Gerardo Blyde: El jurado

En la Facultad de Medicina se abrió un concurso para un cargo. Juan y Pedro aspiran a ser escogidos. Ambos consignan ante el jurado todos los recaudos que comprueban que reúnen los requisitos mínimos exigidos para concursar. El jurado establece que los dos médicos serán evaluados en su práctica en quirófano, dictando clases y, finalmente, en una prueba escrita que será definitiva.

Juan se siente sobrado, pues sabe que aunque tiene una serie de debilidades ante su competidor para ejercer el cargo que se abrió a concurso, cuenta con la amistad de cuatro de los cinco miembros del jurado. Pedro conoce sólo a uno de ellos, quien además actúa siempre de manera imparcial, aun cuando en su corazón sabe que Pedro es mejor que Juan para el cargo.

Pedro comienza su clase, explica las enfermedades que tiene el paciente que se escogió para analizar, cuáles fueron las causas y, lo más importante, cuáles son los medicamentos a administrarse y la operación que debe efectuarse para sanarlo. Juan se entera de la clase magistral que está impartiendo Pedro y le infiltra supuestos alumnos para sabotearlo. Pedro lo denuncia ante el jurado y éste no dice nada.

Juan ofrece su clase, pero se equivoca en cada frase, en cada concepto. Como no domina el tema, en un intento por tapar su desconocimiento sobre las enfermedades que aquejan al paciente, aprovecha que entra un pajarito al aula, se siente salvado, se silban mutuamente y luego, en vez de hablar sobre el paciente, comienza a explicarle a sus alumnos que era lo que se silbaban él y el pajarito. Aún le quedan 30 minutos. Entonces se le ocurre hacer pasar a sus panas músicos, aun cuando la evaluación es individual. Cantan y bailan, con lo cual lo ayudan a distraer a los alumnos y a consumir el resto de la clase. Ante la torta que está poniendo y en pleno show musical, parte de su audiencia comienza a salirse del salón, entonces los amenaza con la maldición de Maracapana por abandonarlo. Muchos ya no le temen e igual se cambian de aula para escuchar la clase de Pedro.

Al día siguiente ambos entran a quirófanos distintos. Pedro ordenadamente va solicitando al personal auxiliar los instrumentos necesarios para la intervención que realizará, corta con precisión, succiona, extrae, cierra. Cuando está a punto de comenzar a suturar se va la luz. Juan -quien manda sobre los empleados del quirófano porque, ante un hecho sobrevenido, había sido encargado de la dirección del hospital- les había dado la orden de sabotear a Pedro. Sin embargo, con una linterna se alumbra y culmina la sutura con éxito. Al terminar, presenta su queja formal al jurado, con pruebas fidedignas sobre la orden impartida por Juan para producir el corte eléctrico. El jurado tampoco dijo nada.

Así continuó todo el proceso de evaluación. Pedro cumpliendo con todas las reglas preestablecidas. Juan abusando, trampeado e inventando. Pedro denunciando y el jurado sin decir nada.

Llegó el día de la prueba escrita, la definitiva. Pedro se sienta juicioso a responder el cuestionario. Juan lee la prueba y espera a ver si vuelve el pajarito para que, entre silbidos, le dé algunos datos. El pajarito no entra, pero parte del jurado se da cuenta de que Juan no está escribiendo y permite que entren otros y, al descuido, dejen caer cerca de Juan algunos libros de texto. Pedro reclama, y el jurado no dice nada. Como Juan no conseguía la respuesta en los libros, permiten que pasen otros que esta vez le llevan galletas con chuletas escondidas. Pedro reclama y, como sucedió en todo el proceso, el jurado nada dijo. Juan hace trampa, se copia y hasta comete varios errores al copiarse, tanto que incluso deja las chuletas en el pupitre.

Finalizada la prueba el jurado se toma un corto tiempo para corregir y deliberar. Pedro solicita que se revise la prueba de manera pública antes de que se dé a conocer el resultado. El jurado esta vez sí habla: No te haremos caso Pedro, y anuncia que Juan ha sido el ganador de proceso. De inmediato convocan a una sesión pública para entregarle su acreditación como ganador del concurso. Pedro reclama y el jurado -ofendido- lo llama desestabilizador.

Legalmente el jurado tenía competencia para hacer lo que hizo. Juan legalmente es el ganador, pero ¿es legítimamente el que ganó?

Si usted fuera Pedro ¿no ejercería todas las acciones legales para que ambas pruebas fueran examinadas públicamente y se evaluara, además, la actuación parcializada de ese jurado? ¿Cree aceptable que ese jurado se niegue rotundamente a dar esa revisión? ¿Es válido que el jurado diga que se puede mirar de lejos la prueba de Juan, que se puede incluso contar todas las líneas y páginas que llenó Juan, pero que nadie puede leer su contenido?

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