Gonzalo Himiob Santomé: Despedida

Mentiría si dijera que no me hubiera gustado conocer a Hugo Chávez. Fue un caudillo carismático, que dejó huellas y heridas muy profundas en nuestra historia y en nuestra nación, y si algo es cierto es que nuestro país cambió radicalmente desde que él hizo su aparición en la escena pública. No creo justo concederle, dado el triste legado que deja en ineficiencia, divisiones, persecución, exclusión y polarización en nuestro país, o vistas sus evidentes fallas en el manejo de la inseguridad o en el tema económico, el título de “estadista”, pero de que fue el líder indiscutible de los muchos que le acompañaron y siguieron no me cabe la menor duda. Baste ver las sentidas, sinceras y muy respetables expresiones de tristeza que muchos han mostrado en estos días para darse cuenta de que así fue.

 

Contra Chávez y sus maneras luché incluso desde antes de que ganara la presidencia en 1998. Daba yo mis primeros pasos como columnista de la mano de “El Universal”, y ya cuestionaba tanto su discurso iracundo como las evidentes contradicciones que mostraba. Yo había trabajado el tema de las prisiones, ya muy mal por aquellos días, y desde ese contacto con la selectividad estructural de nuestro sistema penal, ensañado contra los más humildes (tal y como se mantiene ahora por cierto, con el agravante de que se usa hoy más que nunca como un arma de intolerancia política) podía comprender que al menos al principio, en el “fondo”, cuando Chávez no había sido dominado por esas ansias de poder a costa de lo que sea que luego mostró, la mayoría de las deudas y reivindicaciones sociales que enarbolaba como bandera eran ciertas y justas. Mas algo en la “forma” de sus planteamientos, siempre ganada con facilidad al recurso de la violencia, no me cuadraba. En democracia no basta que en el “fondo” se desee el bien para los demás, también hay que respetar las “formas”: Las que desde la Constitución y la ley limitan el ejercicio del poder y lo controlan, y las que obligan al respeto a quienes no piensan como tú. Una “democracia” que hace de nuestras normas fundamentales prendas a la medida de las necesidades coyunturales del poder, o una “democracia” unicolor, en la que todo lo que no esté con el poder es “criminal” o no existe, no es democracia. Chávez jamás lo vio así.

 

Luego como abogado fui más allá. Acudimos a los sistemas internacionales de justicia a denunciar las graves violaciones a los derechos humanos y las persecuciones, que ya desde temprano veíamos que se montaban desde el poder contra todo lo que sonara a disidencia o a oposición. También la vida me llevó a ser defensor en muchos casos, en los que el uso perverso del sistema judicial, como herramienta para intimidar y perseguir a quienes se opusieron a este régimen, me demostró la verdadera naturaleza del gobierno de Chávez y su profunda vocación populista y simbólica, pero marcadamente antidemocrática.

 

Es desde esas experiencias y desde la revisión de lo que fueron sus catorce años de mandato, que puedo afirmar que Chávez era un adversario formidable. Nada que ver por cierto con estos segundones, malos imitadores, que ahora pretenden eternizarse en el poder volando sobre las sábanas de un fantasma idealizado. Muchas veces, y allí está una de las fallas de la oposición más radical, Chávez fue menospreciado, tanto en sus capacidades intelectuales como en su verdadera ascendencia y dominio sobre aquellos que le seguían, pero eso siempre fue un error, uno en el que no todos caímos, pero que sí decía mucho de la ceguera de quienes le pensaban improvisado e impulsivo. Si uno revisa sus discursos, y luego cómo sus hechos se adaptaban a sus advertencias, es fácil ver que por negativos que fuesen sus empeños, sí mostraba coherencia entre lo que decía y lo que hacía. En esto, sólo quizás mintió realmente en su primera campaña electoral, cuando su estrategia le llevó a mostrarse al principio, aunque no siempre con éxito valga decir, como un “manso cordero” ajeno a toda radicalidad socialista. Tenía el carisma, el poder y la voluntad suficientes para imponerse, aunque muchas veces sus designios fueran contra lo que en realidad se necesitaba para mejorar nuestras condiciones de vida.

 

No puedo decir que tuviera una ideología definida, su “Socialismo del Siglo XXI” no es más que una colcha de retazos que tomó de aquí y de allá, según fuese conveniente a sus intereses, pero sí tenía un proyecto personal, populista, delirante a veces, pero proyecto al fin, y en los últimos años quedó claro que éste no implicaba más, al menos por el momento, que mantenerse en el poder por la mayor cantidad de tiempo posible.

 

Sí tuvo sus luces y es justo reconocerlas. Podemos descubrirlas en el llanto sincero de aquellos a quienes su muerte ha golpeado tanto. Chávez supo conectarse con los más humildes, de una manera emocional y directa, que no se había visto en nuestra nación desde hacía mucho tiempo. No les dio pan ni oportunidades reales de superación, tampoco les dio seguridad ni paz verdadera, pero sí voz e identidad, y eso es definitivamente muy poderoso. Chávez, gran histrión que fue, hablaba según el público al que se dirigiese un idioma distinto en cada caso, pero cuando sabía que se dirigía a las mayorías desposeídas se igualaba a ellas de una manera personal y entregada, que generaba lealtades acríticas, ese es el lado malo, pero también reales, férreas e indiscutibles.

 

Quienes lo conocieron cuentan que en el trato personal, más allá de alguna explosión de rabia que a veces lo dominaba, sobre todo cuando no se seguían sus órdenes al pie de la letra, era afable y hasta simpático. Me cuesta un poco creerlo, dicho eso del hombre que amenazaba con freír las cabezas de sus adversarios en una sartén, del que expropiaba a diestra y especialmente a siniestra, del que ordenó condenar a la pena máxima a los comisarios y a Afiuni o del que dispuso, en uno de sus gestos menos “humanistas” que a los estudiantes que protestaban se les echara “gas del bueno”; pero los humanos, y Chávez no fue más que un ser humano como todos nosotros, somos contradictorios, luces y sombras a la vez.

 

Por eso me hubiera gustado conocerlo, para discernir en él qué fue lo que a tantos movió hasta en lo más recóndito de sus almas, y para tratar de conectarme con él desde allí, que no desde lo que siempre nos separó. Creo en el diálogo y ahora que ya no está, y que de él me despido en esta entrega pues quiero poner mi vista en el futuro, que no en el pasado del que ya Chávez es parte, no dejo de pensar en que si él hubiese sido más abierto a quienes le fuimos adversos, quizás nuestra nación no tendría las graves divisiones, los graves problemas y la muy negativa polarización que ahora sufrimos. Ya esa oportunidad pasó, al menos con Chávez al que ahora le deseo, con respeto, que le dejen descansar en paz ¿Será que quienes acá quedamos, podremos reencontrarnos en ese diálogo que nunca fue, pero que aún es posible? Dios quiera que así sea.

 

@HimiobSantome