Gustavo Tovar Arroyo: El dilema del voto el 8 de diciembre

Crisis existencial del voto

He decidido escribir esta larguísima exhortación después de haber realizado una irregular y poco representativa encuesta entre jóvenes universitarios -no chavistas- sobre su opción de votar o de abstenerse el próximo 8 de diciembre.

El resultado es alarmante no sólo porque muestra los niveles de desesperanza y frustración que vive el país, sino además por la confusión que gira alrededor del tema de votar o de no hacerlo.

Pregunté a 146 personas jóvenes de varias regiones del país  si votarían el 8 de diciembre y tan sólo 14 de ellos me aseguraron que lo harían (un 10%); 10 me respondieron que probablemente (7%); y el resto 122 (el 83%) me aseguraron que no lo harían. La abstención tristemente vuelve a triunfar.

Los diferentes argumentos que esgrimen para abstenerse de votar sin ninguna duda son válidos, el más recurrente es la inutilidad del voto debido al fraude.

Este fenómeno, harto conocido entre jóvenes durante los tiempos de la cuarta república, que había cambiado después del surgimiento del movimiento estudiantil y de la volcánica movilización nacional de jóvenes por el rescate de la libertad durante el 2007, vuelve a surgir en nuestro escenario político después de la insospechada capitulación de Henrique Capriles y los directivos de la mesa de la unidad (MUD) el pasado abril.

La desesperanza volvió y la justificada desconfianza por el voto se ha impuesto. Desesperanza y desconfianza que además han sido acusadas estúpidamente -ahora entiendo el fracaso intelectual de la cuarta república- por articulistas de opinión y políticos como de “chavistas”, indolentes, cómplices, y otra retahíla de pendejadas que no enumeraré.

En vez de acusar a quienes claudicaron, a quienes no lo lucharon por reivindicar la victoria y que ahora -con cierto tufo de incoherencia-invitan a “salvar al país” votando, los políticos y las histéricas doñas sabihondas de la cuarta república acusan y hasta culpan al desesperanzado y frustrado elector por no hacerlo.

Yo no los acuso, yo entiendo y comparto completamente su frustración y su arrechera. Soy parte de ella. Sin embargo, en medio de los gritos y empujones, en medio de las ofensas y las acusaciones, les escribo -a quienes se abstienen de votar- esta larguísima sugerencia para que cambien de opinión y voten.

Me explico.

 

El voto como conquista

Desde el principio de los tiempos, el gran dilema del hombre ha sido encontrar mecanismos para equipararse y controlar el poder en cualquiera de sus manifestaciones: política, social, económica, religiosa o étnica, natural o sobrenatural.

Muchas guerras y sangre derramada le ha costado a la humanidad impedir que las diferentes formas de poder la someta o pisotee.

Ha sido a un tiempo agotador, accidentado y agobiante el esfuerzo para alcanzar la igualdad o la equidad entre el hombre y el poder político, y aun en el amanecer del siglo XXI no podemos señalar que la lucha ha culminado.

Pese a sus defectos, la democracia, la separación de poderes, el estado de derecho y la protección de los derechos humanos de los ciudadanos, han sido los mayores avances civilizatorios que haya alcanzado el hombre para controlar y equipararse al poder político.

Así como se apunta que la familia es la célula fundamental de la sociedad, podríamos señalar que el voto es una célula fundamental del cuerpo democrático y legal de un Estado, porque su uso iguala al hombre frente al poder político y lo controla.

En ese sentido el voto es una conquista de la civilización.

 

El voto cancerígeno

Pero en la permanente tensión entre el poder político y el hombre, el poder siempre busca salirse con la suya para conservar su hegemonía y supremacía absolutos. No descansa, es muy creativo. Sus mieles son dulces y una vez que se han probado son difíciles de compartir.

Entre los infinitos vicios que ha traído el chavismo a la civilización, el de la perversión del voto ha sido uno de sus más infames y dañinos.

El sátrapa embalsamado, Hugo Chávez Frías, en su suprema habilidad para degenerarlo todo, descubrió la manera de legitimar su dictadura y consolidarse en el poder de manera omnipotente y eterna, prostituyendo el sistema electoral (hizo a sus representantes prostitutas) y pervirtiendo el sentido medular del voto.

Le inoculó un cáncer letal a la democracia y convirtió al cuerpo de la república en un ente agobiado y enfermo.

Lo que representó en su momento un evento culminante y lúcido de la humanidad, una conquista para igualarse, controlar y liberarse del poder político: el voto, en Venezuela se ha convertido en el peor cáncer para legitimar y sostener la dictadura, la demagogia y el despotismo.

Nuestra democracia sufre metástasis, está desahuciada.

 

El voto movilizador

Los venezolanos demócratas -testigos y víctimas del cáncer chavista- estamos enfrentándonos con debates acalorados, rebatingas e insultos porque no encontramos cómo curar la grave enfermedad social y política que nos aqueja.

Unos promovemos el voto (y la movilización) como mecanismo de curación y otros promueven la abstención -del voto- como único medicamento posible.

Dado lo pervertido del sistema electoral en Venezuela, lo paradójico es que ambas posturas son acertadas y erradas: el voto a un tiempo cura y a otro tiempo profundiza nuestro padecimiento.

Es difícil encontrar quien tiene la razón ante semejante paradoja. Nadie en su sano juicio puede aventurarse a señalar que la una o la otra curará al cuerpo de la república.

Los políticos en búsqueda de poder -es su misión- arman andamiajes retóricos y electoreros para justificar el voto, en muchas ocasiones falsifican la enfermedad y tratan al venezolano -al elector- como si fuera pendejo, como si no conociera el cáncer que nos aqueja.

