos, mucho menos intelectuales- ha arrojado una calaña de comentarios lerdos que han molestado más a sus camaradas que a sus adversarios. Sí, el mismo hombre que, como Juan Gabriel, ha prodigado amor eterno e incondicional a su supremo comandante; el mismo que juró fidelidad al gran varón que en su moribunda agonía le agarró la mano tan fuerte que se la desbarató y, de tanta pasión, le dejó un moradito, ha tenido la osadía de llamar “mariconsones” a seis millones de venezolanos que él considera malucos porque son sus opositores políticos.

Pese a la risa casi histérica de Maripili Hernández y los aplausos amanerados del diputado punk Robert Serra, este pronunciamiento, desde cualquier punto de vista abominable, mucho más desde el punto de vista humano y político, fue más que nada un atentado contra la redoblada oligarquía mariconsona del chavismo. ¿Cómo habrán recibido Roy Chaderton, Mario Silva o Jorge Rodríguez este supuesto insulto? Imagino que con vergüenza personal y ajena.

(¿No es la sabiduría popular la que nos enseña: “dime de qué presume y te diré de qué carece”?)

Maduro es un perfeccionista en eso de escupir al aire. Su última hazaña es este gargajo homofóbico que, lanzado sobre sí mismo, se escurre sobre su jeta y bigote (macho man) de bailarín de Village People. Quedó marcado por su patochada y, aunque lo intente ocultar, es probable que a él le falte, otra vez citando a Juan Gabriel, lo que sus opositores políticos tienen de más.

Es demasiada la exageración y su sobreactuación con el tema. No sólo nos resulta fingido su comportamiento, genera duda tanta afectación sexual. ¿Por qué tanto afán sobre sus amores y sus gustos? ¿A quién carajo le interesa si a él le encantaba Chávez o Cilia Flores?¿Por qué afincarlo ahora de manera tan burda y barata? ¿Qué tratan de ocultar? Nadie lo entiende, ni siquiera él mismo se entiende. Embarra a su “amado” Chávez, pero también embarra a quien le hizo “ojitos” para cautivarlo, a su mujer (porque a él sí le gustan las mujeres), embarra a la revolución mariconsona y se embarra a sí mismo porque tanta imbecilidad no tiene explicación política, mucho menos social o humana.

El dislate de Maduro tiene implicaciones poco previsibles. Chávez, con algo más de criterio histérico, digo histórico que él, acusaba a los opositores con categorías más relevantes: magnicidas, golpistas, desestabilizadores, asesinos o corruptos. Igual escupía al aire, pero lo hacía mandando gargajos menos obsecuentes y más beligerantes. Lo de Maduro no tiene parangón y reduce el debate político a las cachetadas, los rasguños y a la gritería histérica. No podríamos decir que es debate de barrio o callejero, porque tonterías como éstas no se escuchan jamás en esos espacios. Estamos ante un rebatinga de peluquería y manicure, entre damas encopetadas y peluconas (como Maduro y su peinado de copete y su único fúsil: el secador).

La histeria es la palabra que domina al chavismo mariconsón que Maduro fingidamente desprecia, pero que pregona sin piedad. Un país no se puede conducir así sin que tarde o temprano comiencen los mordiscos y los tijerazos. ¿Queremos eso? ¿Las Fuerzas Armadas lo permitirán? ¿Tienen idea del problema social que están causando? ¿Cuándo se romperán las cadenas que sujetan al régimen de tanta peligrosa estupidez?

Chávez murió, no hay quien tenga la jefatura para impedir una nerviosa confrontación dentro del chavismo. Hay que ponerle un parado a Maduro (quien incentiva la confrontación). Su torpeza está naufraga y con ella amenaza con hacer naufragar al país.

II

Este artículo, altisonante e inadecuado, es una autocrítica. Su título, epígrafe y contenido son una ironía de lo que hemos llegado a ser como nación y una mofa de nuestro diálogo político. Quise reflejar toda la podredumbre y miseria que nos afecta y rebaja. Debe ser interpretado como un hastío sobre nosotros mismos. Chávez convirtió a Venezuela en una pocilga, esa es su herencia: la intoxicación espiritual y la histeria. Nosotros somos sus precursores y víctimas. Nadie se puede sentir orgulloso de lo que sucede. Nadie.

Estas palabras heridas son el espejo de la indignación nacional.

Maduro no sólo es un desastre como político, sino -y muy especialmente- como ser humano. Se le notan las babas que el poder genera cuando se siente amenazado y discrimina a quienes se oponen a su usurpación, cuando los llama “mariconsones”. ¿Qué clase de “insulto” es este?

Lo triste es que quienes lo siguen aplauden sin vergüenza ni caridad esta insensatez. Hablan de Dios y de Cristo pero apuñalan y abofetean su enseñanza en cada acto. No hay compasión ni generosidad, están poseídos por el infame -pero científico- desprecio que los cubanos le han impuesto al país, para dividirnos y usurparnos, y para adueñarse de nuestras riquezas. Chávez traicionó al país imponiéndonos a Cuba y a su marioneta: Maduro. El peligro es inminente. Hemos llegado a lo más bajo y vil, a la histeria, como argumentos políticos. El diálogo es sólido, y la solidez hecha diálogo está compuesta por empujones, golpes y, tarde o temprano, por balas.

Maduro, como Cuba, está ebrio de violencia y esclavitud. Nosotros no; nosotros estamos dispuestos a resistir y sobrevivir. La pregunta es simple: ¿cuánta sangre de mariconsones opositores está dispuesto Cuba a derramar? ¿Tanta como la que derramaron en la isla? ¿Hay algún ingenuo capaz de creer que el chavismo moriconsón se salvará? Espero que no.

Hay una esperanza, que la imbecilidad termine devorándose a sí misma. Si así fuere esperemos que los gargajos al aire cesen. Nos estamos apestando como nación.