Gonzalo Himiob Santomé: Las voces de Judas

“Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo”.

Albert Camus

Ahora se escuchan, estridentes, por todos lados, y lo peor es que nos hacen perder la capacidad de asombro. Nos embotan y nos aturden, dejándonos poco espacio para maniobrar y mermando nuestras posibilidades de reacción. Son voces que nos echan en cara y nos corroboran las verdades que todos conocemos, pero que mantenemos ilusos en esa parte de nuestra mente, en negación, que aún alberga la esperanza de que lo que sabemos e intuimos sobre los manejos de algunos de nuestros políticos o de muchos empresarios de dudosa reputación no sea cierto, o al menos que no sea tan devastador como pensamos.

Pero no, no sólo es cierto que los niveles de podredumbre que hemos alcanzado, de la mano de estos oscuros Judas que no velan más que por sí mismos, ya son insostenibles, sino también lo es que bajo cuerda y en perversos conciliábulos una camarilla de aprovechados, disfrazados de respetabilidad o amparados por el poder, hacen y deshacen en nuestro país cuanto les viene en gana.

Desde la búsqueda de informaciones para demeritar a quienes hablan con la verdad (como lo ha hecho Nelson Bocaranda) o a quienes los Judas definen como “enemigos” a los que hay que “caerles a coñazos” (como por ejemplo algunos gobernadores opositores) usando hackers y hasta montajes para silenciarlos, hasta el ofrecimiento de sobornos a quienes les interese “controlar”, pasando incluso entre un extremo y otro por actos peores, todo está a la orden del día y en los empeños de quienes se afanan en destruir nuestras reservas morales.

Heliodoro Quintero no es más que uno de estos Judas cuyas voces ahora escuchamos desnudando una realidad de la que sus palabras son sólo una muestra. Y digo esto porque de la grabación que fue difundida esta semana resulta evidente que él no es el único que participa y se beneficia de los turbios manejos que reveló Caldera. Son, si hablamos de diputados, “muchos más”, según Quintero “como dieciséis”, en sus propias palabras. No nos imaginemos siquiera cuántos más, en otras importantes posiciones de poder, han vendido sus almas al diablo por treinta monedas.

La pregunta de rigor entonces es ¿Cuántas veces el interés de unos pocos, fundamentalmente el de quienes tienen dinero para comprar entonces influencias y conciencias, ha estado por encima del interés de todos? Esos pagos de los que se habla en la grabación difundida, no hay que ser un genio para darse cuenta, no son sino para mover los hilos de la política, que al final nos afecta a todos. En el caso de la Asamblea Nacional, ¿cuántas veces alguna iniciativa beneficiosa para todos ha sido engavetada o dejada de lado sólo porque a algunos, los menos, no les interesa que prospere? O peor, ¿cuántos millones habrá costado el ominoso silencio que algunos guardan con respecto a ciertos temas que son o deberían ser objeto de la más contundente condena?

¿Cuántas loables iniciativas quedan en el olvido? Se me viene a la mente, por ejemplo, el Proyecto de Ley de Amnistía y Reconciliación Política que ha sido presentado, por iniciativa ciudadana, al menos en cuatro oportunidades ante la AN y no ha llegado a nada. Sólo unas pocas voces, a veces en franca soledad, llaman la atención sobre la urgencia de un instrumento legal como ese para comenzar a reconstruirnos desde el cese de la persecución política y desde la tolerancia, pero muchos, incluso en las filas opositoras, hacen mutis y se “ocupan” de otras cosas, y sólo se retratan con los presos y perseguidos políticos cuando así les conviene para ganar algo de espacio en los medios ¿Será entonces que sus voluntades no responden sino a quien les paga? Sé que no todos los políticos entran en el mismo saco, pero muy triste es el destino de un país en el que además de tener que lidiar con la inseguridad, con la escasez, con la inflación, con la intolerancia y con tantos graves problemas, tenemos además que vivir bajo el filo de estas dudas.

Y hay otros casos, escandalosos por demás. La hipocresía “socialista” de muchos connotados personajes del oficialismo, entre ellos Mario Silva, ha sido expuesta en estos días poco a poco. Viajes, lujos, “colitas” en aviones de PDVSA (igual que antes, como tanto lo criticaron), sueldos multimillonarios, regalos para novias y barraganas y costosos lujos (aunque casi siempre de un pésimo gusto) salen a flote, hediondos e indiscutibles.

Quienes se llaman a sí mismos los “defensores de los pobres” no son más que “adoradores de los cobres”, y mientras en nuestro país un profesor universitario no gana ni el mínimo necesario para poder vivir con dignidad, mientras nuestros hospitales se caen a pedazos, mientras nuestras amas de casa deben hacer verdaderos milagros para poner el pan en la mesa, estos “hombres nuevos” mantienen un nivel de vida que hace palidecer cualquier corruptela de cualquier gobierno anterior.

Todas son traiciones. No sólo a los valores y a los principios, sino además al pueblo. Quienes votamos para que Quintero llegase a la AN no lo hicimos para ubicarle en un puesto desde el que pudiese hacer las cosas que hace, mucho menos para enriquecerlo o para ponerlo al servicio de millonarios que sólo piensan en manejar a billetazos los hilos del poder. También es traición al ciudadano “de a pie”, que a diferencia de Mario Silva y de otros “prohombres” de la “revolución”, sí tiene que vérselas negras para subsistir día a día y no cuenta con millones de bolívares que le sobren para andar comprando lujos o conciencias.

Acá no hay tintes políticos. La lucha es por la reconstrucción del país desde, al menos, la más elemental decencia. Eso nos atañe a todos y por eso me he referido deliberadamente a dos personas que representan opciones políticas distintas, que sin embargo se identifican en ser todo aquello que jamás habríamos querido llegar a ser; son dos muestras de los niveles a los que este irrespeto continuo hacia los más esenciales principios que padecemos nos ha llevado, que ni siquiera se toman el trabajo de desmentir, con pruebas válidas en la mano, aquello que se les atribuye.

Quintero y Silva son dos caras de una misma moneda, dos voces de Judas que en tonos distintos, cantan sin embargo la misma melodía traidora y desafinada que devela los niveles de bajeza y de podredumbre a los que hemos llegado, que además apuestan a que pronto algún nuevo escándalo nos haga ver hacia otro lado. Su traición más grave está en que, además de hacer lo que hacen, nos ven cara de estúpidos.

¿Seguiremos tolerándolo? Tanto a los oficialistas como a los opositores nos debe interesar, pues ello urge en este país desmadejado, que la política transite por las veredas de la ética y de la honestidad.

@HimiobSantome