Juan Guerrero: La ceiba de Alta Vista

Entre las ceibas míticas, históricas, majestuosas y siempre vistosas, creo que la más famosa es sin  duda alguna, la que nombra Julio Garmendia en uno de sus más celebrados cuentos, La hoja que no había caído en su otoño (1979).

Hace algunos años escribí un ensayo  (http://kaleidoscopio.uneg.edu.ve/numeros/k02/k02_art07.pdf) sobre esta joya de la cuentística venezolana. Pero la ceiba de la que deseo comentar en este escrito no tiene otro motivo que su sobrevivencia.

En Puerto Ordaz, estado Bolívar, unos supuestos constructores se preparan para cometer un ecocidio en nombre del progreso y el desarrollo.

La víctima es una joven ceiba que apenas alcanza los 30 o 40 años. Quizá no es la famosa ceiba de San Francisco, de Caracas, que ha permanecido erguida por casi dos siglos. En su momento, le colocaron a su lado una estatua del Ilustre Americano y cinco años después también presenció cuando la derribaron. Bajo sus ramas hablaron conocidos oradores, como Jóvito Villalba.

La joven ceiba de Alta Vista ha presenciado cómo han secado a un árbol vecino. Dicen los parroquianos que le lanzaron agua caliente durante varios días hasta que se secó. Ahora no tiene hojas y sus ramas secas poco a poco van cayendo dejando al desamparo su maltrecho tronco.

Los agresores de la flora en Venezuela siempre medran en la oscuridad y el anonimato. Algunas veces hablan a través de terceros, como el caso de los dueños del terreno que pretenden convertir en un moderno centro comercial, de esos llamados mall.

Sería tan sencillo, si se respetara a esos seres vivos, diseñar un área donde exista espacio para que la ceiba continúe su larga existencia. Porque las ceibas son árboles majestuosos de larga vida. Su tronco tubular sostiene un ramaje que se extiende en vertical hasta alcanzar en su edad adulta más de 70 metros de altura.

Recuerdo a ese pequeño árbol desde los años ‘80s cuando comenzaba a despuntar mientras sus hojas se abrían a la vida en verde intenso. Sus ramas fueron extendiéndose y su follaje comenzó a ofrecer una grata sombra y quizá fue seguro refugio a quienes buscaban resguardarse del sol o la lluvia.

Ahora quieren talarla en nombre del progreso. Pero curiosamente los constructores no poseen los permisos, ni para cavar tan profundo hoyo ni para construir un centro comercial, pues es apto solo para viviendas y luego para uso comercial, ni mucho menos el permiso de los entes responsables de autorizar la tala de árboles, pues la ceiba no es peligro para nadie. Ella está en pleno desarrollo. Es un árbol frondoso, y sus raíces están bien cimentadas en tierra fértil.

Supongo que un diseñador de áreas verdes, un arquitecto y un ingeniero inteligentes, bien pudieran considerar el rediseño de esa mole de concreto, permitiendo la existencia de la ceiba.

Ella, la ceiba de Alta Vista, podría salvarse. Podrían incluso, buscarse maneras inteligentes para preservar ese majestuoso árbol. De linaje ilustre, como todas las ceibas que poseen tanta historia.

El señor alcalde podría disponer de una ordenanza municipal donde se declare como monumento natural. Así ocurrió en 2001, cuando se declaró a la ceiba de San Francisco Patrimonio natural de Caracas. Con un sencillo documento se podría proteger la ceiba y el alcalde pasaría a la historia del municipio como el benefactor de la flora en la ciudad.

También los constructores pudieran colocarle una plaza, quizá al menos plazoleta, donde instalaran bancos para que los ciudadanos acudan a tertuliar bajo su sombra.

Supongo que una luz de inteligencia le vendría bien al señor alcalde y a la directora de planificación, para que orienten a las arquitectas que pretenden construir, por instrucciones de “otros”, tan osado centro comercial.

(*) [email protected]  /  @camilodeasis