Alberto Barrera Tyszka: Las ventajas de la fe

Algunas de las semanas santas de mi infancia fueron un infierno. Sobre todo cuando no teníamos posibilidades de salir de la ciudad, de viajar al interior o de ir a alguna playa, y el único destino turístico que nos ofrecían mis padres era una iglesia. Cierto. El asunto no tenía pinta de rumba. El plan consistía en realizar un Vía Crucis, una suerte de crucero devocional por catorce estaciones que, de alguna manera, iban recreando el proceso que siguió Jesús de Nazareth desde su condena hasta su ejecución en la cruz.

Que yo recuerde, no había ni un solo recreo.

En cada parada, se debía leer el fragmento del evangelio, alusivo a alguno de los episodios de ese torturante camino hacia la muerte. A veces, también, se rezaba el rosario. A eso, si mal no recuerdo, se le denominaba los “misterios dolorosos”. Mi memoria dice que había mucho dolor y poco misterio.

Me veo de diez u once años, escuchando junto a un grupo a una señora que lee una narración sobre la tercera caída de Cristo bajo el peso de la cruz. Al fondo, escucho el rumor permanente de los rezos.

Siento ese olor inconfundible a sotana que parece flotar en los rincones de la mayoría de los templos. Un cura nos recuerda a cada rato que todo esto fue por nosotros, para limpiar nuestros pecados. No hay manera de no sentirse incómodo.

No me gusta estar sucio delante de tanta gente.

Lo único que me gustaba era la sexta estación. Ahí estaba Verónica. Según la liturgia, un poco antes de caer por segunda
vez, el pobre Jesús,
ya bastante abollado, recibe un cariñito de una mujer que se le acerca y le seca el rostro con un paño. Esa fue Verónica.

Una vez, cuando me estrenaba en estos paseos, después de la lectura del pasaje bíblico que narra esta secuencia, escuché a una señora darle un codazo y regalarle este comentario a su hija: “¡Y esa mujer era una puta!”. El susurro quedó rebotando dentro de mis orejas por un buen rato. Nunca me interesó averiguar bien la historia.

Con eso me bastaba. No necesitaba más. A partir de ese instante, me pareció que en todos los dibujos, Verónica aparecía con la boca demasiado abierta y los labios muy carnosos. Era un ángel prohibido. Tenía un expediente que se emparentaba con lo más humano que poseía yo en ese momento: las ganas de pecar.

La vida, como se sabe, da demasiados giros y uno, en ese camino, suele ir encontrando y extraviando diferentes cosas. A mí se me perdió la fe. A la vuelta de los años, y después de diversas experiencias, algunas de cierta intensidad religiosa, terminé convertido en un hombre que cree más en la casualidad que en los milagros. Tampoco soy un militante, enemigo de cualquier creencia en algo superior. Heinrich Boll decía que lo peor de los ateos es que siempre quieren hablar de dios. Yo no estoy en ese bando. Reconozco las ventajas de la fe. Y las envidio.

Hace unos años mi madre murió en un hospital, víctima de una leucemia, o víctima de la quimioterapia que intentaba salvarla de una leucemia. Hay momentos donde la enfermedad y la medicina se confunden, se mezclan, comienzan a ser una única experiencia, dolorosa y traumática. Llevaba ya dos semanas hospitalizada y estaba harta.

Harta sobre todo de ese protocolo clínico que solo parecía demorar una consecuencia natural de su estado de salud.

Su vida no daba más. Una tarde, frente a uno de los médicos que la trataban, llena de una particular combinación de timidez, valor y vergüenza, se aventuró a decir que, en realidad, no le importa mucho lo que estaban explicando. El doctor había estado ensayando diferentes versiones del optimismo, teorías y especulaciones sobre posibles escenarios. Hacía su trabajo, trataba de inventar una esperanza en medio de las jeringas y las sondas. Mi madre insistió. Nada de eso le interesaba. Ella estaba muy tranquila, le dijo.

Ella tenía absoluta confianza, repitió. Ella sabía que, del otro lado de la cancha, dios la estaba esperando.

Me sorprendió tanta contundencia. Ciertamente, en algunos casos, la fe puede ser tan eficaz como la morfina.

Un tiempo después, estando en México, Alejandro Rossi y yo terminamos hablando del mismo tema. Alejandro padecía de enfisema pulmonar, sabía que se encontraba ante un calendario recortado. Y no tenía fe. La certeza de mi madre también le resultó demoledora y, por supuesto, envidiable.

Frente a la nada, frente al momento crucial del final de la existencia, Alejandro solo tenía una palabra: “pavor”.

Quizás es una tara infantil.

Cada semana santa sin arena invariablemente regreso a estas espesuras. Tal vez es una forma de castigarme. O de repetir aquellos vía crusis de otra manera. Con más palabras y sin visitas al templo. Quizás tan solo extraño la fe de aquellos días. El asombro, el miedo, la culpa o la ilusión que tenía ante lo sagrado. Ahora, cuando pienso en la resurrección, solo recuerdo una maravillosa frase de Augusto Monterroso: “Lo único malo de irse al cielo es que allí, el cielo no se ve”.

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