Argelia Ríos: ¡NO a otro “hombre fuerte”!

El país opositor vive una crisis de expectativas. Desde que se supo de la enfermedad de Chávez, imaginó -equivocadamente- que su revolución se desplomaría de inmediato, como un castillo de naipes. Ese sector de la población, creyó que los problemas del país se resolverían sin demora: lo que mucha gente imaginó fue un derrumbe aparatoso del régimen y no una degradación paulatina que podía ser provocada, bien por la impericia de “la sucesión”, por la misma terca perseverancia de los venezolanos que se resisten al modelo autocrático, o bien por una combinación de ambos factores.

Quienes hicieron ese mal cálculo son los que hoy experimentan una gran decepción: un desencanto que está afectando el clima electoral, notablemente contaminado por el des-ánimo, la desmoralización y la desconfianza en la ruta electoral-incrementalista adoptada en 2006 por la dirección política de la oposición. Hacia ellos, precisamente, está dirigido el esfuerzo de Henrique Capriles Radonski, a quien, en esta oportunidad, le ha correspondido la difícil tarea, no de convencer al chavismo sobre la superioridad de su oferta, sino a los propios opositores desilusionados ante las circunstancias.

Embestido por la dura ofensiva del oficialismo, el candidato de la MUD está lidiando con la resistencia que muchos venezolanos muestran frente al mecanismo del voto, y con el pesimismo estéril al cual se ha entregado un segmento de la oposición, cuyo comportamiento solo complace a los intereses de un Maduro que juega a estimular la impotencia de sus adversarios, tratando de hacerse ver como el nuevo “irreversible” de la novela revolucionaria… El hecho de que “el sucesor” se encuentre en una posición electoral de privilegio, no significa, sin embargo, que la oposición no pueda alcanzar un triunfo político el próximo 14-A. Aún ganando Maduro -si fuera el caso-, la oposición está en condiciones de alcanzar lo que ha de ser su objetivo más importante en este momento: impedir que “el sucesor” se convierta en otro “hombre fuerte”.

La vigencia del proceso en el mediano y largo plazo depende del éxito de esta programación, concebida para resellar las percepciones sobre la supuesta “inquebrantabilidad” del proyecto bolivariano. La verdad es que la revolución ni siquiera fue inquebrantable con Chávez a la cabeza: si el poderoso comandante-fundador no consiguió jamás la rendición del país obstinado y terco que se le resistió durante años, no existe ahora ninguna razón para ceder ante un segundón como Maduro. Al contrario: la perseverancia activa de los demócratas venezolanos nunca fue tan obligante. El politburó debe entender que aquí nadie se ha rendido, ni se rendirá.

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