Pablo Pérez: Rctv, más allá de Granier y Winston

Seis años han pasado desde el cierre de Rctv y aún mantengo en mi mente aquel terrible momento. No olvido el llanto y la impotencia de sus trabajadores cuando cantaban el Himno Nacional en aquella triste despedida. Mucho menos el momento en que la pantalla se fue a negro.

Sin duda aquel 27 de mayo de 2007 fue nefasto para el país porque ese día este Gobierno acabó con un de comunicación social venezolano, luego que el fallecido presidente Hugo Chávez diera la orden que no se le renovara la concesión. Una mala y repudiable acción que devastó años de trabajo, esfuerzo, sueños realizados y logros alcanzados.

De nada valió el clamor popular que decía a gritos “No al Cierre”; tampoco sirvió el hecho que RCTV tuviera el mayor número de trabajadores, excelentes novelas, como por ejemplo Por estas Calles, hoy más vigente que nunca; destacados programas de opinión, informativos y de entretenimiento como la Radio Rochela y Quién Quiere ser Millonario, por citar algunos. Al régimen no le importó en absoluto apagar para siempre al tercer canal inaugurado en Venezuela.

Más pudo el radicalismo del régimen que se sentía severamente perjudicado por la posición política de Marcel Granier, presidente de las empresas 1BC. Todos los extremos son peligrosos.

Inmediatamente luego de extinguida la señal del canal 2, el gobierno incautó los equipos de transmisión propiedad de la televisora para pasar a transmitir la señal de un nuevo canal estatal, el cual por cierto casi nadie ve como lo reconoció el propio Chávez en su momento.

En esos días también fueron cerradas 34 emisoras de radio a las que el gobierno chavista les retiró la concesión “por incumplir la normativa”, pero a las que no les dio la oportunidad de ponerse al día. Casualmente todas estaban en manos de empresarios adversos al régimen.

Así comenzó a tomar fuerza la hegemonía comunicacional por parte del oficialismo. Se fue consolidando un conglomerado de medios estatales agrupados en el nuevo Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (Sibci), antes denominado Sistema Nacional de Medios Públicos.

Desde entonces he lamentado la persecución desatada contra la libertad de expresión y de información en el país. Como enfaticé en una entrevista con el periodista Ismael Cala de CNN: ningún medio de comunicación social, independientemente de su línea editorial, debe ser atropellado, golpeado o perseguido; al igual que la labor de los comunicadores sociales porque su trabajo es representativo de la verdadera democracia.

Recuerdo especialmente dicha entrevista porque en esa ocasión también me reuní con otro excelente periodista Eduardo Sapene, ex vicepresidente de información de RCTV, a quien le tocó saborear el amargo momento de narrar el ataque que sufrió esa planta, por parte de grupos comandados por Lina Ron el 12 de abril de 2002.

Lo más triste de todo es observar, seis años después de esa amarga experiencia, que de nada sirvió el cierre de Rctv. De nada sirvió el robo de equipos. De nada sirvió que algún artista nacido y crecido allí también le diera la espalda a la que fue su casa y a sus compañeros, tal ha sido el caso de Winston Vallenilla, pero no soy yo quién para juzgarlo.

El Gobierno se equivoca si cree que cercando la libertad de expresión ganará en aceptación y legitimidad. Cerrando la válvula de escape al reclamo, opinión y sentimiento popular, sólo acelera su propio fin. Sin medios libres y críticos, no hay democracia.

Son sólo ejemplos de que lo mal venido se lo lleva el Diablo, como dice el adagio popular zuliano. Todo lo que han quitado termina convertido en cenizas.