Gonzalo Himiob Santomé: Evitar la intolerancia

A finales de 2004, en un viaje que tuve que hacer a El Tigre, Estado Anzoátegui, el vuelo de Santa Bárbara que me llevaría a mi destino experimentaba un incómodo retraso. Era muy temprano en la mañana, pero el calor del sol que ya se asomaba en Maiquetía empezaba a hacer de las suyas, y los pasajeros que aguardábamos en el avión, un bimotor de breves dimensiones en el que la puerta permanecía abierta y el aire acondicionado apagado, empezábamos a desesperarnos.

Al cabo de más de una hora de espera descubrimos cuál había sido la razón de la demora: Un importante personaje del gobierno, a la sazón aún muy “revolucionario” aunque ahora “en desgracia”, pues muy mal paga el diablo a quien le sirve, había decidido a última hora que debía viajar también ese día a El Tigre, y había “ordenado” que el vuelo le esperara.

Antes de continuar con la narración debo aclarar, para evitar que los oficialistas que me leen arqueen de entrada las cejas y piensen que mis letras ya vienen sesgadas, que tengo plena conciencia de que este tipo de abusos no es privativo de los “revolucionarios”, y que antes de que Chávez llegara al poder, algunos políticos de los gobiernos anteriores también incurrían en las mismas prácticas arbitrarias, y no pocas veces.

En fin, ese año fue uno particularmente complicado. Fue el del Referendo Revocatorio, que vino precedido del “Firmazo”, del “Reafirmazo” y de todos los graves conflictos que tuvieron lugar entre un evento y el otro. Como era de esperarse, al igual que ocurre ahora aunque quizás no con la misma intensidad, los niveles de crispación política eran muy altos, por lo que apenas asomó el susodicho su nariz por la puerta del avión estalló contra él una cerrada y bulliciosa “pita”, seguida de un improvisado, más no menos imponente por ello, “cacerolazo”, en el que participaron casi todos los pasajeros que habíamos tenido que aguantar la incómoda espera.

Nunca me he sentido muy cómodo con este tipo de expresiones. No porque crea que son ilegítimas o porque las considere, que no lo son, delictivas. De hecho, pienso que un cacerolazo o un buen abucheo, siempre que no medien ofensas o agresiones físicas, a veces expresan muy bien el sentimiento general de molestia hacia una determinada persona o situación, y sirven de desahogo y de “muro de contención” a expresiones mucho más violentas que a nadie le interesan ni sirven; pero también creo que cuando a uno se le presenta una oportunidad como esa, la de tener a un adversario político tan cerca, más productivo y humano es confrontarlo abierta y directamente, pero con las armas del argumento, del diálogo y del respeto en la mano. Siempre he creído que si coincido con un oficialista conocido, por ejemplo, en un restaurante, o como era en ese caso, en un avión, nada ganaré, más allá de humillarlo engrosando sus resentimientos, si en lugar de mis palabras dejo que sean mi ruido o mis insultos los que le hagan sentir mi desacuerdo con él. Si uno es en verdad humanista, no puede negarse jamás al diálogo o al respeto como primeras opciones, pues de lo contrario, si recurrimos a la deshonra pública, a la violencia o a la ofensa contra los que no piensan como nosotros, nos hacemos un muy flaco favor: Nos convertimos en lo mismo contra lo que luchamos.

Ese día, además, otro hecho me contuvo. Apenas subió a la cabina el funcionario, detrás de él llegó un muchachito de unos cuatro años, que luego lo vi, era su hijo. El hombre mostraba la cobarde y típica altanería del abusador, y dedicaba una media sonrisa, temblorosa pero sarcástica, a quienes le abucheaban, pero el niño, que evidentemente no comprendía qué pasaba ni tenía la culpa de los desafueros del padre, mostraba en su mirada una vergüenza inmensa que sólo era superada por el otro sentimiento que también le dominaba: El miedo.

Con toda la prudencia de la que fui capaz, siendo que ya en la espera algunos de los pasajeros previamente me habían reconocido como opositor y como activista de DDHH, me levanté y les pedí a los que protestaban de esa forma vehemente que dejaran de hacerlo. No esperaba agradecimiento del abusador ni creía que la expresión de rechazo general a la que estaba siendo sometido fuera inmerecida, pero sentí que no era justo hacer que el hijo pagara, con esa impresión negativa que seguro le quedaría de por vida, los pecados de su padre. Una cosa era reclamarle al funcionario su iniquidad, pero otra muy distinta era hacerlo humillándolo ante los ojos de su vástago. No podía ni puedo estar de acuerdo con eso.

Algunos me argumentarán que ese funcionario no piensa ni pensará jamás en los hijos de aquellos a los que hace víctimas de sus felonías y de sus arbitrariedades, y eso puede ser cierto, pero igual no podía avalar eso de repetir el mal contra el que ha hecho mal, y mucho menos la “descarga” contra quienes no han sido responsables de los abusos ajenos. La “Ley del Talión” puede parecer “justicia”, pero no lo es. Es “mal” netamente retributivo que se opone a otro “mal”, y en la sociedad humana, estimados lectores, a diferencia de lo que ocurre en las matemáticas, “menos por menos”, no da “más”, ni “negativo por negativo”, da “positivo”.

A la intolerancia no se la combate con más intolerancia ni sembrando en los hijos de quienes piensan distinto la semilla de un odio irracional, que tengámoslo por seguro, en algún momento germinará y nos estallará de nuevo en la cara. Si esos infantes se comportan luego y ya crecidos como sus padres intolerantes o abusadores, que asuman entonces las consecuencias, pero no antes, cuando no han hecho mal ni están en capacidad de comprender o de avalar los desatinos ajenos.

Asumir públicamente una postura política, sobre todo cuando se es famoso en este país disfuncional, viene con efectos positivos y negativos, y el que lo hace debe aceptarlos todos, le gusten o no y sin andar amenazando, cual guapo de barrio apoyado por el poder (¿me lees Winston?), con intentar “acciones penales” contra quienes nos expresan su descontento; pero recientemente hemos visto muchas muestras de esta “intolerancia a la inversa” (así la llamé en uno de mis libros, como hija directa que es de la intolerancia oficial) que no sólo han involucrado a quienes han decidido hacer del conocimiento general su preferencia política oficialista, sino también a sus familiares y hasta a sus hijos.

A riesgo de que me ataquen los radicales, lo declaro: No estoy de acuerdo con eso. Que cada quien cuando le corresponda cargue con las consecuencias de sus actos, y que ello a veces implique ser objeto de expresiones de rechazo, o de otras cosas peores, es una cosa -¡vaya que lo sabemos los opositores!- pero otra muy diferente es que perpetuemos el miedo, generador de resentimientos sin fin, en quienes no son responsables de lo que hagan sus padres o sus familiares y merecen crecer en una Venezuela diferente sin tener que sufrir, venga de dónde venga, lo que la ciega polarización nos ha hecho padecer a todos.

@HimiobSantome