Vladimiro Mujica: El drama de El Ungido

Publicado en: Opinión

Que Nicolás Maduro no podía calzar los zapatos de Chávez era algo que todo el mundo sabía, incluidos los dos actores centrales de este fraude épico contra los venezolanos que pretende transferir el liderazgo telúrico del difunto comandante al excanciller. El último episodio de comunicación de Maduro con el más allá a través de un “pajarito chiquitito” que se le apareció en una capilla mientras rezaba al inicio de la campaña electoral no hace sino poner de relieve la impostura del acto de suplantación. Como he insistido en varias oportunidades, yo no cuestiono la religiosidad de la gente, ni siquiera el hecho de que alguien reconozca la presencia de sus muertos en un pajarito, algo que conmueve a mi propia madre cuando recibe la visita de picaflores en su casa y que le traen de vuelta la presencia de mi hermano ido hace años. Pero la revelación de Maduro sobre su contacto con el alado mensajero no conmueve sino que indigna por el grosero ingrediente de manipulación.

Tampoco me sumo a quienes piensan que el provenir de un empleo modesto como autobusero del Metro de Caracas es una mancha en el historial de Maduro. Por un lado la condición de trabajador no es denigrante y hay importantes ejemplos en la historia de líderes que surgieron de orígenes obreros como el brasilero Lula y el polaco Lech Walesa.

De hecho, uno tiene que preguntarse por qué Chávez, un profundo conocedor de las motivaciones, resentimientos y resortes emocionales de muchos venezolanos, eligió a Maduro como su sucesor. El último acto público del fallecido Presidente, al despedirse antes de partir en su viaje final a Cuba, reviste una singular importancia porque el mismo Chávez dejó trazado el esquema de su sucesión.

Independientemente de la sabiduría del finado comandante en escoger a Maduro como su ungido, la realidad tiene una dinámica propia y existen limitaciones físicas y espirituales a la posibilidad de Chávez de ejercerse como una suerte de titiritero del personaje de carne y hueso. El problema no son los orígenes del excanciller y tampoco sus claramente establecidas conexiones con Cuba que lo sitúan en una situación de dependencia casi infantil de los hermanos Castro. El problema es que Maduro es muy mal candidato y peor comunicador y que cada vez que actúa o habla en público se arranca un nuevo jirón de la presunta cobertura de protección que le dejó el Comandante. A pesar de los intentos del excanciller por intentar convencer a sus seguidores de que el candidato no es él sino Chávez, la gente lentamente se ha ido convenciendo de que el desangelado heredero es, en verdad, el candidato, y que este no solo carece del carisma del líder eterno sino que no inspira confianza ni en sus acciones ni en sus motivaciones. Cada día en campaña es otro día en que el candidato Maduro pierde más respaldo frente al candidato de la otra Venezuela.

Al lado del drama íntimo y personal de un Maduro tratando de avanzar una campaña que pretende negarlo a él y que se basa en un cadáver al que se intenta convertir en santo, está el drama de todo un país.

A pesar de sus tremendas limitaciones; de su precario ejercicio al frente del gobierno; de la desastrosa situación económica y social de la nación; de las crecientes rencillas al interior del chavismo, y de la vergonzosa entrega de la soberanía nacional a los cubanos, Maduro puede ganar las elecciones producto del habilidoso manejo de la muerte de Chávez. Una campaña electoral relámpago, ahíta de ventajismo oficialista y de la complicidad de todas las instituciones del Estado, dificulta en grado superlativo las posibilidades de la alternativa democrática para competir limpiamente.

Sin embargo, el drama de El Ungido puede terminar en otros escenarios que obligan a la alternativa democrática a considerarlos. En primer lugar no es imposible que el manto de protección del difunto comandante se termine de deshilachar y Maduro pierda las elecciones. Ante esta posibilidad la tentación de recurrir al fraude abierto aumentará enormemente y, esta vez, Henrique Capriles tendría que ir a fondo para denunciarlo si el mismo se materializa.

Por último, y paradójicamente, al excanciller le puede corresponder la peor de la fortunas: ganar las elecciones con el abusivo ventajismo que las ha marcado y cabalgando sobre la impostura de la transfiguración de Chávez en Maduro para encontrarse con un país en jirones, dividido y en medio de una profunda crisis que se le haga completamente incontrolable. Ese será entonces el momento verdadero de medirse en sus reales dimensiones con un liderazgo opositor que saldrá consolidado de estas elecciones. Como escribió hace poco Fernando Mires, la alternativa democrática y Henrique Capriles pueden ganar aun perdiendo.

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