Manuel Malaver: El presidente que dormía con los muertos

Debe ser tanta la confusión que siente Maduro ensayando sustituir a un presidente sin cuya influencia es posible que continuara al frente de una unidad autobusera del Metro de Caracas, que el viernes, con una emoción entre llorosa y mística, declaró que “son muchas las noches en que vengo solo al “Cuartel de la Montaña” y duermo al lado de la tumba de mi padre y protector. Vengo a dormir, a hablar y reflexionar con él”.

Confesión que da tanta tela que cortar que hasta podría dar lugar para la creación de una nueva escuela de psiquiatría, si bien yo prefiero no alejarme de los límites de la alucinante y transilvánica política venezolana de estos días que, pensándolo bien, podría estarme ofreciendo en bandeja de plata el argumento y los personajes para una novela que llevo años intentando escribir -sin mucha suerte- y que ahora se llamará: ”Maduro: el presidente que dormía con los muertos”.

Porque eso de que Maduro espera que el reloj de la Catedral dé las 11, o las 12 de la noche para abandonar la cómoda y confortable suite donde pernocta en Miraflores y cruzar solo, sin escoltas, y sin la flota presidencial de blindados, la arriesgada subida que va de “Agua Salud” hasta el “Cuartel de la Montaña”… esa, señor presidente, Maduro, como dicen los argentinos, “se la tendrá que cantar a Gardel”.

Y es que hablamos de un espacio de tierra con una superficie no mayor de 3 Kms2, pero con uno de los índices de peligrosidad más altos del mundo, donde la cifra de muertos y heridos puede discriminarse por horas, y al cual las bandas de narcoguerrilleros, terroristas, delincuencia convencional y organizada cuentan como “una de sus zonas liberadas·” en Venezuela y en el continente.

Y a escasas cuadras de Miraflores, donde es fama que el personal militar y policial de la guardia nocturna se protege los oídos con los audífonos de sus Iphone, para escapar así al tableteo de los Aka, bazookas y subametralladoras.

“Menos mal que existió Steve Jobs” me comentó una noche un subteniente que comandaba el personal de la alcabala de palacio “porque si no, hace tiempo que habría perdido la audición”.

Una subida, en fin, en cuyos alrededores se exhibe -y sin que haya autoridad alguna que se atreva a cuestionarlo-, un busto y una plaza en honor a Manuel Marulanda Vélez, y para que, no solo los residentes y transeúntes, sino hasta autoridades locales, regionales y nacionales, se acerquen a rendirle homenaje a “Tiro Fijo”.

Culto que explica por qué, si hubo oportunidades en que algún jefe de la exPolícía Metropilitana, -alarmado por las denuncias de tantos vecinos agredidos, sitiados y abandonados-, quiso asomar sus narices por el barrio al frente de patrullas y brigadas de uniformados, fue literalmente rechazado por francotiradores y paramilitares que disparaban desde los ángulos, y con fuego tan graneado, que el parte oficial con la lista de muertos y heridos aún se está esperando.

Me acuerdo que eran los tiempos en que reinaba aquel “Darth Sidius, Emperador de las Galaxias” que se creía Hugo Chávez, y sin embargo, cuando supo que los PM y sus patrullas había sido atacados por el “Colectivo La Piedrita” y sus jefes, Valentín Santana y Lina Ron, pues tuvo que callarse la jeta y seguir con sus ocupaciones habituales, que no eran otras que encadenarse para atormentar a la teleaudiencia con cuanta nadería le pasara por la cabeza.

Pero no hemos dicho todo si se trata de informar de los horrores que a cualquier hora del día y de la noche espantarían a quienes, como el presidente, Maduro, dicen que se atreven a cruzar a oscuras por tan escabroso territorio, como son las hileras de murales sobre escenas y personajes de la vida revolucionaria que pintores ingenuos de todo el país se han acercado a descorchar para dejarnos una idea de lo que nos aguarda más arriba, en la cumbre, en el “Cuartel de la Montaña”

Sobre este tema veremos ejércitos conducidos por las figuras fundadoras y emblemáticas del marxismo y la revolución como pueden ser Marx, Engels, Lenin y Stalin; otra en que se borronea a una virgen María con una ametralladora en la mano disparándole a una oligarca que bien podría ser María Corina Machado o Delsa Solórzano, y, por último, el que parece ser el legado plástico mayor de la revolución chavista y “Socialista Siglo XXI”: una “Última Cena” que Jesús, el Salvador, comparte con Chávez, Raúl y Fidel Castro, el Che Guevara, Osama Bin Laden, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa, José Mujica, Manuel Marulanda, el Mono Jojoy, y Cristina Kitchner posando de María Magdalena.

