¿De qué podrías morir en el 2040?

Foto cortesía Ganzoo

No formamos parte de ninguna División Fringe, ni conocemos a ningún científico loco llamado Walter Bishop que pueda asomarse a un universo paralelo para contestar algunas preguntas que se nos plantean cuando pensamos en el futuro: ¿Se seguirán llevando las barbas en los hombres y el pelo a lo Amélie en mujeres? ¿Nos habrá invadido una especie superior de delfines asesinos como auguraban en Los Simpsons? Y algunas más serias: ¿Moriremos en 2040 de lo mismo que en 2013?, publica Gonzoo.com

Suena catastrófico, pero lo cierto es que como dice el psicoterapeuta Luis Muiño, «cada época crea nuevas enfermedades pero acaba con las anteriores». Según las previsiones de la Organización Mundial de la Salud, hacia 2020, las enfermedades cardiovasculares adquirirán un carácter epidémico al convertirse en el principal motivo de fallecimiento en todo el mundo. Y según fuentes consultadas del área de Biología y Biomedicina del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), además de las cardiovasculares, el futuro apunta a las enfermedades neurodegenerativas y a las tropicales, las cuales aumentarán por nuevas especies invasoras.

Joven, no te deprimas. La buena noticia es que aumenta la esperanza de vida, así que quizá todavía vivas para cuando se desarrolle la criogenización.

Enfermedades neurodegenerativas

Un estudio del Inserm, el instituto francés de investigación médica, determinó que casi 11 millones de europeos sufrirán enfermedades neurodegenerativas en 2040. Fabiola Escolano, residente de Neurología en un hospital de Alemania, explica por qué: «A causa del envejecimiento de la población, daremos más tiempo a desarrollar enfermedades como la demencia, el alzheimer o el párkinson». «Y también ocurre con los tumores. Se sabe que un alto porcentaje de hombres mayores de 70 años fallecidos por otra causa tienen un carcinoma de próstata asintomático que se descubre en la autopsia. Al aumentar la esperanza de vida, hay más tiempo para que estos y otros tumores se manifiesten, y habrá que tratarlos», detalla la doctora Escolano.

También el sedentarismo y el abandono de la dieta mediterránea provocarán el desarrollo de patologías cardiovasculares. Se conoce como ‘síndrome metabólico’, una combinación de diabetes, hipertensión arterial, colesterol alto y obesidad. Se espera, según los últimos estudios, que se dispare en unos años.

Y precisamente ahora que muchos jóvenes emigran a países como Alemania en busca de trabajo, es curioso el dato que ofrece esta doctora cuando habla de enfermedades de otras latitudes: «Cuentan que Mainz (Alemania), donde vivo yo, era zona de malaria en la época de los romanos. Incluso en el Siglo XX tuvieron algunos brotes cuando hubo veranos especialmente húmedos y cálidos. Si aumentan las temperaturas, como podría ocurrir con el cambio climático, se espera que los mosquitos Anopheles, que son los que transmiten la enfermedad, vuelvan a extenderse por Europa».

Patologías asociadas a la tecnología

Hemos fagocitado la tecnología como parte integrante y necesaria de nosotros mismos: en el trabajo, en casa, antes de acostarnos, en el bar con los amigos, mientras caminamos. La frase de Luis Muiño —«cada época crea nuevas enfermedades pero acaba con las anteriores»— cobra todo el sentido. La ciencia y la tecnología avanzan y juntas se convierten en una especie de presa: mientras almacenan o detienen determinadas enfermedades, accionan otras. «Nuevas necesidades crean nuevos hábitos, y esos hábitos desarrollan nuevas patologías a lo largo del tiempo», explica la psicóloga Ángela Fermín. «Ya hablamos de tecnoestrés», añade.

Una investigación del National Institute of Health de Estados Unidos mostraba que la región del cerebro que maneja que podamos llevar a cabo varias tareas a la vez funciona por el mecanismo de la bifurcación. Gracias a él, podemos distraernos de una actividad para concentrarnos en otra y retomar la anterior poco más tarde. Sin embargo, cuando existe sobrecarga de tareas (contestar un correo, contestar un WhatsApp, manejar las redes sociales y seguir trabajando, por ejemplo), esa zona del cerebro almacena las tareas no finalizadas a la espera de un momento de desahogo para resolverlas. Y ese momento llega. en muchas ocasiones, por la noche: la mente se mantiene activa y nos impide dormir.
Aparece entonces la mancha, la obsesión que nos amancilla: «La preocupación se vuelve crónica: nos pasamos el día inquietos por algo y no sabemos por qué. Y eso desemboca, normalmente, en ansiedad y otros trastornos similares», argumenta la psicóloga. «No debemos demonizar la tecnología», matiza, «el mundo no empeora, sino que cambia, y debemos adaptarnos. Unos lo hacen mejor, otros peor».