La conquista del Everest, un regalo para Isabel II

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La noticia de que el montañero Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay habían conquistado el Everest agitó Londres el día de la coronación de la Reina Isabel II, unas jornadas después de la gesta, consumada hoy hace 60 años.

Guillermo Ximenis/EFE

El 29 de mayo de 1953, los dos pioneros habían contemplado el mundo como nadie antes, desde la cima a 8.848 metros de altitud, y el 2 de junio la prensa anglosajona anunciaba la hazaña como el mejor regalo para la nueva monarca, que a sus 27 años asumía oficialmente el liderazgo del Reino Unido y la Commonwealth.

El neozelandés Hillary (1919-2008), que había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial, comprobó la trascendencia de su logro cuando se presentó en la capital británica convertido en Caballero del Imperio, mientras su compañero, el nepalí Norgay (1914-1986), fue condecorado con una Medalla del Imperio Británico.

El sueño de poner el pie en el punto más alto del planeta, uno de los pocos lugares que con el siglo XX ya avanzado se resistían a dejarse conquistar, venía de lejos: los británicos George Mallory y Andrew Irvine protagonizaron en 1924 uno de los primeros intentos serios para vencer a la cara norte del Everest.

Ellos no volvieron, pero inspiraron a decenas de montañeros ávidos de ver su nombre inscrito en los libros de historia.

La gloria que habían logrado los exploradores de los polos pocos años antes impulsó a muchos a organizar expediciones al Himalaya en las que contrataban a decenas de porteadores y que acababan indefectiblemente en fracaso.

La cumbre fue inexpugnable hasta que Hillary y Norgay, que habían cargado con 20 kilos de material en sus mochilas -el doble de los actuales equipos-, incluidas latas de conserva con fruta y sardinas, recorrieron los últimos 354 metros que les separaban de la cumbre.

Habían plantado su tienda a 8.494 metros de altitud a la caída del sol el 28 de mayo y se habían metido en sus sacos de dormir para soportar el fuerte viento glacial hasta las cuatro de la mañana.

Todavía a oscuras, descongelaron sus botas con un hornillo (un Primus, un quemador sueco de queroseno que disparó sus ventas cuando se divulgó la historia) y se dispusieron a encarar un camino que ningún otro hombre había recorrido hasta entonces.

Acompañados por el olor a cuero quemado que desprendía su calzado, comenzaron a avanzar en un ambiente gélido en el que no tardó en congelarse el sistema de oxígeno que llevaba el sherpa, que sufrió dificultades de respiración pero que finalmente alcanzó la cima junto a Hillary, también con máscara.

“Mi primera sensación fue de alivio. Alivio porque ya no había más pasos que dar, crestas y montículos que atravesar para lograr el éxito”, describió el neozelandés una vez en Londres.

“Miré a Tenzing y, a pesar de la máscara y las incrustaciones de hielo que ocultaban su rostro, podía distinguir su sonrisa de placer al mirar alrededor. Nos dimos la mano y él puso su brazo sobre mis hombros”, rememoró el montañero.

Las imágenes de esa gesta, una de las últimas grandes conquistas humanas, pueden verse en Londres en una exposición que ha organizado la Royal Geographical Society británica para conmemorar el aniversario de la primera ascensión al Everest.

En la galería Oxo, en la rivera sur del Támesis, cerca de la Tate Modern, están reunidas hasta el 9 de junio 47 fotografías seleccionadas entre las más de 2.000 que se tomaron durante las expediciones al Everest entre 1951 y 1953.

Las instantáneas retratan, entre otros, a Hillary, que tras coronar el Everest dedicó gran parte de su vida a una organización con la que trató de mejorar las condiciones de vida de los habitantes del Himalaya. EFE