Vladimiro Mujica: Los dilemas del paro universitario

Hay que convertir el conflicto de las universidades en el ariete de una rebelión ciudadana pacífica y democrática. El objetivo es elevarle al infinito al gobierno el costo político de pretender destruir a las altas casas de estudio.

Es prácticamente ocioso extenderse en las motivaciones que tienen los profesores universitarios para mantener un conflicto con el gobierno. Salarios ridículos, incompatibles con la formación y dedicación que se exige de los miembros del personal docente y de investigación de nuestras universidades, están en el centro del reclamo, pero la lista de agravios es mucho más extensa e incluye deterioro en las instalaciones; inexistente reposición de cargos; ausencia de recursos para mejoramiento profesional y deterioro en la protección social y médica a extremos verdaderamente humillantes.

A pesar de que los profesores constituyen quizás el sector más afectado, prácticamente el mismo grado de deterioro se evidencia en los salarios y condiciones de trabajo de los empleados administrativos. Por último, y aún más preocupante, quienes en última instancia sufren las consecuencias de la destrucción del medio laboral universitario son los jóvenes estudiantes que cada vez son formados por mentores y profesores trabajando en peores condiciones. A ello hay que añadirle la inexistencia de recursos para becas y bolsas de estudio para atender a los estudiantes de menores recursos. De hecho, a pesar de que la educación superior en Venezuela es esencialmente gratuita, en la práctica son las familias de los estudiantes quienes deben correr con los gastos y manutención de los hijos en un ambiente económico hiperinflacionario cada vez más apremiante.

El cuadro general de nuestras universidades es profundamente preocupante y una de sus manifestaciones más catastróficas para el futuro de la nación es que mucha de la gente más prometedora, estudiantes y profesores, están buscando rumbos y oportunidades en otros países, generando una descapitalización de recursos humanos que representará una carga muy pesada en cualquier intento de enderezar el rumbo de Venezuela.

Lo primero que hay que entender es que la política del gobierno hacia las universidades no es accidental. Creo que ya nadie tiene dudas de que se trata de un intento continuado, comenzado durante el mandato del fallecido presidente Chávez, dirigido a destruir el sistema tradicional de educación superior y a sustituirlo por un modelo supuestamente revolucionario cuyas definiciones no las entienden ni siquiera sus proponentes. Se trata sencillamente de destruir lo que no han conseguido doblegar a través de medios democráticos, sin ninguna alternativa creíble de sustitución. En un sentido más profundo se trata de imponer la hegemonía cultural y política del proyecto chavista a las universidades porque estas instituciones, conjuntamente con los medios de comunicación, la iglesia y la escuela primaria y secundaria son las formadoras de valores cívicos y ciudadanos que el chavismo está obligado a controlar como parte del nuevo mapa del poder.

De la comprensión de la verdadera naturaleza del conflicto entre las universidades y el gobierno se debería concluir algo muy importante: Es necesario desechar la ilusión de que el mismo es puramente gremial.

Sin duda que afecta al gremio, pero su naturaleza es esencialmente política y cualquier intento por defender a las universidades y lo que ellas representan para el país tiene que pasar por actuar en el contexto, y con los mecanismos, que se derivan del agudo conflicto político que vive Venezuela.

Tradicionalmente la respuesta de los gremios universitarios frente a la intransigencia de los distintos gobiernos venezolanos ha sido el llamado a paro. El éxito de los distintos paros universitarios ha sido limitado y algunos de ellos han terminado en grandes frustraciones. A ello hay que añadirle que en los casos de los gobiernos anteriores existía la presunción de que a los mismos les importaba el destino de las universidades y que, en consecuencia, eran susceptibles a la presión universitaria. En el caso del actual gobierno venezolano, no es sólo que no parece temerle al conflicto sino que lo está propiciando abiertamente.

Sin duda pensando, como bien lo expresó Chávez cuando confesó que él había propiciado el paro de PDVSA, que luego fue usado como excusa para despedir a más de 20000 trabajadores de la industria, que llevando a una institución al punto de quiebre los enemigos del régimen, o sea los universitarios y los petroleros, se exponen y son más fáciles de diezmar.

Frente a esta lógica de arrase y destrucción que parece indicar que a la oligarquía chavista no le importa arruinar a Venezuela con tal de mantenerse en el poder, lo cual es cierto más allá de toda duda, los temores de muchos universitarios por lanzarse a un paro indefinido de consecuencias impredecibles no son completamente infundados. Sin embargo aquí no termina la línea de análisis. Lo que puede ser cierto es que al gobierno le vendría bien un paro tradicional universitario, que podría ser manipulado en los medios y enfrentado con las bandas armadas locales. Pero el asunto cambiaría profundamente si la conflictividad universitaria se manejara conjuntamente con la de los sindicatos, la de los estudiantes y la del país en general. Es decir convertir el conflicto universitario en el ariete de una rebelión ciudadana pacífica y democrática que le eleve al infinito al gobierno el costo político de pretender destruir a las universidades.

Por supuesto que esta visión del drama universitario acarrea responsabilidades y compromisos muy distintos a los convencionales asociados a un paro gremial. Significa no solamente instituciones abiertas sino creando redes de participación ciudadana y voluntariado cívico que involucren no solamente a los universitarios, estudiantes, empleados, profesores y autoridades, sino a la familia venezolana y a otras instituciones de la sociedad civil como los sindicatos.

En esta gran visión el conflicto universitario se podría transformar en el epicentro de un gran conflicto social por las prácticas autoritarias y depredadoras de la oligarquía chavista. Quizás, como con muchas cosas a las que les llega su momento, los tiempos son estos y ahora.