Carlos Blanco: “No pasarán” (pero ¡ya pasamos!)

Dolores, mi confidente predilecta, jamás regresó del frío porque nunca estuvo, como no fuera para unas compras navideñas y algún turismo revestido de misión revolucionaria. Le gusta la información y la contrainformación y se las goza con la sensualidad que se le reconoce muy especialmente en el Alto Mando. “Te quiero ver”, dijo con su voz enronquecida de tanto amanecer conspirativo y amenazante. “Te paso buscando temprano, a las 6:00 por el Tolón”, ordena.

Allí estoy puntual. A los pocos minutos veo venir la caravana presidida por un increíble Audi R8 con dos camaradas en motos, mal encarados, a los lados, embutidos en trajes ajustados como los blindados de Diosdado. Dos camionetas impecables escoltan a la diabla roja, con puertas medio abiertas, estilo Swat, como si fueran a saltar para defenderla de un ataque nuclear próximo. Del Audi se baja El Químico, con su rostro de estreñido ideológico, con su infaltable pistola Glock para no olvidar que estamos en guerra con el planeta entero. Me deposito en la máquina y Dolores advierte: “este automóvil no es mío”; es del general Antonio XX, “simpático, dicharachero y corrupto como él solo”. Dolores al volante, yo a su lado y El Químico atrás. Este suelta una media sonrisa constipada ahora que con el “madurismo” tiene chamba en un impreciso organismo de inteligencia: “Tú sabes, nos ocupamos de chismes y gozamos una bola engañando a los jefes a menos que estén husmeando cubanos”.

Observo a Dolores mientras maneja hacia Fuerte Tiuna, me dice que quiere hacer algo de ejercicio porque los recientes meses de su ausencia han sido muy estresantes. La reconocen en la Alcabala 3 mientras disfrutamos de la máquina que nos transporta. Se sabe que la revolución se lleva bien con los Audi; ensamblan muy bien, como Marx y Engels. Estacionamos cerca del Batallón Bolívar donde la espera su particular “estado mayor”, los oficiales con los que retoza con miradas, sonrisas e insinuaciones. Esa combinación de figura espectacular y cercanía al Comandante generan un hechizo inmenso que administra con criterio de escasez. Luce un pequeño y ajustado pantalón color turquesa que combina con una franela del mismo color que abraza con cercanía su pecho y entre esas mínimas prendas emerge el cuerpazo de morena clara, con un toque a zanahoria y naranja que conmueve las bases militares del proceso.

AL TROTE. “Me despedí de Hugo. No quería irse y yo no quería que se fuera; murió en esa irreversible soledad que no la soluciona ni la fe ni el delirio de grandeza. Vivió el final en el tormento que produce traspasar el umbral último de la esperanza”, dice con la mirada líquida que engendran los amores que se van para siempre.

-Me quería reunir contigo aquí, donde todos ya hablan sin tapujos una vez ido Hugo-, dice la amazona.

Sin detenerse me dice que algún tipo de consenso es necesario en el país, “pero eso sí, con nosotros al mando… por ahora”. “El repudio a los cubanos es masivo, especialmente porque el general Ermio Hernández Rodríguez, el hombre de Raúl Castro aquí, ya no puede imponerse como lo hacía… Él fue quien mandó a sacar los colectivos el 14A para reprimir cualquier protesta”.

-¿Cuál es el papel del Almirante Molero?-, pregunto para jurungarle la lengua.

-Ninguno. Molero es de los marinos que “marea” si se monta en un barco. Es hombre de la Infantería de Marina que se dedicó a la inteligencia, mejor dicho, a chismear a sus compañeros, con lo que se le hizo útil a Hugo que andaba paranoico…

Mientras trotamos y la camarada levanta la admiración de la tropa, sobre todo cuando la mirada quiere imaginar el resto del tatuaje que le sube desde el muslo izquierdo, ya húmedo, hacia el abismo, le pregunto más sobre Ermio y Molero: “Del 14 para el 15 de abril pusieron presos a varios generales del CEO y oficiales superiores porque protestaron por el fraude, pero no les pudieron probar nada; los fastidian, los citan, pero nada… palos de ciego”.

-El que está bravísimo es Carlos Alcalá Cordones, Comandante del Ejército, por la ratificación de Molero como ministro. No es sólo que quería el cargo sino que afirma que el marino es totalmente impresentable- dice, jadeante, la camarada.

-Pero esto no significa mucho-digo por decir.

-No creas. Si lo unes a lo que pasa en la GN la cuestión se complica. Hay un “movimiento” en este componente de militares que dicen que son Guardias Nacionales y no pertenecen a la Guardia del Pueblo, invento del comandante Juan Francisco Romero Figueroa y del general Benavides Torres. Esos no son más que grupos de choque repudiados por los verdaderos guardias nacionales- afirma ella, el primer combatiente del Fuerte.

EL LOMITO. Próximos al Batallón Caracas nos detenemos, exhaustos. Se tiende en la grama, con un sol de justicia sobre aquella humanidad perfecta. Toma su “cooler” y derrama agua por la cabeza y el torso como el bautizo de una impúdica diosa mayor. Miro extasiado a esta superministra del poder popular y del otro poder, el de verdad.

-La lucha es a fondo por no decir a muerte -proclama- y Nicolás está muy inseguro: llama 10 veces al día a José Vicente que ya no es el cerebro gris detrás del trono, sino la niñera presidencial. Nicolás no sabe cómo actuar. Diosdado casi le nombra al Jefe de la Casa Militar y cuando José Vicente lo supo le dijo a Nicolás que así no duraba un mes en Miraflores y que mejor era otro oficial, un edecán que había tenido el propio Rangel cuando fue Vicepresidente y todavía andaba con él.

-Pero la lucha entre Diosdado y Nicolás no se ve tan fratricida- deslizo mientras pienso que las cosas como que son más complejas de lo que imaginaba.

-Sí es a muerte. En Corpoelec Diosdado puso a Jesse Chacón y Nicolás le colocó al general Wilmer Barrientos, aunque le habían ofrecido el cargo al PCV que ahora está nuevamente despechado-, sonríe la gladiadora.

-Esas contradicciones son naturales- insisto al tratar de rebajarle el significado catastrófico a los dichos de esta guerrera de Dios.

-No creas… no creas… Diosdado quería que su hermano, el del Seniat, se encargara simultáneamente del MinHacienda y Nicolás, en consulta con su ángel de la guarda, se negó en redondo.

EL FINAL. Terminamos esta especie de desayuno sobre la hierba a lo Manet, con galletitas de soda. Y cuando se incorpora la camarada me dice: “ustedes ganaron por 700 mil votos, pero ni ustedes estaban preparados para cobrar ni nosotros para pagar. El problema que tenemos ahora es que Nicolás no logra estabilizarse, no encuentra su lugar, su discurso, su proyecto, sus amigos y tampoco sus enemigos”.

Se acerca la camioneta con El Químico a bordo, subo, y observo a Dolores que, a contraluz, se dibuja tan divina y poderosa como mi imaginación lo permite.

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Twitter @carlosblancog