Armando Durán: La guerra económica

El miércoles pasado, mientras Nicolás Maduro trataba de arroparse con la cobija revolucionaria de Salvador Allende y denunciaba la gran conspiración fascista contra Venezuela, ocurrían dos hechos que revelan la hondura de la crisis nacional y la verdadera naturaleza de una conjura, no externa al régimen, por cierto, sino todo lo contrario, que coloca al país a un paso de la nada.

El primero fue la insólita declaración de Rafael Ramírez al momento de firmar con su homólogo de Trinidad y Tobago un acuerdo para la explotación conjunta de un campo de gas natural: “El que acuda al mercado paralelo está involucrado en una guerra económica contra nuestro pueblo”. En ningún momento se refirió a la última información de la OPEP sobre la creciente disminución de la producción petrolera venezolana, ni al aumento del consumo nacional de hidrocarburos. Tampoco mencionó los multibillonarios compromisos a futuro que sigue contrayendo la empresa para satisfacer las necesidades financieras del Gobierno. Mucho menos habló de su responsabilidad personal en la devastadora gestión administrativa y técnica de la industria. En realidad, prefirió la política al petróleo.

Eso es lo suyo. Y quizá por eso anunció que Pdvsa, salvadora eterna del caos oficial, participará activamente en la resurrección del dólar permuta abolido hace tres años por la ciega obsesión ideológica de Jorge Giordani, a fin de cuentas el gran causante de la sequía de divisas en el mercado, del desabastecimiento y, por supuesto, de la inflación. Al mismo tiempo que Ramírez se perdía en su laberinto, el BCV daba a conocer las cifras del escándalo actual. Al terminar el mes de agosto, la inflación de los últimos 12 meses alcanzó la escalofriante tasa de 45,4%, mientras que durante ese mismo período la tasa inflacionaria de la región iba desde 2,2 % de Chile -la más baja- hasta 10,6 % de Argentina, la más alta.

De acuerdo con el informe del BCV, en materia de alimentos, la inflación en Venezuela tuvo un desempeño aún peor al crecer más allá de 60 %. Ante esta cruda e irrefutable realidad, ¿qué valor tienen las denuncias de Maduro y de Ramírez acerca de la gran confabulación internacional contra un bolívar que se devalúa y se devalúa sin cesar, exclusivamente por culpa del pésimo manejo de la economía y las finanzas, lo cual dispara a su vez los precios con rumbo desconocido y produce buena parte de la escasez que padecemos los venezolanos? ¿Y qué quiere decir Eudomar Tovar, presidente del BCV, cuando ese mismo día planteó la necesidad de “reforzar” la producción nacional de alimentos y otros artículos de primera necesidad, como si hasta el día de hoy la política del régimen no haya sido precisamente acorralar a los productores nacionales y favorecer la importación de prácticamente todo lo que consumimos, incluso gasolina, comprada a precios internacionales y vendida en el mercado interno a precios súper subsidiados? Una vez más, en estos años de confusión extrema, las víctimas del crimen son los culpables, el infierno siempre son los demás, como nos recordaba agudamente Sartre, y yo, caballeros, no fui.

La culpa es de la burguesía fascista, ahora teñida de amarillo, como la calificó Maduro al asumir la jefatura de un nuevo e inaudito Estado Mayor para combatir y derrotar el sabotaje económico, pasando por alto -claro está- que esa es la misma burguesía fascista con la que el matemático Nelson Merentes se reúne a cada rato a ver si el enemigo malo le saca al Gobierno las castañas del fuego. En dos platos, el régimen ha colocado a Venezuela en esta encrucijada.

A menos de tres meses de una elecciones municipales que no despiertan interés alguno, pero que quizá terminen empujando a Maduro a la desesperación por no saber qué diablos hacer para sobrevivir a las consecuencias fatales de ese adefesio que sus asesores llaman política económica, y que hasta el ministro Merentes descalificaba por completo hace muy pocos días.

Mientras nos acercamos a ese punto exasperado de la circunstancia, Maduro parece estar preparándose para silenciar la verdad de un último zarpazo. ¿Su única opción? Por una parte, con la ocurrencia de transmitir dos veces al día un noticiero gubernamental transmitido en cadena de radio y televisión; por la otra, negándole a la poca prensa independiente que queda en Venezuela las divisas necesarias para comprar papel. Esta sí es guerra económica, la verdadera y despiadada guerra del régimen contra sus adversarios, para celebrar las próximas navidades, con elecciones municipales o sin ellas, en la más desolada y silenciosa de las oscuridades.