Editorial El Nacional: Presidente sumiso

No fueron pocos los analistas que se equivocaron cuando pronosticaron que Nicolás Maduro sacaría, ya colocada la banda como Presidente, su verdadero yo. No descartaron aquello de que gracias jefe por la designación pero aquí voy yo con mi propia visión. Pensaron que durante los seis años como canciller se había impregnado de lo mejor de la civilidad que se produce con el roce continuo con hombres y mujeres educados en las mejores escuelas de formación de cuadros diplomáticos y en las mejores universidades del mundo. El ámbito de la diplomacia enseña la amabilidad, a bajar el tono y a tomar decisiones después de mucha evaluación y consensos.

Qué le habrá quedado a Maduro de las largas horas de conversación con María Angélica Holguín o con Celso Amorim. De la escuela de Oscar Arias o del mismo presidente Santos con quien compartió en muchas oportunidades. Por lo visto muy poco. Los que se imaginaron un Nicolás moderado, respetuoso, y con una agenda abierta al diálogo se equivocaron. Su agenda no es la suya, es la de sus mentores históricos, los hermanos Castro, a quienes les debe todo.

No es cualquier éxito el que se anotó la diplomacia cubana. Pocos países en la historia lograron trabajar tanto con un individuo hasta ponerlo a las alturas del poder del país más codiciado del Caribe y cuya forma y sustancia se resume en petróleo y en divisas. Su mentor, el comandante presidente, se enamoró de Cuba y de Fidel. Sin embargo, los hermanos hacía tiempo que habían conquistado el corazón de quien hoy ostenta la primera magistratura en Venezuela.

Jugada maestra de la diplomacia cubana. Ni con los partidos comunistas, guerras, guerrillas, infiltrados y atentados durante tantos años lograron en el mundo un éxito estratégico de esta naturaleza. Cuba le puso la mano a la joya de la corona de América Latina. Una cosa es impulsar una revolución y otra muy diferente es que se haga lo que ellos ordenan. En esa nueva etapa de sumisión nos encontramos.

Maduro le reafirma al mundo el carácter procubano de su gobierno. No es casual que su primera visita de Estado, desde su apresurada toma de posesión, sea a La Habana, y con una bofetada le anuncia a la inmensa mayoría de los venezolanos, que lo consideran un mandatario ilegítimo, que firmaron 51 acuerdos y proyectos por millardos de dólares. Al igual que tantos otros acuerdos serán para beneficiar la amorfa economía cubana. Maduro reitera, además, el sueño de “ver nuestras patrias convertidas en un solo pueblo unido”.

Deberían ya y de una vez por todas convertir a las dos naciones, Cuba y Venezuela, en una sola república. La historia les reconocerá este gesto histórico pues cuando los dos hermanos Castro estiren la pata, como cualquier ser humano, ambos pueblos se levantarán contra el castrismo, como ocurrió en la Unión Soviética, y emergerá una nueva patria libre y con un espacio democrático mayor, con una economía abierta y progresista.

 

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