The Cure salda su deuda en Chile

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El grupo británico The Cure puso fin esta noche a tres décadas de ausencia en Chile con un largo concierto de tres horas y medio ejecutado con la maestría propia del grupo emblemático de la otrora música siniestra.

Manuel Fuentes/EFE

Corría el año 1987. The Cure lideraba el movimiento “dark”, en el que militaban grupos como Siouxsie and the Banshees, Joy Division y Bauhaus. Por aquel entonces la banda de Robert Smith realizó una visita relámpago a Brasil y Argentina, pero los fans chilenos se quedaron con las ganas.

Desde entonces, la actuación en Chile de The Cure se convirtió en una quimera que la noche de este domingo se hizo realidad con un concierto de tres horas y media en el Estadio Nacional ante unos 35.000 espectadores cuya edad promedio superaba con largueza los treinta años.

De los sentimientos contenidos a los ritmos pegadizos, de la sombría elegancia a la atmósfera lúgubre, The Cure se paseó por 35 años de la historia fundamental de la música, desde su primer disco, “Three Imaginary Boys” (1979), hasta “4:13 Dream”, su último trabajo de estudio, editado en 2008.

Apenas pasaban diez minutos de las nueve de la noche cuando Robert Smith y sus compañeros, Simon Gallup (bajo), Jason Cooper (batería), Roger O’Donnell (teclados) y Reeves Gabrels (guitarra) hacían su aparición en el escenario del Estadio Nacional.

Chile es el cuarto país que visitan dentro de la gira por Sudamérica que iniciaron el pasado día 4 en Brasil y que concluye el próximo domingo en Ciudad de México después de haber visitado también Paraguay, Argentina, Perú, Colombia y México.

Con los acordes iniciales de “Plainsong”, del álbum “Disintegration”, el público, que había pagado entre 50 y 320 dólares por una entrada, empezó a saltar, bailar y cantar en un anticipo de lo que se vendría a lo largo de la noche.

Robert Smith lucía algo avejentado. Pero los surcos de la cara, apenas disimulados por el burlesco maquillaje, los kilos de más y el pelo ajado a causa de tanto cardado, eran lo de menos.

Lo importante fue demostrar a lo largo de 40 canciones que sigue teniendo una voz elegante y poderosa, con un impecable registro, capaz de cautivar a los más jóvenes y de emocionar a sus cincuentones coetáneos.

Desde el primitivo after punk de “A Forest”, Bananafishbones” y “Shake Dog Shake” hasta el ritmo pegadizo de “In between days”, “Just like heaven” y “Friday I’m in Love”, o ese himno new wave que es “The Walk”, The Cure no dejó títere musical con cabeza.

El histrionismo y el manejo escénico de Smith contrastó con su parquedad oratoria, tan de agradecer en estos tiempos de charlatanes vocalistas.

“Thank you! Hello!” fueron prácticamente las únicas palabras que dirigió al público en la primera hora y media del eterno recital.

El glamouroso brillo del maquillaje de Smith se mezclaba con las copiosas gotas de sudor atribuibles a un grueso suéter negro y a una inesperadamente calurosa noche del otoño austral.

Es imposible que un concierto de tres horas y media puede mantener prendido al público de forma constante. Y eso fue lo que sucedió cuando el grupo interpretó algunos de los temas más anodinos y menos conocidos, como “Doing the Unstuck”, “Want” y “Sleep when I’m Dead”.

Pero enfilando el último cuarto del recital, la banda británica echó mano de los valores seguros para garantizar un apoteósico tramo final jalonado de algunos de sus mayores éxitos, como “The Lovecats”, “The Caterpillar”, “Close to Me”, “Hot, Hot, Hot!!!”, “Let’s Go to Bed”, “Why Can’t I Be You?” y “Boys Don’t Cry”, entre otros.

Y como la existencia es un constante devenir, The Cure escogió para cerrar el concierto precisamente “Killing an Arab”, el primer sencillo que grabó hace 35 años.

En su día, el polémico y equívoco título de este tema les costó un disgusto y tener que dar muchas explicaciones que hoy se antojan innecesarias viniendo de una banda que apoya abiertamente el trabajo de Amnistía Internacional. EFE