Hitler y Eva, un amor sellado con cianuro

Foto ABC

Siempre se ha dicho que el amor es ciego e impredecible, y sin duda estas afirmaciones se comprueban al analizar uno de los romances más controvertidos de la historia: el de Adolf Hitler y Eva Braun. Y es que, los que fueron los amantes más famosos del nazismo, acabaron quitándose la vida un 30 de abril de 1945 en el último reducto nacionalsocialista de Berlín, el búnker del Führer, tras morder una cápsula con cianuro y dispararse en la cabeza.

Hoy, sin embargo, al caminar por Berlín no queda ni rastro de este emplazamiento fortificado que hizo las veces de iglesia, salón de banquetes y hotel para la pareja. Tan sólo una placa, puesta hace escasos años, recuerda donde se hallaba el lugar en el que Adolf Hitler y Eva Braun vivieron sus últimas semanas con vida ante el acoso del ejército soviético. El búnker, hoy derribado, se ha convertido de esta forma en un ataúd de cemento que guarda el amor del líder nazi y su esposa, unidos para siempre en la vida y en la muerte.

La pequeña Eva

Eva, la única mujer a la que amó Hitler, nació un 6 de febrero de 1912 en Múnich. «La pequeña creció en un ambiente de novela rosa. Los esposos Braun estaban muy cerca de ser un matrimonio perfecto. (…) La familia no carecía de nada», determina el escritor e investigadorNerin E. Gun en su libro «Hitler y Eva Braun, un amor maldito».

Obstinada y tozuda desde pequeña, la futura amante del hombre que asesinó a millones de judíos se caracterizó por su amor por los deportes. De hecho, de joven era una reconocida nadadora y esquiadora, aunque sobre todo amaba el patinaje. Entre sus pasatiempos más curiosos se encontraba además la lectura de novelas del lejano Oeste.

Criada en el seno de una familia seguidora del catolicismo, Eva pronto fue enviada a un colegio de monjas. «Los Braun habían tomado por costumbre enviar a sus hijas al convento para completar allí su educación. En Baviera, ninguna chica se convierte verdaderamente en una dama si antes no pasa por una de esas instituciones especializadas donde las jóvenes aprenden una profesión, además de ciertos convencionalismos sociales», determina el escritor.

El capricho de Hitler

Recién salida del convento, con apenas 17 años, Eva probó suerte como mecanógrafa, no obstante, pronto abandonó este primer impulso y trató de buscar desesperadamente una nueva ocupación. Esta la hallaría en el taller fotográfico de Heinrich Hoffmann, lugar en el que fue contratada por un precario sueldo pero donde, a pesar de todo, se comenzó a interesar por la fotografía.

Braun conoció a Hitler una tarde de 1929 mientras trabajaba. Concretamente, todo se sucedió cuando la joven estaba archivando unos papeles subida en una escalera. En ese momento hizo su aparición el cuarentón Adolf, un «señor de cierta edad con un gracioso bigotillo», según cuenta la propia Eva en una carta enviada a un familiar. Curiosamente, su amigo le presentaría ante la joven como «el señor Wolf».

Al parecer, el ya por entonces líder del partido nazi –un grupo extremista que, tras varios años, comenzaba a salir de la decadencia-, se encaprichó de ella, lo que provocó que organizara todo tipo de encuentros furtivos. Finalmente, pocos años antes de convertirse en el líder de Alemania, Hitler formalizó su relación con Braun.

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