Carlos Blanco: Candidato encargado

Ganarle a Nicolás Maduro no es fácil. Su campaña comenzó el día del último discurso de Chávez, tres meses antes del anuncio del fallecimiento presidencial. El Tribunal Supremo ha hecho dos veces Presidente a Maduro, el 10 de enero y el 8 de marzo, lo que significa asignarle una calidad institucional que le hace competir con ventajas inimaginables, además de una faltriquera de recursos menos imaginable. Como diría la jurista del proceso y del horror, Luisa Estella Morales: “No podemos seguir pensando en una división de poderes porque eso es un principio que debilita al Estado”. El evangelio Morales está en plena ejecución cuando los poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral y Ciudadano se encuentran mascando a dos carrillos para volver papilla todo vestigio de institucionalidad democrática y servir al propósito de elegir presidente al candidato preferido por Chávez y por el TSJ. La decisión de convertir al candidato del gobierno en Presidente para que con todos los recursos del Estado y mediante “cadena perpetua” (María Corina dixit) gane sin contestación, es una decisión que vicia de ilegitimidad de origen su posible elección. No huelga repetir que Maduro es Presidente sin un voto y es Presidente con esa pequeña “ayudaíta” del TSJ. Dispare primero y averigüe después: Presidente primero y los votos después.

En ese propósito están unificados los grupos que fragmentan el régimen. Como se sabe allí están la izquierda procubana, el sector militar relativamente nacionalista, la mafia petrolera, la alta burocracia pública, los gobernadores del chavismo y la entusiasta boliburguesía. Todos se han acordado provisionalmente, de grado o por fuerza, para mantener el tinglado, porque se entiende que a todos interesa conservar el control. Hasta nuevo aviso han aplazado el cobro de facturas y la lucha por poder, aunque ya nadie se cuida de expresar sus críticas al sobrevenido Presidente.

Frente a esta situación de brutal ventajismo, ¿podría la oposición plantearse siquiera la victoria electoral?

BREVE EXCURSIÓN SOBRE TEMAS INHÓSPITOS. En situaciones turbulentas, como suelen decir en el bufete del diablo sus más destacados abogados, todo es posible. Alberto Fujimori, que en 1990 no tenía la fama de bandidín como ocurrió después, ganó la presidencia peruana con una combinación de sorpresas electorales y arreglos institucionales. Beppe Grillo, audaz payaso, se ha convertido sorpresivamente a punta de votos en figura definitoria de la política italiana. Chávez emergió desde la prisión y un escuálido 2% en las encuestas a ser el candidato más votado en 1999. Todo es posible; aun lo que no parece probable. Sin embargo, no es responsable pronosticar una victoria de Henrique Capriles hoy, incluso si se tienen en cuenta las sorpresas que da la historia.

Si la probabilidad electoral de Capriles es baja, ¿qué sentido tendría su participación electoral? Habría que decir que esta candidatura era inevitable. Aunque se barajaron otros nombres que parecían viables ni la oposición tenía opción ni Capriles tampoco. La abstención, que es otra salida, ha sido desterrada por las fuerzas democráticas y ante esa posibilidad retrocede como Satanás ante la cruz; en esta circunstancia tampoco parece ser salida aconsejable. Así es que la oposición está condenada a participar en las elecciones que se sabía iban a ser convocadas. Nadie podía repicar muy duro con el tema porque equivalía a anunciar la falta absoluta de Chávez, es decir, su muerte, mientras los voceros oficiales anunciaban su “recuperación”.

Hay elecciones “milimétricamente programadas” desde el gobierno y que toman a la oposición, no por sorpresa pero sí con limitaciones políticas, financieras y organizacionales muy elevadas. ¿Tiene sentido participar?

¿DERROTA ELECTORAL Y VICTORIA POLÍTICA?. Desde esta esquina se piensa que se puede participar y obtener victorias. Puede haber una derrota electoral y una victoria política. La derrota electoral puede venir del ventajismo total existente, aún mayor que con Chávez. El extinto Presidente tenía un margen de apoyo popular indudable que aunque variable era suyo. Maduro no. Maduro quiere ser, parecer, camuflarse como Chávez, pero siempre se le ve el bigote. Por eso, pelo a pelo, el avasallamiento institucional es más despiadado que cuando existía el Comandante. El lamentable Ministro de la Defensa puede ser la más grotesca expresión del fraude institucional pero no es la única ni la más grave.

Ante esta situación, ¿es posible alguna opción? Recuérdese el 7 de octubre de 2012 cuando una entusiasta oposición terminó desmoralizada y dispersa por los errores del candidato y de los dirigentes, lo que se expresó el 16 de diciembre en las elecciones de gobernadores, temas todos recogidos en el Informe Hospedales que al parecer pasó a la clandestinidad. El error no fue la derrota -al fin y al cabo es el riesgo de todo combate- sino la forma en la que se llegó a ella y se le trató luego. Hoy la situación es distinta.

Capriles puede encabezar una victoria política hoy aun si no lo acompaña una victoria electoral en la medida en que aglutine las fuerzas democráticas dispersas, encabece la batalla y procure conservar esas fuerzas intactas para el fandango que vendrá más adelante cuando se asienten los polvos de la barahúnda funeraria y de las elecciones. Para lograr este propósito, Capriles cuenta con varios activos y necesita otros. El primero es que el candidato opositor adoptó en las declaraciones iniciales una postura política de quien quema las naves en una faena en la que empeña su destino. Trazó un límite a partir del cual plantea no dar cuartel al adversario, condición indispensable para asumir los grandes retos; aunque luego retrocedió en forma importante con excusas innecesarias si en realidad pensaba que no había ofendido y al no haber acudido al CNE por las amenazas del oficialismo. El segundo activo es que Capriles ha reconocido que se equivocó en la anterior campaña y ha ofrecido excusas y amplitud real; esto debería traducirse en la incorporación de los excluidos en su anterior campaña lo cual hasta este momento no ha ocurrido. Tercero, a los jefes del gobierno el candidato opositor podría salírseles del esquema: querrían que se limitara a ofrecer casas y bacheo pero sin abordar los temas cruciales que plantea una dictadura posmoderna.

Todavía hay un tema pendiente: las condiciones electorales. El Gobierno quiere derrotar a las fuerzas democráticas y procura disminuir su porcentaje con respecto al 7-O. Por esa razón se hace indispensable que Capriles se libere de las tonteras que le susurran quienes dicen que “no hay tiempo” para luchar por las condiciones electorales, porque la sola lucha por este objetivo tiene capacidad retadora e inspiradora. Lo menos que lograría es mostrar ante el mundo el fraude institucional que ya ha denunciado.

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