Carlos Blanco: Nicolás a la intermperie, y llueve

Hace rato que el régimen perdió la mayoría electoral, pero lo notable ahora es la ruina política en la que se encuentra eso que, con indulgencia, llaman el gobierno de Maduro. Los estudios de opinión expresan su hundimiento catastrófico. No esa cosa mutante de la popularidad, carrusel de esperanzas de los políticos, sino de algo más profundo, denso y calamitoso: la defunción de un proyecto que no da de sí, que se estiró, se volvió a estirar, se corrompió y se hizo pedazos: ahora ni el alcohol lo desinfecta ni el formol lo conserva.

Los estudios de opinión más recientes, los que trabajan con el Gobierno, los que trabajan con la oposición, los que trabajan un ratico aquí y otro allá, reflejan igual fenómeno: Nicolás Maduro no da la talla, el Gobierno estalla en mil pedazos, el apoyo se desvanece. Lo curioso es que si se apela a la matemática nicolástica, no es el descontento de la “mitad mayoritaria” en contra de la roja “mitad minoritaria”, sino que superada en cierta medida la polarización superficial, se trata de todo país enfrentado a un régimen que no da pie con bola, que se equivoca todo el tiempo y se engolosina con el desastre. El país chavista ha llegado a una constatación simple que de tan obvia se había pasado por alto: Nicolás no es Chávez; no porque Chávez haya hecho obra útil, sino porque podía barnizar sus naufragios y hacerlos aparecer como turismo de aventura en el Mar de los Sargazos.

El cataclismo de opinión pública del Gobierno es difícilmente reversible. Podría ocurrir, porque nada es imposible, pero sus probabilidades son pequeñas. Nicolás ni habla con sindéresis ni se calla con prudencia; ni hace algo que se pueda reconocer como positivo ni deja de insultar. Dejó de ser Maduro en el intento de ser Chávez y se paralizó a medio camino, como una mezcla de los barones del proceso, Diosdado Cabello, Rafael Ramírez y Pedro Carreño, con su pizca de Jorge Giordani. Nicolás quedó atrapado en las experimentadas garras de los mayoristas del chavismo. Ni avanza con la fantasía proletaria (y se lo reclaman), ni retrocede con el pragmatismo de los náufragos (no lo dejan), ni sabe dónde está el Norte, tampoco por dónde sale el sol. Perdió esa cosa bonita que tenía, la ignorancia en banderola, para sustituirla por la sabiduría borbónica, de los que ni aprenden ni olvidan.

POCAS OPCIONES. Ante el desastre, las ocurrencias desesperadas abundan: reflotar la tesis del magnicidio; luego breves incursiones en las culpas de la IV República; hasta llegar al argumento según el cual los opositores tienen la capacidad de sabotear el sistema eléctrico. Los propagandistas del régimen no advierten que esas proposiciones implican, respectivamente, que el país está tan inseguro que Nicolás tiene miedo; que el último gobierno fue el de Chávez y que las culpas allí están sembrada (nadie se acuerda de la “IV República”); y, finalmente, que si la oposición tiene músculo para apagar la luz también lo tendría para apagar el gobierno. Todas estas son bobadas provenientes del desespero.

Las opciones oficialistas ante esta situación son dramáticas. No es desconocer que eventualmente se pueda sacar de la manga una medida milagrosa, esta vez con el reparto de más panes (Nicolás: no sumes peces y panes en una sola palabra; no es sano para la salud) que podría ser facilitado por el incremento del ingreso petrolero generado por la crisis Siria. Sin embargo, si se proyecta la situación que hoy existe, hay que convenir en que ya los rojos no tienen mayoría política ni electoral; la posibilidad de que vuelvan a perder las elecciones se incrementa; y en la hipótesis de que la oposición gane las elecciones y no haya fraude es obvio que lo que sigue es la petición de renuncia de Maduro, tanto por parte de chavistas decepcionados como de los demócratas, o que se produzca un tsunami para la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente que llamaría a nuevas elecciones presidenciales.

El Gobierno sabe que eso es lo que ocurriría. El propio chavismo, que ya atribuye la debacle actual a la gestión del madurismo-leninismo, clamaría por nuevas elecciones presidenciales para probar con el insumergible Diosdado Cabello o con algunos de los aspirantes alternos como José Gregorio Vielma Mora, Rafael Ramírez o con quien hace campaña a diario, el ministro Miguel Rodríguez Torres.

Ante ese panorama considerado inaceptable por Nicolás y su entorno cercano, las otras dos opciones son las de un fraude más descomunal que los anteriores o la suspensión de las elecciones. Ambas situaciones conducirían a una crisis que, por ahora, no parece tener cauces institucionales viables.

Es posible que estos tiempos sean demasiado largos para la situación que vive el país; el gobierno espera desde hace unos meses un “estallido social” y debe poseer mucha más información que la que se puede obtener a través de los asfixiados medios de comunicación. Pero en la calle se siente el latido de la furia; el ciudadano común está de a toque.

LA OPOSICIÓN. Por ahora, la oposición mayoritaria está centrada en las elecciones. Allí se ha garantizado una apreciable unidad electoral de los partidos, con temas pendientes que podrían ser solventados con algún talento y menos autosuficiencia. Lo que no existe es una dirección política que se plantee el tema del poder, que nadie se lo va a quitar a Maduro pero parece que se le va a caer entre los dedos de tanto manoseo y desperdicio. El poder pareciera que a corto plazo va a estar en la calle, desparramado, sin que los que lo han tenido puedan conservarlo y sin que los opositores más conspicuos se propongan recogerlo.

Nunca es de descartar que el gobierno pueda intentar rehacer el juego, mediante la represión o, al contrario, mediante una audaz política de alianzas. Sin embargo, la represión tiene sus límites y las alianzas, por su lado, requieren un cambio de políticas que, hasta la fecha, se le ha hecho imposible a Nicolás (él dice que quiere) por el chantaje que tiene a su izquierda. Entre el precio del petróleo y la exasperación social se mueve el corto plazo. Sin considerar que se oye el resuello del descontento cívico-militar por el entreguismo gubernamental a Guyana, tanto en el territorio en reclamación como en la fachada atlántica.

La convocatoria a nuevas elecciones presidenciales para subsanar las consecuencias del fraude y para restablecer la democracia poco a poco se constituye de nuevo en objetivo de los factores democráticos. Es una vía pacífica y constitucional que se obtendría mediante la Constituyente o con la generosa colaboración de Nicolás, si coopera con su renuncia para avanzar en la transición. Lo que no parece posible es que el statu-quo se prolongue por seis años. Por cierto, nuevas elecciones también serían una vía para que los chavistas escojan su candidato presidencial con la libertad que el finado les negó.

Twitter @carlosblancog