Alberto Franceschi: Chávez es historia, viene lo peor o lo mejor

Con una gran velocidad, propia de estos tiempos, los rojos han montado un torrente de aclamaciones y confirmación de alineamientos políticos militantes que conforman ya una espesa sensación de mayoría de intoxicados alineados con las supuestas virtudes heredadas de este régimen que Maduro jura perpetuar con su gobiernito, sin reparar que frente a ellos, para demasiados venezolanos, su presidencia solo sería la continuación desmejorada de la tarea de destrucción nacional.

La victoria que según ellos les consagrará su CNE, fabricante de fraudes históricos, les dará plena continuidad a su estafa política y larga vida a sus iniquidades.

Están convencidos, más que nunca, que les funcionará otra vez su insolente ventajismo. Pero frente a ese montaje, ahora revestido de impúdico culto religioso, apareció y le ha salido al paso, como subiendo desde fuerzas ignotas del inconformismo social también indómito, la creencia que Maduro, precisamente porque NO ES Chávez, si es derrotable y eso está moviendo millones y ese fenómeno, que no es nuevo, debe ser considerado aunque sea con posibilidades remotas.

Es un hecho que en rápida reacción en cadena, desde la oposición, se logró, a pesar de lo sombrío de los pronósticos, una resistencia importante, aunque siempre preñada de casi inevitables ilusiones electorales.

Apareció una cierta moral de combate motivada por la oferta unitaria, la tarjeta única y el mensaje mismo del candidato, ya bastante conocido, pero hablando esta vez con propiedad y formulando ideas contrarias a las de su pasada estrategia blandengue sostenida hasta diciembre.

Todo parece indicar que su desastrosa admisión anticipada de la derrota el 7 de Octubre de 2012, y la suma de disparates que se le hizo cometer en ese discurso infeliz, tuvo como única virtud convertirse al propio tiempo en el acabose de la heterogénea coalición de intereses bastardos, de los que Capriles al parecer solo constituía una pieza prescindible y desechable.

Es tal mi desconfianza hacia el CNE chavista que he llegado a escribir: “Si usted quiere ganarse unos reales facilito apuéstele a un pendejo de estos creyentes nuestros, fanáticos de la vía electoral para derrotar a Maduro, apuéstele el valor de la casa y seguro gana su apuesta”. Sigo creyendo esto, pero es mi deber agregar: “porque aun ganándole, Maduro no lo admitirá, pero entonces se abrirá un capitulo TOTALMENTE distinto y la posibilidad real de echarlos del poder estará planteada abiertamente”. Esta es mi verdadera apuesta, si es que superamos la crisis de dirección de nuestra oposición, que como he dicho tantas veces no es solo un problema de personas sino de la estrategia y principios que se adopten.

Me permito ahora decirlo sin tapujos: esta campaña de Capriles es lo opuesto a la anterior. Parece que puso en orden otras prioridades, abandonando el vulgar sectarismo del PJ y los condicionamientos de agentes financieros que juegan también a las conveniencias de sectores del propio gobierno.

Están apareciendo con fuerza las virtudes que implican la unidad sincera promovida esta vez al tener voceros de la evidente calidad y claridad de Liliana Hernández, además de las evidentes ventajas de la tarjeta única y por supuesto el añadido del propio candidato que pareciera deslastrado de esa horrenda camisa de fuerza del lenguaje bobo de conveniencias, para ser ahora portavoz real de inmensas esperanzas que son por definición antagónicas con el gobierno chavista y que solo pueden ser interpretadas si combate frontalmente a su candidato Maduro.

Pero hoy más que nunca es un hecho constatable, que todavía queda mucha gente más o menos informada que sigue ceñida a una especie de mentalidad de inercias obligadas. Por la simple razón que es sencillamente inimaginable que este régimen de oprobio dictatorial pueda ser desplazado con votos y debates. Yo me cuento entre ellos.

