El Sermón de las 7 palabras

(Foto AFP)

El Sermón de las Siete Palabras es uno de los actos más singulares y destacados de la Semana Santa. Las siete palabras que Cristo pronunció en la Cruz, antes de morir.

1. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” (Lc 23,34)

“Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allá, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Dividiendo sus vestidos, echaron suerte sobre ellos. El pueblo estaba allá mirando, y los príncipes mismos se burlaban, diciendo: A otros salvé; sálvese a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido. Y le escarnecían también los soldados, que se acercaban a él ofreciéndole vinagre y diciendo: Si eres el rey de los judíos, sálvate a tí mismo. Había también una inscripción sobre él: Este es el rey de los judíos (Lc 23, 33-38)”.

Reflexión:

Jesús, al pasar por tantas ignominias- acusado, juzgado, azotado, burlado, escupido, golpeado, condenado a muerte, hecho desnudarse ante una muchedumbre, clavado- lo único que dice es: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Paradoja de las paradojas! Jesús excusa a sus malhechores. No les desea ningún mal, antes da su vida por salvar a la humanidad. Hacemos nosotros lo mismo?

Señor, ayúdanos a entender que a pesar de lo que nos puedan hacer otras personas, lo que Tú pasaste fue mucho más y no les guardaste rencor, antes bien pediste por ellos. Danos la fortaleza en los momentos de dificultad con otros y la virtud necesaria para darnos cuenta de la magnitud de nuestras faltas, que podamos levantar nuestras almas a Ti y repetir : Perdónalos y perdóname!

2. “En verdad te digo hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)

“Uno de los malhechores crucificados le insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a tí mismo y a nosotros. Pero el otro, tomando la palabra, le reprendía, diciendo: ¿Ni tú temes a Dios? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero este nada malo ha hecho. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Él le dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lc 23, 39-43).

Reflexión:

Dimas- el buen ladrón -fue el primero en reclamar públicamente que Jesús es inocente y que es Rey. Nos enseña cómo debemos cargar con nuestra cruz si hemos hecho algo para merecerlo. Siempre va a ver una cruz en nuestra vida, pero hay diferentes maneras de sobrellevarla. Una, como Jesús, aquél que es inocente y la soporta por amor en silencio reconociendo en esto la voluntad de Dios. Otra, como el mal ladrón, que no sólo se mofaba de Jesús, sino que también tuvo la osadía de pedirle que le quitara la cruz sabiendo que por sus acciones merecía lo que le pasaba. O como el buen ladrón, que reconoce que merece la cruz por sus acciones, pero en el fondo es humilde y pide misericordia. Le robé el corazón a Jesús con su arrepentimiento y obtuvo el tesoro de los tesoros, entrar en el paraiso. Tres maneras de llevar la cruz, eres libre de escoger tu forma de sobrellevarla, ¿cuál escoges tú?

3. “Mujer, he ahí a tu hijo…” (Jn 19, 26-27)

“Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo que amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”
(Jn 19, 25-27).

Reflexión:

¡Qué curioso! Jesús, unos días antes tenía muchos “amigos”, ¿dónde estaban ahora? En la cruz, los amigos de Jesús eran contados, un apóstol, dos mujeres y su Madre. A la hora de la verdad, son pocos los que quieren acompañar a Jesús a la cruz, somos demasiados cómodos. Para Jesús fue un consuelo ver a Juan y a su Madre padeciendo con él, consuelo y angustia a la vez. Antes de morir Jesús quería asegurar que su madre no estuviera desamparada y se la entregó al discípulo amado. A su vez, nos la entregó como Madre de la Iglesia. Es tu Madre y la mía. ¿La has recibido en tu casa?

4. “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has desampardo?” (Mt 27, 46)

“Desde la hora sexta se extendieron las tinieblas sobre la tierra hasta la hora de nona. Hacia la hora de nona exclamó Jesús con voz fuerte, diciendo: Elo, Elo, lama sabachtani! Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Algunos de los que allí estaban, oyéndolo, decían: A Ellas llama éste” (Mt 27, 45-47).

Reflexión:

Jesús gritó con voz fuerte, utilizando la poca respiración que necesitaba para expresar la terrible angustia que sentía. Se pasó “haciendo el bien” y sus seguidores lo abandonaron. Sintió en su propia carne el dolor de nuestros pecados, los tuyos y los míos, fue el precio por nuestra redención.

“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

En ti confiaban nuestros padres, confiaban, y los ponías a salvo; a ti gritaban, y no los defraudaste.

5. “Tengo sed” (Jn 19, 28)

“Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed. Había allá un botijo lleno de vinagre. Fijaron en una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la llevaron a la boca” (Jn 19, 28-29).

Reflexión:

El vinagre servía de anestesia, por eso Jesús no quiso tomar de ella al principio de su crucifixión para así mejor sentir el dolor y sobrellevarlo sólo por amor a la voluntad de su Padre y por la redención nuestra. “Tengo sed”, dijo. No sólo una sed física buscando un alivio temporero, sino sed de justicia, sed de que se haga el bien, no el mal. Sed de almas, almas verdaderamente convertidas no sólo de palabra, pero en las obras, en su forma de vivir. Sed de amor, pues como decía San Francisco de Asís: “El Amor no es amado! El Amor no es amado!” ¿Qué hacemos por amor a Jesús, ya hemos leído y meditado lo que él hizo por nosotros, qué vamos a hacer por amor a Jesús?

6. “Todo está terminado” (Jn 19, 30)

“Cuando hubo gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está acabado”

Reflexión:

¡Triunfó Dios sobre las tinieblas del pecado! Jesús llevó a cabalidad su misión. La humanidad ya está salvada. Adán y Eva al desobedecer a Dios, ofendieron a un Ser Infinito, Jesús y María al obedecer a Dios, repararon esta ofensa y mostraron cómo amar al Ser Infinito. Amamos así a nuestro Dios? Nos damos cuenta de que un acto de obediencia a su palabra puede contribuir a la salvación de muchas almas?

7. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23,46).

Esta palabra expresa la oblación de la propia vida, que Jesús pone a disposición del Padre. Invoca el salmo 30,6, en el que el justo atormentado confía su vida al Dios bondadoso y fiel. En Cristo todo se había cumplido, sólo quedaba morir, lo que acepta con agrado y libertad. Esteban, uno de los mártires cristianos, imitó a Cristo en la primera palabra, lo hizo también en esta última, encomendando su espíritu en el Señor Jesús (Hechos 7,59).