Isabel Pereira: No somos dos mitades

La realidad parece muy confusa, los resultados oficiales de las votaciones apenas se diferencian, lo cual hace a mucha gente pensar que somos dos mitades, una conclusión totalmente falaz que esconde la realidad que se anida en esta última contienda electoral.

No somos dos mitades, es una batalla en condiciones desiguales, un enfrentamiento de ciudadanos desarmados contra uno de los estados más poderosos de América Latina, con una capacidad ilimitada de comprar votos y de utilizar los recursos fiscales para inclinar la balanza a su favor, sin ningún reparo moral. En este contexto, es ingenuo pensar que somos dos mitades, para serlo tendrían ambas partes que corresponder a un mismo universo, con iguales reglas de juego, donde en ambos casos el voto exprese la igualdad de oportunidades para todos y la libertad de conciencia del elector.

El saldo de violaciones cometidas en este último evento electoral separa a los dos grupos de votantes como pertenecientes a realidades distintas. De una parte, aquellos ciudadanos que se sintieron libres para superar las presiones objetivas y subjetivas sobre su decisión política, y por la otra, aquella proporción de la otra “mitad” que se ve obligada a votar bajo compulsión, amenaza o manipulación. Sin embargo, hay que reconocer que en esta fracción de votantes sí existen personas que sufragan obedeciendo a sus creencias políticas, a su fe en el gobierno y a su fidelidad a la memoria de Hugo Chávez, pero son sólo el segmento de un todo que coexiste con los que votan bajo coerción del gobierno.

El contexto y la composición de las dos supuestas mitades hacen que éstas pertenezcan a realidades distintas. Serían dos porciones de un todo si cada una tuviera las mismas reglas de juego y las mismas oportunidades de decidir por quién votar. Hay que concluir que tristemente en Venezuela una proporción importante de ciudadanos vota de forma irregular, bajo amenaza de ser sacado de las listas de beneficios, de perder el puestico en el gobierno, el contratico o el subsidio.

La paradoja es que a pesar de que durante el gobierno socialista el Estado se ha inflado y ha triplicado el número de empleados públicos, la migración de votantes hacia posiciones de libertad crece exponencialmente, como vimos en el casi millón de votantes del chavismo que sufragó por el candidato Capriles.

Entre las tropelías cometidas en este último evento electoral resalta el abuso del voto asistido, que no es más que la supresión de la libertad de todo aquél que depende del gobierno, compelido a sufragar bajo vigilancia, en un modo totalmente fascista de dominación política. Igualmente es destacable la violencia de parte del sector oficialista contra los representantes de la oposición en los lugares más apartados del país y la expulsión bajo amenaza física de las personas que representaban la Unidad Democrática. Esto pone en duda los votos logrados por el gobierno en las zonas rurales más apartadas del país, donde la violencia del Estado se hizo presente de forma ostensible.

Si en esas condiciones de ventajismo el gobierno no logra imponer una mayoría, significa que no somos dos mitades, SOMOS MAYORÏA, porque expresar una posición contraria al gobierno representa un desafío existencial con un costo político y económico muy alto para cualquier ciudadano, institución o empresa y sobre todo para los más pobres, cuya supervivencia depende de su sumisión al gobierno.

Hoy somos un caso particular en occidente, controlados por un Estado donde su institución electoral está integrada de forma casi absoluta por representantes del partido de gobierno, totalmente parcializados e identificados con la necesidad de la permanencia en el poder del régimen al cual están afiliados. Cuando en Méjico o en Estados Unidos surgió la circunstancia de que el ganador de una contienda electoral apenas capitalizara una ligera diferencia, los ciudadanos pudieron volverse hacia su colegio electoral y depositar su confianza en esa institución porque estaban seguros de su imparcialidad. Caso contrario a lo que ocurre en Venezuela donde los electores tienen que protegerse de los abusos y sanciones del CNE.

Cuando los resultados electorales son tan estrechos, la única garantía que tienen las sociedades de obtener resultados honestos es la confianza en su institución electoral. En Venezuela esta confianza no existe, porque como en ninguna parte del mundo, el organismo electoral es la expresión de un partido único.

No somos una sociedad dividida en dos mitades porque no son dos contendores iguales, con el mismo peso y talla, obedeciendo a reglas de juego imparciales. Es, por el contrario, el combate entre una oposición tenaz que crece de forma indetenible, que osa enfrentarse a su propio miedo, y crece porque su conciencia lo obliga a hacerlo contra un gobierno que pretende aplastarlo.

No somos dos mitades, somos una MAYORÍA de ciudadanos. Los votos que migraron desde el sector que apoya al gobierno hacia la oposición, reflejan actos de valentía de gente que se atrevió a desafiar al amo que lo hostiga, controla y manipula para obligarlo a creer que su decisión en libertad tiene una sanción que puede perjudicar el rumbo de su vida, perder el trabajo, el contrato o la posición en la lista para recibir algún beneficio.

Podemos ya comenzar a contabilizar a todos aquellos ciudadanos cuya vida se encuentra circunscrita o dependiente del gobierno, del favor de un funcionario público, cualquiera sea su rango, situación que abarca la mayor parte de nuestras comunidades rurales, los miles de pueblos dispersos donde la única oportunidad de sobrevivir se encuentra enganchada al empleo oficial o a la inclusión en algún programa de subsidio estatal, lo cual es una expresión pura y simple de la pobreza que permanece imbatible después de estos últimos catorce años. Territorios donde las desacertadas políticas del gobierno han cegado el crecimiento económico, hostigado de forma inclemente a las pocas empresas que han intentado crecer en esos predios obligándolas a cerrar sus puertas o estatizándolas de forma arbitraria, impidiendo la generación de nuevos empleos bien remunerados y con futuro, tal como lo demandan angustiosamente nuestras comunidades, los jóvenes, las amas de casas, los estudiantes, los que trabajan en la informalidad, con ingresos totalmente irregulares y sin protección social, y todos aquellos que aspiran a vivir decentemente y con libertad plena de elegir quien los gobierne. Es precisamente en estos espacios donde los gobiernos totalitarios afirman su control represivo y obligan a la población a votar en su favor.

No somos dos mitades, lo que sí podemos afirmar es que en Venezuela existe una mayoría de ciudadanos que es capaz de enfrentarse y oponerse a un gobierno que pretende imponer un modelo político rechazado por la humanidad e intentar someter al pueblo de forma genuflexa -rodilla en tierra- al dominio de una dictadura moribunda como es la Cuba de los Castro.

Por todas estas razones, creemos que el resultado de esta elección significa el cierre de una etapa histórica. Los límites de un Estado, hasta ahora dueño de las instituciones y de la riqueza nacional, son cada vez más ostensibles, lo cual nos permite avizorar una ínsula de libertad representada por la presencia de ciudadanos comprometidos con la democracia, capaces de batirse en defensa de sus derechos, como lo hicieron este 14 de abril, ante los atropellos cometidos en numerosos centros electorales a lo largo de todo nuestro territorio.

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