Los amigos y chulos del gobierno chavista apuestan por supuesto a una especie de continuación de este sistemita de rábulas y depredadores, sin riesgos ni peligro alguno, que les seguirá deparando prosperidad bajo esta conducción de Nicolás Maduro, el caudillin disminuido, en la versión ventrílocua post-mortem, dispuesto a mantener la más estricta continuidad administrativa, con idénticas posturas en la geopolítica regional.

¿Puede Maduro ser derrotado electoralmente?: Somos muchos los que sostenemos que esta es una tonta ilusión. Pero acto seguido a creer esto, nos disponemos a querer pensar en lo opuesto de ser posible cualquier salida que nos evite una dramática confrontación violenta en el país.

Admitimos por ello sin embargo, que no tiene sentido que esa tonta ilusión sea objeto de burlas, estando convencidos que hasta el equilibrio psíquico de millones de compatriotas depende de aferrarse a esa esperanza, de querer poder derrotar este despotismo con el arma del voto.

Soy de ese sólido campo de opinión, que el chavismo montará una vez más el fraude, pero si ocurriese que una sólida mayoría de nuestro lado les derrota y sobre todo cobra en la calle esa victoria opositora, aquí puede pasar cualquier cosa. Claro, una vez más todo dependerá de lo que haga la gente estafada y el candidato que entonces tendría la oportunidad de convertirse en verdadero líder.

Admito solo que esta vez tenemos la ventaja que por lo menos el candidato opositor dice muchas menos tonterías y pareciera haber agarrado un mínimo de valentía, cuando estuvo bien seguro que había muerto el caudillo y que el entrar a pelear con Maduro le permite unas licencias de coraje hasta hace semanas desconocidas. El mismo las denunciaba, a esas intransigencias, como propias del inaceptable lenguaje radical.

Pasada la fanfarria electorera continuista, felizmente corta, de esta confrontación ventajista y vulgar como nunca, presenciaremos el comienzo de una nueva etapa política, marcada por una profunda crisis económico-social e institucional que hará casi añorar los años de Chávez como ejemplo de sosiego.

Que nadie se engañe. El caos asoma su hocico pestilente y un gobiernito de Maduro parecerá un trasto liviano arrastrado al medio de un huracán de exigencias e inestabilidades, porque lo que dejó Chávez son poderosas bombas de tiempo con la mecha prendida y que empezaron a estallar, como la monetaria. La peor de todas ellas sin embargo es la militar y paradójicamente es de allí que deberán venir las únicas soluciones de fondo, para rescatar la nación, hoy bajo la bota castrista cubana.

Alguna vez tendrá que entenderse que las FFAA, aun teniendo un gran número de arribistas, de oportunistas y de no pocos ladrones de oficio, conserva en su seno una mayoría obligada por obediencia constitucional a respetar la cadena de mandos y callar sus reclamos, hasta que le pidan de manera explícita, como está ocurriendo, doblegarse a una potencia extranjera, como la castrista, por añadidura de pacotilla y que da nauseas a la mayoría de los venezolanos.

Lo que se toleró bajo el mando resuelto de un caudillo militar como Chávez se convierte ahora en intolerable si el que ordena es Maduro, el enclenque civil errático que desnuda su condición de mandadero de los Castro.

¿Y si ganara Capriles?: Si ganara Capriles confiemos que quienes le hicieron cambiar de opinión, de óptica, de estilo, de estrategia y que sacaron de él lo mejor de sus potencialidades, sigan a su lado en las horas muy críticas que vienen, para capear el temporal y poner rumbo firme, para salir de esta tronera de décadas. Ahora detrás de Capriles al parecer hay mentes brillantes del exilio y eso era lo necesario para intentar derrotar al chavismo.

Muchos creerán que soy preso de contradicciones insalvables al defender estas tesis, que son distintas al del abstencionismo militante y al electoralismo ingenuo. La razón más sencilla para exponer esto, que parecerá quizá complejo a algunos de mis lectores, es que estoy convencido que la caída del chavismo gobernante pasa por una fractura militar y que esta es infinitamente más probable si se llegara a configurar no solo el fraude electoral sino sobre todo la voluntad política de denunciarlo y enfrentarlo. Capriles dice estar dispuesto a ello. Amanecerá y veremos.