Carlos Raúl Hernández: Tontos de birrete

En Francia difaman a los belgas como poco inteligentes. Cuentan de uno que se fue a Marsella y le advirtieron que se cuidara del “Devorador de sesos” que de noche rondaba cerca de las tabernas del puerto. Una madrugada con demasiadoArmagnac en las costillas un hombre enorme y aterrador lo persiguió con tenacidad por las rúas serpenteantes, hasta un callejón sin salida. Acorralado, tomó una gran piedra en cada mano y se enfrentó. Le dijo: ¿tú eres eldevorador de sesos? -y una voz profunda y resonante le contestó- “Siii lo soooy”. -Entonces el belga arrancó a golpearse violenta y repetidamente la cabeza con las rocas, mientras le decía, sangrante- “pues los míos te los comerás bien magulladitos”.

Seguro no fue la mejor decisión. Casi que el más importante problema en la cotidianidad es la circunstancia de tener que decidir un camino entre alternativas. Si alguien comete un grave error en su vida personal o profesional, seguramente lo pagarán él y/o sus allegados, pero en la política toma visos de extremo dramatismo porque lo que allí ocurre afecta a amplios grupos sociales. Lo del belga es apenas una metáfora de las malas decisiones. Cuando un líder yerra, lo pagan muchos. Para Maquiavelo las equivocaciones políticas son producto de “idealismos” -ideologismos, moralismos, se diría ahora- y en otros casos de incapacidad para distinguir lo que parece evidente, de lo que está más allá: la veritá effettuale.

Igual que en la vida cotidiana, en la política la esencia es no proceder impulsado por emociones, obviedades, lugares comunes de la acción, moralinas, como es típico del radicalismo, y el amateurismo. Exige frialdad para pensar o intuir el trasfondo invisible. Si el CNE lo controla quien se autodefine como enemigo, el Perogrullo radical grita histéricamente no participar en elecciones colaboracionistas. Cuando la oposición participa en procesos electorales autoritarios, como sabe Fidel Castro, se puede crear una crisis de hegemonía. Las obviedades encubren la realidad, en vez de decir algo importante sobre ésta. Por eso “las buenas conciencias” desprecian la política desde El Príncipe, y cualquier tonto de birrete cree saber sobre ella.

Para la Ilustración no existía ningún misterio que la ciencia no pudiera develar si se aplicaba el método apropiado. Descuidaba que la razón es humana, demasiado humana e interferida por las creencias, pasiones, emociones, principios. Mientras más ideológica es una perspectiva política, mayor su propensión al error, y las revoluciones son los errores más trágicos que puede producir la acción social, investidas de discursos coherentes, “holísticos”, -totalitarios-, con respuesta a los más variados problemas.

Venezuela se hunde en la miseria en medio del mayor ingreso en Latinoamérica, salvo México, Brasil y Argentina. Ese antimilagro se debe a que un bárbaro astuto, una especie de Atila posmoderno logró neutralizar las elites culturales y comunicacionales, afectados por la “evidencia” radical, la estupidez imperante y políticamente correcta del momento: los partidos que protegían el sistema eran “despreciables”. Ya sabemos. El proceso de destrucción revolucionaria continúa y la extravagante incompetencia de los Caronte que la capitanean parece que llevarán la barca al inframundo.

Frenar la deriva requiere un viraje de 180 grados, no con ficciones de apertura o solicitudes de colaboración a empresarios acosados y arruinados. Habría que desmontar el cerco político, institucional y legal contra la producción, creado meticulosamente. Derogar alrededor de 50 leyes, entre ellas la del Trabajo, cese de Cadivi e Indepabis, expropiaciones, ocupaciones y demás. Sólo mala intención e ignorancia extremas permiten que del “cerco de los dientes” de un diputado escape el desvarío de que “no hay desabastecimiento sino acaparamiento”.

La rectificación comenzará cuando gente tan cuestionada y sospechosa como la que gobierna no se dirija más a hombres y mujeres de trabajo con lengua de azotes de barrio. Mientras tanto será difícil cambiar el rumbo. Cabezas llenas de telarañas, odio, malas intenciones, y que jamás han dicho una verdad en su vida, no son propensas a rectificar, aunque tener el agua al cuello aguza la inteligencia. La realidad económica y social hablará y posiblemente les magulle los sesos. Lewis Carroll escribió que “el país de las maravillas es un lugar dónde hay que correr frenéticamente para mantenerse en el mismo punto”. El proyecto es profundizar la devastación protocomunista, pero con arreglos florales para conservar el poder. 

@carlosraulher