Alberto Barrera Tyszka: Se planchan orejas

Escuchar confesiones ajenas suele ser una experiencia estremecedora. En 1947, John Cheever publicó en The New Yorker el relato de una familia que compró un aparato de radio que, en vez de sintonizarse con las estaciones del dial, de pronto comenzó a transmitir escenas de la vida cotidiana de algunos de sus vecinos. Es una situación insólita. Enciendes la radio y no escuchas a César Miguel Rondón leyendo el país, sino a tu vecina del 7B amenazando a su marido con un divorcio. Te enteras de algo que no esperabas, de algo que posiblemente tampoco querías saber. A veces, la verdad llega de oídas, de retruque.

Mario Silva sólo necesitó 50 minutos para mostrarnos la vida privada de la revolución. La conversación con Palacios fue más bien un monólogo. Fue como escuchar un espectáculo unipersonal. El gordo se confiesa. Oyéndolo, podías imaginarlo. Sentado, tranquilazo, con la soberbia seguridad del poder, hablando desde la eternidad, diciéndole “hijo de puta” a Cabello, “sapo” a Arreaza; dejando a Maduro como un bolsa, sometido por la cuaima de su mujer; acusando de corrupción a medio mundo, develando el control de las instituciones por parte del gobierno, haciendo evidente la injerencia cubana en los centros de poder del país… Sin guión y en confianza, Mario Silva le regaló al país una verdad. Un asco en el que la mayoría de los venezolanos podemos creer.

La respuesta del oficialismo fue tímida y errática. Empezando por el mismo Silva, quien se apresuró a escribir en Twitter que todo era un montaje del Mossad. Pero, luego, la aparición de Maduro y de Cabello juntos, en el Palacio de Miraflores, lució forzada y áspera. Ya a esta altura, tanto ellos como sus asesores deberían saber que ninguno de los dos es un gran actor. No tienen ese don. Las declaraciones posteriores tampoco fueron afortunadas. Maduro habló de “guerra psicológica” y Cabello repitió una canción que no es suya: “Águila no caza moscas”. Lo demás fue hojarasca, formas diversas de eludir la realidad. Sólo quieren que el tiempo pase. Su estrategia más efectiva es el olvido. Sólo esperan que nuestra memoria los perdone.

Pero el problema es que, aun a pesar de aquellos que ahora se esfuerzan en demostrar que Mario Silva no es un personaje importante dentro del chavismo, el conductor de La Hojilla es también una de las representaciones más legítimas de la herencia de Chávez. Ese espacio, transmitido en VTV cada noche, era el único programa de la televisión venezolana que, de manera reiterada, Chávez confesaba seguir. La Hojilla, además, era el espacio simbólico de la “verdad revolucionaria” en contra de la “mentira mediática”. A eso supuestamente se dedicaba cotidianamente. A “desmontar” la farsa noticiosa del adversario. A “desactivar” los embustes orquestados por el enemigo. Silva era la moral, la luz en contra de la sombras. ¿Qué pasa, entonces, cuando ese mismo personaje aparece diciendo que todo es una mierda, contándonos que la revolución es un fracaso?

No hay que olvidar, tampoco, que el mismo Chávez le alzó la mano a Mario Silva y trató de convertirlo en político, en candidato, en líder. No es, pues, alguien que se puede descalificar fácilmente. Y eso también se delata en el monólogo. Silva habla con autoridad. Sólo luce arrastradito cuando alude a Fidel Castro. Pero del resto es una autoridad repartiendo juicios. No sugiere, no intuye, no propone. Silva sentencia. Pontifica hasta sobre el caudillismo y el papel de la mujer en nuestra historia. Convierte todas las especulaciones sobre la batalla entre Maduro y Cabello en una patética evidencia. Desnuda al PSUV y lo saca en cueros al escenario.

Lo más sorprendente es que el oficialismo, encima, pretenda pasar agachado. Ahora quieren escapar de la historia. Cuando la mayoría oficialista niega la posibilidad de debatir este caso en la Asamblea Nacional, sólo está quedando mal frente al pueblo, sólo sigue restando votos. Es otra forma de imponerse, de callar a la gente, de tratar de tapar la realidad con golpes de silencio. En vez de enfrentar lo que ocurre con coraje y transparencia, miran hacia otro lado, hablan de otra cosa, esperando que la voz de Mario Silva se diluya. No hay ninguna postura públicamente crítica dentro del gobierno. No hay ni siquiera una pregunta. Hacerse los locos también es una forma de mentir.

En El suplicio de las moscas, Elías Canetti deja caer una frase maravillosa en mitad de una página: “Un país donde se planchen las orejas”. Lo extraordinario de los aforismos es su brevedad y su enigma, la cantidad de posibilidades de lectura que ofrece una línea que flota sobre el papel. Siempre me ha fascinado esa imagen, la idea de lavar, limpiar y alisar los oídos. Como si fuera una reacción natural, la consecuencia saludable ante todo el ruido que escuchamos. Se planchan orejas. Porque lo peor no es lo que se diga. Lo que se escuche. Lo peor es que después no pase nada.