Un Egipto dividido vuelve a medir sus fuerzas en la calle

(Foto Reuters)

Partidarios y detractores del golpe militar que depuso el pasado día 3 al presidente islamista egipcio Mohamed Mursi volvieron a medir hoy sus fuerzas con multitudinarias manifestaciones en El Cairo que plasman la división del país.
Los islamistas trataron de intensificar su exigencia de que Mursi regrese al poder acudiendo en masa a distintos puntos de la ciudad, como la plaza Rabea Adauiya o la sede de la Guardia Republicana (la unidad militar de escolta y protección del presidente de Egipto) donde creen que puede hallarse retenido.

Pero los defensores del golpe, convocados por el movimiento “Tamarrud” (Rebelión, en árabe), respondieron abarrotando la famosa plaza Tahrir en defensa del nuevo presidente interino, Adli Mansur, cuya dimisión pidió hoy el grupo salafista Gama Islamiya, aliado de Mursi.

El cisma social egipcio se ha cobrado 35 vidas en cinco días y hace temer un deterioro de la situación.

Dentro de este pulso de protestas, que son pacíficas durante el día y a veces se tornan sangrientas tras la caída del sol, la llamada Alianza Nacional en Defensa de la Legitimidad Electoral, integrada por los Hermanos Musulmanes y otros grupos islamistas, mostró su fuerza con concentraciones multitudinarias, una de ellas en la plaza Al Nahda, frente a la Universidad Árabe.

Miles de islamistas y algunos salafistas se apelotonaban allí ante un escenario decorado con pancartas con lemas como “Sí a la legitimidad” o “Abdel Fatah Al Sisi (jefe del Ejército y autor del golpe) acabará naufragando”.

Prueba de la creciente tensión en el país eran las barricadas de hormigón y sacos terreros instaladas en los accesos, así como los innumerables montones de piedras preparadas para ser arrojadas en caso de enfrentamiento.

En el camino a la universidad, casi todos los adoquines han sido arrancados de las aceras, donde un niño de unos diez años blande amenazador una tubería y les dice a sus padres: “Esto si vienen a por mí…”.

Para los islamistas, la bestia negra no es el nuevo presidente interino, Adli Mansur, sino el general Al Sisi, blanco de la mayoría de cánticos y pancartas.

Una pintada en el muro de la universidad dice “Sisi agente” y una Estrella de David, el símbolo judío, en referencia a Israel.

“Mi presidente es Mursi, no el otro que ni me acuerdo cómo se llama. Da igual porque el que controla todo en realidad es Al Sisi”, señala el joven Ahmed Mohsan tras escuchar en silencio las proclamas que lanzar por turnos los oradores desde el escenario.

Uno de ellos, un imam, recita como un mantra “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta” y la multitud responde al unísono señalando al cielo con el índice.

Entre los asistentes, muchos de ellos mujeres, había pocas ideas concretas, pero mucho optimismo sobre el regreso al poder de Mursi, vencedor en 2012 de las primeras elecciones presidenciales tras la caída del dictador Hosni Mubarak un año antes.

“Si echamos a Mubarak sin armas, también podemos recuperar a Mursi sin ellas”, argumenta Mohsan.

“No sé cómo ni cuándo, pero Mursi volverá, si Dios quiere”, sentencia Ruad Asem, de 17 años, mientras asiente su madre, cubierta con un negro velo que sólo deja entrever los ojos.

El golpe ha unido en torno a Mursi a egipcios con diferencias ideológicas. Hisham Al Ayli dice que Abu Ismail, clérigo fundamentalista detenido, es para él “como el Papa” para los católicos, lo que avergüenza a sus dos amigos, Mustafa Mahmud y Tamer Ibrahim, que no votaron en la primera vuelta a Mursi, sino a un islamista moderado, Abdel Moneim Abul Futuh.

En Tahrir, también hay piedras en los accesos amontonadas como munición, pero el ambiente es de alegría, con una gran pancarta en defensa de la segunda “revolución”.

“Mursi tenía que irse y que llegase alguien mejor que él, porque ha hecho retroceder al país, no lo ha hecho resurgir”, asegura en la plaza el albañil Walid Magrebi.

Los manifestantes forman una ola de banderas nacionales y cantan, guiados desde el escenario: “El pueblo acabó con el régimen”.

“A los Hermanos Musulmanes sólo les interesa excluir a los demás. Solo desean controlar el poder”, critica Haizam al Saadi, nacido hace 40 años en la ciudad de Sharquiya, de la que procede Mursi.

La inestabilidad se filtra también a la escena política. El país se acostó ayer con un nuevo primer ministro, Mohamed El Baradei, cuyo nombramiento había anunciado la agencia estatal, Mena, y se despertó sin él, aparentemente por el rechazo salafista a la decisión.

La Fiscalía ordenó hoy la detención de dos dirigentes del brazo político de los Hermanos Musulmanes, Esam el Arian y Mohamed el Beltagui, por la acusación de instigar a matar manifestantes. EFE