Gonzalo Himiob Santomé: Como si…

No hay nada peor que actuar “como si” algo fuera cierto cuando en realidad no lo es. Muy grave es lo que está ocurriendo en nuestro país. El poder opera como si la oposición no existiese, como si la mitad del país que no optó por Maduro para presidente fuese una nulidad, una especie de vacío sin voz ni voto, sin humanidad ni derechos. Maduro actúa como si su victoria, si es que en verdad lo fue, hubiese sido avasallante y arrolladora. Se comporta como si las cifras que dio el CNE el 14A hubiesen sido contundentes o abrumadoras, y no sólo eso, actúa como si fuese un pretendido adalid de la paz, mientras que no duda en deshumanizar a la oposición, tildando de “golpistas”, “burguesitos” y “equivocados” a quienes hemos “osado” expresar nuestras dudas sobre la validez una elección que arrojó unos resultados “definitivos e incuestionables” como si en ella no hubiesen existido graves irregularidades, cuando lo cierto es que sí las hubo, y muchas. Se ampara Maduro en los valores constitucionales, como si los respetara, pero se olvida de que si está en el poder uno de sus primeros deberes, según lo pauta el artículo 3 de nuestra Carta Magna, es el de garantizar la paz ciudadana. En fin, se comporta como si fuese un presidente legítimo y electo más allá de cualquier sombra de duda, cuando la verdad es que su mandato, ya desde antes de la elección, era y es dudoso y controvertido.

 

A Maduro se le oye hablar tratando de asumir a trancas y barrancas la autoridad, como si fuese Chávez, o en el mejor de los casos, un “hijo de Chávez”. Habla como si no hubiese dilapidado el capital político de su guía y mentor, pero lo que logra es demostrarle al mundo, a los suyos y a quienes no lo son, que jamás tendrá el carisma, el arrastre ni la fuerza discursiva del que ya partió. Es un mal imitador que pretende comportarse como si fuese el imitado, pero el traje le ha quedado muy holgado, cuelga sobre sus hombros como si fuese un harapo y le desluce. Los retos que le impusieron han terminado siendo para Maduro, como dicen en mi pueblo, “mucho camisón pa’ Petra”.

 

Diosdado Cabello por su parte actúa como si la AN fuese una especie de taguara en la que él, como si fuese un reyezuelo de alguna dudosa comarca, tiene autoridad para desconocer la voluntad de los cientos de miles de venezolanos que votaron por los diputados opositores a los que les ha negado despóticamente el derecho de palabra. Se comporta como si no estuviese consciente de ello, pero él sabe que sus bravatas insultan hasta a muchos oficialistas conscientes y que constituyen una grave arbitrariedad, digna de pasar a los más oscuros anales de nuestra historia. Piensa que puede hacerlo con impunidad, como si sus actos no hubiesen trascendido al mundo entero y como si de ellos no le fuesen a ser reclamadas, cuando la justicia se imponga, graves responsabilidades.

 

Luisa Estela Morales se desgañita en tecnicismos y subterfugios de letras chucutas como si las letras grandes a las que se debe no fuesen las de la Constitución, sino las escritas por la voluntad de Maduro y por aquellos, vaya usted a saber quiénes son, a los que éste ha reconocido que está sometido y les “consulta” en consecuencia sus decisiones. En otras palabras, la Morales actúa como si Maduro fuese libre e independiente en sus desvaríos, cuando lo cierto es que él mismo ha aceptado que no lo es. Ni moral ni madurez, pues, sino inopia, dependencia y sujeción a los criterios de otros, ajenos, foráneos, que no velan sino por sus propios intereses, que no por los de nuestra nación.

 

El Ministro de Interior y Justicia, la policía y los militares, arremeten violentamente contra manifestantes pacíficos como si se tratase de delincuentes de la peor ralea. Se derraman perdigones, balas y bombas lacrimógenas sobre el pueblo (que no por estar contra Maduro deja de serlo) como si la ley o la Constitución autorizaran a los órganos de seguridad y a la FAN a actuar así, desconociendo que protestar pacíficamente no es delito, es un derecho, y que por el contrario, sí es un crimen muy grave el exceso en el uso de la fuerza contra la ciudadanía. Se trata a quienes piden la auditoría del 100% de los votos, contrastados con lo que arrojen los cuadernos de votación y las actas respectivas, como si no tuvieran derecho a exigirla o como si la soberanía no residiese, porque así lo dispone nuestra Carta Magna, en el pueblo. Actúan muchos como si fuesen “bolivarianos”, pero han olvidado la onerosa condena que nuestro Libertador proclamaba contra el soldado que levantara las armas contra el pueblo que ha jurado defender.

 

La Fiscalía trata a los más de quinientos detenidos por protestar pacíficamente en todo el país como si fuesen “terroristas”, cuando lo cierto es que, a hacerlo así, lo que institucionaliza y reafirma en sus despropósitos es que en nuestro país se ha impuesto el terrorismo de Estado. Si no me lo creen, pregúntenle a los cientos de funcionarios públicos y a los militares que están siendo detenidos, perseguidos y estigmatizados sólo porque se atrevieron a mostrar sus preferencias políticas, distintas de las del poder, de viva voz o en sus celulares y computadoras. Se les obliga, so pena de destitución o de algo peor, a firmar burdos documentos en apoyo a Maduro, reconociéndole como si fuese un presidente cuyo mandato no ha sido oscurecido desde sus inicios por la duda, y se les ha tratado si se niegan como si fuesen escoria, cuando la verdadera escoria es la que no acepta que en democracia en nuestro sagrado derecho, aunque trabajemos para el gobierno, estar en desacuerdo si así nos place, con el poder.

 

Unos pocos en la oposición, también es menester decirlo, se comportan, improvisados e impulsivos, como si no existiese un liderazgo que ha pedido cordura, paz y ponderación; uno que, sobre todo, ha expresado claramente que asume, para bien o para mal y con todo lo que ello supone, la grave responsabilidad que implica ser la voz y el guía de los muchos millones de personas que pensamos, con justas razones que deben ser valoradas y respetadas, que en esta elección del 14A las cuentas salieron torcidas.

 

Son, como pueden ver ustedes mis estimados lectores, demasiados “como si”. Vivimos el tiempo de los imponderables y de las angustias, del miedo y de la incertidumbre. Está en manos de nuestros liderazgos, tanto en un bando como en el otro, lograr que imperen la sensatez, la inteligencia y el respeto a todos los que somos hermanos de Patria, más allá del color político de nuestras ideas. Hemos de ayudarles en la conducción de nuestros destinos y debemos llevarles a comprender, porque ese es nuestro deber y derecho, que queremos vivir en paz en un país verdadero, que no en un territorio de conflictos y pugnas absurdas, en un oscuro espacio pleno de sobresaltos, de insultos y de dudas al que llamamos “Venezuela” como si se tratase de esa nación digna, próspera y tolerante a la que todos amamos y con la que todos, de eso estoy seguro, soñamos.

 

@HimiobSantome