Trino Márquez: La gran oportunidad

En las naciones con democracias sólidas y estables, o sea civilizadas, las elecciones representan rituales que forman parte de la liturgia republicana. Nadie espera grandes cambios, ni sobresaltos. La gente escoge un candidato, pulsa un botón, toma una papeleta, la deposita en una urna, firma una planilla y se va tranquilo a trabajar o arranca para su casa a realizar cualquier tarea rutinaria, mientras espera los resultados. Los anaqueles de los supermercados no se vacían, ni alrededor de las estaciones de gasolina se forman largas colas. Los países mantienen su marcha normal.

Así fue Venezuela durante un largo período. Nadie se imaginaba que Rafael Caldera podía desconocer el triunfo de Carlos Andrés Pérez, este el de Luis Herrera Campíns o este último el de Jaime Lusinchi. Las elecciones llegaron a incorporarse en la rutina política de la nación. Se realizaban consultas comiciales  para cambiar los  gobiernos si se estaba en desacuerdo con el partido oficial y poner en su lugar a los miembros de otra organización. Se escogía al Presidente de una República que tenía un patrón institucional bien asentado. A ningún general se le ocurría pronunciar amenazas altisonantes contra alguno de los actores de la contienda. La FAN estaba subordinada al poder civil y a los protocolos republicanos. Con todas sus imperfecciones, era esa una democracia apacible y amable.

La llegada de los rojos a Miraflores desquició la República. La subdesarrolló. Convirtió cada jornada electoral en un episodio homérico del cual todos quedamos extenuados. La duda, la desconfianza, el temor rondan por todos lados. Rumores exóticos circulan a la velocidad del rayo. A tal candidato van realizarle un atentado ficticio para suspender las elecciones; al otro van a dictarle un auto de detención en las próximas horas. Los militares de tal cuartel no van a reconocer los resultados si favorecen a fulano y desfavorecen a mengano. Los motorizados saldrán a sembrar terror. La angustia se apodera de todos. Los supermercados se congestionan y la gasolineras se embotellan. Da la impresión de que la consulta fuese a ocurrir en la Alemania nazi o en la Italia fascista, y que marchamos hacia una ruptura total y definitiva.

Esta impresión no es azarosa. Es inducida de forma deliberada por la camarilla gobernante. Forma parte de un diseño macabro muy bien planificado, concebido para desestimular el voto de la mayoría silenciosa. Busca despojarla de la única arma que posee para opinar, protestar y elegir: el sufragio.

Mientras dure la pesadilla roja, la zozobra se mantendrá. Sus líderes necesitan el miedo porque con él desarticulan e inmovilizan. Su religión requiere proyectar la imagen de invencibilidad y eternidad. Su poder debe parecer perenne e incuestionable. Quieren mantenerse en la cima, no por su eficiencia y probidad, sino por el terror que infunden. Fusionaron Estado, Gobierno y Partido, y construyeron el poder revolucionario tal como Lenin lo entendía: único y total.

El 14-A los venezolanos tenemos la gran oportunidad de comenzar a transitar el camino hacia la  normalidad. Hacia esa rutina sana que les permite a las sociedades crecer y disfrutar del bienestar sin traumas. No desperdicie esta ocasión de contribuir a edificar un país en el que valga la pena vivir. En el que se pueda, nacer, crecer y morir como parte del ciclo natural de la vida. Por favor, no deje de ejercer su derecho a votar.

@trinomarquezc