Y por todo el trayecto, patrulleros que suben y bajan en jeeps y todo terrenos último modelo sin identificación conocida, o si no, caravanas de motorizados que pasan raudas como para dar aviso de que una suerte de círculo no precisamente sagrado es lo que aguarda al mortal que se aventura por parajes tan humeantes, como góticos.

Pero supongamos que Maduro solo, sin escolta, ni flota presidencial de blindados pasó la prueba, ganó uno a uno los peldaños iniciáticos para llegar ¡al fin! al portón, alcabala o puerta de ingreso del “Cuartel de la Montaña”, en cuya sala central está el mausoleo que esa noche eligió como lugar para conciliar el sueño o quizá mitigar su soledad.

Es ya la una de la madrugada, hace frío y de adentro, como de afuera del recinto, llega un silencio que es como para crujirle los huesos al mismísimo general, Miguel Rodríguez Torres, hombre de palabras tomar a quien no le arredran desmentidos de Ramos Allup, ni cifras de Julio Borges sobre el fracaso del “Plan Patria Segura”

Se acerca un soldado de una garita medio escondida y como preparada para sorpresas y emboscadas, un soldado de los que vigilan el mausoleo en la parte exterior, y que hace de jefe supremo de la custodia y sin cuya autorización no hay entrada, ni salida al “Cuartel”, se acerca y le pide su identificación al visitante.

´-Soy el presidente Maduro, y vengo a dormir con el presidente. Aquí están mis credenciales.

El soldado las revisa con cuidado, y después de observar a Maduro de hito en hito, le pregunta:

-¿A dormir con el presidente? Pero si ahí no duerme nadie. Ahí lo que hay es un muerto.

-Mejor dicho –responde Maduro todo confundido-No vine a dormir, vine a hablar, a conversar, a reflexionar con el presidente.

-Jajaja-se carcajea el soldado-Pero si los muertos no hablan. ¿Quién ha visto muertos hablando? Ciudadano, usted está sospechoso y no se mueva de aquí hasta que reporte su caso y le pida órdenes a mi coronel en Fuerte Tiuna.

Hace señas a otros soldados para que separen a Maduro y lo mantengan bajo arresto, mientras del bolsillo de la guerrera saca un smartphone y llama.

-Sí, mi coronel, hay una novedad. Es un tipo que se apareció de repente, solo, y dice que quiere entrar al mausoleo y que a dormir y hablar con el presidente Chávez. ¿Qué cómo es? Bueno, mal no se ve: es un gordo, grande y de bigote. ¿El nombre? Bueno, eso es lo más gracioso. Imagínese que dice que es el presidente Maduro y muestra una credencial. Tiene usted razón: el presidente Maduro, o está de viaje o está durmiendo a esta hora si se encuentra en el país. ¿Cómo? ¿Qué lo detenga y a primera hora lo mande al Manicomio para que le hagan una evaluación médica y me digan si lo suelto o lo dejan? Pues eso haré, mi coronel. A sus órdenes y hasta mañana.

Y así fue como “Maduro, el presidente que dormía con los muertos” pasó unos días o semanas en el “Manicomio” del barrio del mismo nombre que no estaba muy lejos y regresó al´mundo de los cuerdos tiempo después a seguir ejerciendo su alto cargo y sus recurrentes manías.

Pero eso no fue lo que pasó en la realidad sino en el primer capítulo de mi novela, “Maduro, el presidente que dormía con los muertos”, que aparecerá en unos meses y estoy seguro que desplazará del primer lugar en ventas en las librerías del país, del continente y España a “El hombre que amaba los perros” de Leonardo Padura, y “Simpatía por King Kong” de Ibsen Martínez.