Juan Guerrero: Ida Gramcko: la infinita noche

Uno de los primeros libros de poesía que llegó a mis manos fue Lo máximo murmura. Un libro editado por la Universidad del Zulia, en 1965. En el Maracaibo de finales de los ‘60s esos textos fueron reveladores y a la vez extraños. Una rara exuberancia verbal se percibía en esas páginas que no llegaba a entender del todo. Sin embargo, sentía un ritmo, una oculta sensación de plenitud y magia mientras los leía.

Por años me acompañó esa magia cargada de musicalidad y esplendores que se entregan a la noche y solo el silencio nombra. Disfruté buscando términos en mi viejo diccionario. Era una fuente de nuevas palabras que disfrutaba pronunciarlas, juntarlas con otras para sentir su sonoridad y cadencia.

No me interesaba su autor ni tampoco su historia. Como joven lector me apasioné por esas imágenes recargadas de símbolos referidos a lo oculto, a la sombra que se yergue en la noche. Esa noche del alma donde Ida Gramcko (Puerto Cabello, 1924 – Caracas, 1994) supo refugiarse para construir su universo verbal y su propia existencia.

Después, ya estudiante de bachillerato en el Liceo Andrés Bello, en Caracas, me volví a encontrar con ese nombre, pero ahora con otro libro, Tonta de capirote, 1972. Era una  narrativa donde se colaba la autora, pero quizá como personaje. Leí el libro más por el título que por su contenido.

Confieso que mis primeros poemas y narraciones los construí imitando su cadencia poética, así como también las temáticas que años antes había descubierto, en las lecturas de Ramos Sucre. Disfruté escribiendo en esos estilos mientras me hacía, sin percatarme, asiduo lector de esa distante y desconocida escritora. Por ese tiempo la encontré también entre los articulistas de El Nacional, con su columna Cero a la derecha. En esas crónicas y reseñas encontré un ser más cercano, compenetrado con su responsabilidad social mientras escribía sobre la niñez abandonada, entre otros temas.

A mediados de 1972 me matriculé en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Mi sorpresa fue grande cuando debí inscribirme en una asignatura sobre Poesía y Poetas y la docente era la profesora Ida Gramcko. Silenciosa, con su mirada absorta y un tanto haciéndole honor a su nombre, subió pausadamente la rampa hasta llegar al salón. Le acompañaba una enfermera quien, cada tanto, le suministraba unas pastillas mientras ella las tomaba con un vaso de leche.

Todos en el salón nos acostumbramos a escuchar a nuestra profesora en esa situación. Fue un semestre accidentado. Ella nos introdujo en la obra de Rimbaud, de Mallarmé y demás “poetas malditos”. Hablaba con voz calma y sonora. Casi de memoria recitaba a los poetas mientras su mirada seguía perdida entre el misterio de sonoros versos de sus cercanos poetas.

Cierta noche llegó su enfermera y nos colocó encima del escritorio una grabadora. Nos dijo que seguía instrucciones de la profesora. Que escucháramos lo que nos iba a decir. Fue una extraña despedida. Nos pidió disculpas mientras nos dejaba instrucciones para la entrega de trabajos e indicaciones sobre la persona que la sustituía: Alfredo Silva Estrada.

 

Años después tuve el privilegio de visitarla en su apartamento. Mientras recorría el corredor desde la puerta de entrada al salón de su biblioteca, pasé al lado de su esposo, José Domínguez Benavides, el querido “Bena” quien permanecía absorto en una butaca mientras escuchaba a todo volumen al exquisito Albinoni y su adagio. Estaba absolutamente metido en esos acordes y ni se dio cuenta cuando pasé a su lado.

Mi profesora me esperaba con una amplia sonrisa mientras me enseñaba parte de su trabajo, unos textos que después darían lugar a uno de sus últimos libros, Salto Ángel, 1985. Se refugió en esa telúrica naturaleza para ampararse de la soledad del mundo y lo mundano. Fue, como Hanni Ossott, un ser de la noche larga, de intensas madrugadas e hizo de ello su práctica de vida. Dormía casi todo el día y cerca de la tarde, iniciaba su ronda, su tránsito, su destino a un Ángel que la contemplaba mientras se abandonaba en su silencio.

 

Acá una muestra de su hacer poético. De Poemas, 1952.

Recuérdate, palabra,

como eres, como estás, pulcra y redonda,

no el agua mas en agua y tras el agua 

y con el agua sin más pie ni alfombra. 

 

Padecer de soledad, de silencio y tiempo fue su destino. Acaso son estos los rasgos que marcan su poética. Además de un acentuado misticismo merced a la contemplación de la vida y la natura, plena y primigenia. Un preguntarle y no obtener respuesta a eso dejado a un lado de la vida: nosotros.

 

De su libro inicial, Umbral, 1941 a su última obra, Treno, 1993, discurre la plenitud de una obra densa, soportada en la arquitectura de un lenguaje sobrio, esplendoroso y luminoso, que espera ser abordado por similares estudios en beneficio de la literatura y cultura venezolana.

 

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