Gonzalo Himiob Santomé: Inmaduro vs. maduro

La madurez, según el DRAE, es entre otras cosas una cualidad que comprende tener “buen juicio o prudencia, sensatez”. Ruego un poco de paciencia a mis lectores. No me aventuro en estos terrenos dando palos de ciego. De la mano de mi padre, psiquiatra y psicoanalista, reviso algunos textos que me ayudan a discernir el concepto de madurez desde lo que es el contraste, de raíz freudiana, entre el principio del placer y el principio de realidad ¿Para qué? Para tratar de explicar por qué los respectivos liderazgos de las dos bandas casi iguales en las que está dividida políticamente nuestra polarizada nación al día de hoy, se comportan de la manera en que lo hacen, despertando y alentando entre sus seguidores, respectivamente, diferentes reacciones y expectativas.

Las primeras etapas del desarrollo de cualquier personalidad, es decir nuestros momentos más inmaduros, están dominados por el principio del placer. Éste se caracteriza por la impulsividad, por la inmediatez, por la incapacidad de establecer compromisos a largo plazo, por la falta de previsión y además por una percepción de la realidad distorsionada, que sólo encuentra sentido en lo que a nosotros como individuos nos satisface. Los sujetos que, sin importar su edad cronológica, aún son regidos a nivel inconsciente por el principio del placer, son personas esencialmente egoístas, sorprendentes en su voluble capacidad de sustitución del objeto de sus apetencias o deseos según sus propias conveniencias, y poco ganados a la aceptación de las visiones, de los derechos e incluso de la existencia de otros sujetos; sobre todo si de alguna manera obstaculizan sus impulsos hacia el placer. Son incapaces de anticipar racionalmente las consecuencias de sus actos más allá de la inmediata complacencia de sus propios anhelos. Además quienes son regidos por el principio del placer, es decir quienes no han “madurado”, no sólo están sometidos a procesos inconscientes que persiguen obtusos la consecución de su placer o de aquello que les procure satisfacción inmediata, también están condicionados en su conducta por otros procesos, de igual intensidad, que repudian y reprimen aquello que les genera o les produce incomodidad o displacer.

Un sujeto inmaduro además, tratará siempre de mostrar al mundo exterior fachadas que no le son propias, determinadas por las expectativas externas que se tengan de él, que no por lo que en realidad le es esencial, con la única finalidad de hallar en el reconocimiento de los otros hacia su individualidad o hacia sus cualidades, verdaderas o falsas, innatas o adquiridas, el camino que le lleve a la obtención de aquello que le da placer.

El propio Freud desarrolló como contrapartida al “principio del placer” el denominado “principio de realidad”. En “Más allá del principio del placer” (1920) el maestro de Viena, además de presentar por vez primera la dicotomía entre Eros y la pulsiones de muerte, demuestra que además del principio del placer existe otro principio, el de “realidad” que regula y somete al primero. Quienes se manejan con base al principio de realidad, es decir quienes son “maduros”, no dejan de estar sujetos al principio del placer, pero someten sus impulsos y sus procesos primarios de búsqueda individual de placer a las condiciones que la realidad interna, la verdadera, que no la equívoca percepción de la misma, y el mundo exterior, les imponen. En consecuencia, un sujeto “maduro”, es uno que no está atado en su percepción de sí mismo a lo que se cree que él “debería ser”, sino “a lo que es” en verdad; no anhela satisfacer las expectativas externas que de él se tengan sino que se focaliza en valorarse objetivamente, ponderando adecuadamente tanto sus virtudes como sus defectos; desarrolla su capacidad de aceptar y de valorar adecuadamente a las demás personas, pero además, y esto es particularmente importante, se percibe a sí mismo, a sus limitaciones y al mundo que le rodea de manera realista, no distorsionada. Esto por supuesto, viene acompañado de una elevación de la capacidad de anticipación de las consecuencias de sus actos a mediano y a largo plazo, y siguiendo al DRAE, del desarrollo de la prudencia y de la sensatez.

Así las cosas, digamos que tú eres un joven de unos cuarenta años que ama a su patria y que siente, ya que ello es cónsono con lo que te es esencial, que la mejor manera de materializar en actos ese amor altruista que tienes, es llegando a la presidencia. Sabes que cuentas con un importantísimo respaldo popular y que nada te costaría llamar a tus millones de seguidores, de inmediato, a tratar de imponer su voluntad y la tuya en la calle y por la fuerza. Sin embargo, maduro como eres, consciente de las limitaciones que te imponen las leyes y las realidades con las que te toca enfrentarte, y también de las graves consecuencias que de esa actitud pueden derivar, subordinas tus anhelos personales a la racionalidad y a la prudencia que nacen del principio de realidad. Tus seguidores por su parte, lo son porque se identifican contigo, con tus maneras y con tus ideales, y por eso se pliegan a tu voluntad de seguir la vía de la no violencia y de la legalidad antes que convertirse en aquello (lo irracional, lo absurdo, lo abusivo) contra lo que han luchado la mayor parte de sus vidas.

Por otro lado, digamos que eres un cincuentón que no concibe que la voluntad mayoritaria, o al menos la representada en la mitad del país, pretenda privarte del placer que te produce mantenerte en el poder, por espuria o ilegítima que haya sido tu llegada a éste. Reaccionas ante quienes amenazan lo que es el objeto de tu placer de manera impulsiva y violenta, sin prever las consecuencias de tus actos más allá de la inmediata satisfacción que esto te genera y sin mostrar capacidad alguna de reconocimiento o de respeto verdaderos hacia esa otra importantísima parte de la nación que no está contigo. Como además de buscar lo que a ti de manera egoísta te da placer, tiendes a negar o a reprimir lo que te incomoda, si otros quieren protestar, o cuestionar tu mandato, dejas que los callen a puñetazos o los encarcelas, sin importarte el oscuro color que esa actitud revela en tus empeños. Si el líder que te es opuesto desea expresarse públicamente, de manera infantil abusas de tu fuerza y le lanzas una cadena nacional para evitar, infructuosamente además, que se escuche lo que aquél tenga que decir. Así te mueves, bajo el impulso egoísta de lo que pretendes que es bueno para todos, aunque el fondo sólo lo sabes y sientes como bueno para ti. Son esas además, las formas de actuación que avalas y celebras en tus seguidores, que en consecuencia se comportan como tú. Al final, imponerles a todos y a costa de lo que sea el reconocimiento de tu cualidad de “hombre poderoso”, dudosa por demás, que no dialogar o solucionar en realidad los problemas de todos, es lo único que te mueve y te inspira.

¿Quién es entonces “maduro”? Dejo a mis lectores la respuesta.

@HimiobSantome