Su incoherencia argumental y falta de honestidad son obvias y patéticas. En vez de narrar las dificultades del caso y exigir condiciones electorales mínimas, su contradicción fortalece la perversión del sistema.

A mi juicio, es irrefutable que el sistema electoral tiene cáncer, pero eso no significa que esté muerto y que debamos dejar de votar. Los políticos tienen razón y hacen bien al invitar a votar, lo que les ha faltado es honestidad y coherencia.

El voto, pese a la contradicción, es movilizador de nuestra rabia porque enfoca nuestra indignación y sirve de mediocre anticuerpo para salvar el cuerpo enfermo de la república.

Digo “mediocre” porque en una dictadura, el voto jamás libera, lo que libera de la enfermedad autoritaria es la movilización social unida al voto. Puede faltar el voto, pero jamás la movilización para liberar a una nación de una dictadura.

El voto legitima la movilización, es la causa perfecta. Voto sin movilización es un coito interrumpido.

 

A mordiscos por el voto

He leído con meticuloso cuidado casi todas las opiniones que han surgido entorno al debate electoral y la crisis existencial del voto en Venezuela. Pocas me han satisfecho.

Por un lado, me parece ridículo señalar que quienes se abstienen de votar sean “chavistas” o indolentes; por otro, considero necio acusar a los que votamos de “colaboracionistas” o legitimadores.

Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario como decía el genial Cantinflas. Ni son chavistas los que no votan ni somos colaboracionistas los que votamos, todos somos hijos de la misma infinita arrechera y urgencia, todos aspiramos a lo mismo: curar a Venezuela del cáncer histórico que representa el chavismo.

Lo que ha faltado al voto es la movilización social, que el movimiento estudiantil empujó en 2007 propinándole así la única derrota política oficial a Chávez y que la mesa de la unidad (MUD) se ha empeñado en evitar por razones incomprensibles.

El voto por excelencia es un agente movilizador del cambio y de control del poder político, una oportunidad de curación única, pero que si no se defiende -incluso con la vida- con movilización social (callejera) se profundiza el mal que nos aqueja.

Defender el voto va desde movilizarse para exigir condiciones electorales justas hasta movilizar a la nación -sí, a la nación entera- para defender los resultados.

Sólo la movilización social permanente marca el cambio o la liberación en el caso de Venezuela. Cosa que se hizo en el 2002 y que repitió el movimiento estudiantil. Ambos momentos movilizadores lograron poner a Chávez y su dictadura contra las cuerdas.

Cosa que por razones desconocidas no se ha hecho en este momento histórico que paradójicamente es cuando más se necesita.

Claro, es difícil imaginar a los estimados y respetados Ramón Guillermo Aveledo o Ramón José Medina invitando a la población a tomar-con derecho- las calles, como lo hiciera Gandhi, Luther King, Mandela, o sin ir tan lejos, Goicoechea, Stalin o Guevara en el 2007, para exigir condiciones electorales justas o para reivindicar la victoria. Digo difícil por no decir imposible, pese al esfuerzo unitario que realizan Aveledo o Medina, para ellos no es un tema de vida o muerte movilizar, sus vidas no cambiarán mucho si lo hicieren. Probablemente, en todo caso, sus vidas empeorarían ante semejante atrevimiento.

Lo que es inexplicable es que el líder político e histórico del momento: Henrique Capriles -liderazgo admirablemente bien ganado con cárcel, sudor y lágrimas- no lo haga. Inexplicable.

Por eso es fundamental que el 8 de diciembre surjan o se consoliden nuevos liderazgos.

El voto y la movilización será su gran prueba.

 

El dilema del voto el 8 de diciembre

Por razones que no termino de comprender, los asesores apoltronados y sabihondos de la mesa de la unidad democrática (MUD) han impedido todo esfuerzo movilizador.

Estoy convencido que han leído tanto o mucho más que uno y saben que ante cualquier dictadura -o como eufemísticamente ellos llaman la situación de Venezuela, ante cualquier “no democracia”-, lo único que ha servido para liberarse de ellas es la movilización social y política, acompañada del voto en algunos casos, no en todos.

La rabia, la impotencia y la frustración que nos causan las cancerígenas condiciones electorales impuestas por el chavismo las enfrentan con “rudos” twitter, ruedas de prensa o celebérrimos artículos de prensa. Ni un paso al frente. Ni uno.

No sólo es triste, es trágico.

Gran parte de la responsabilidad sobre esta inmovilidad recae sobre los hombros de Henrique Capriles, quien, después de levantar una esperanza nacional como ningún otro político opositor había levantado en los últimos años, esperanza que se plasmó en mayoría de votos para su causa el pasado 14 de abril (logrando un verdadero milagro salvador), después de jurar y perjurar que a él no le robarían una elección y que daría la vida por la defensa de la voluntad popular, claudicó en el momento cúspide y no defendió su victoria (que era la victoria milagrosa de Venezuela frente al cáncer chavista que nos aqueja).

Dios manifestó su perfección en el tiempo más oportuno y milagroso y no nos dimos cuenta. Henrique, esperando todavía más perfección de Dios, perdió una oportunidad única y nos rindió a todos con él, haciendo trizas la esperanza que con tanto esfuerzo habíamos levantado durante años de movilización, gran sacrificio y entrega.

Esperanza que Capriles había catapultado y enaltecido con su esfuerzo electoral y su entrega ejemplares e inolvidables, pero que desvaneció con su inmovilidad reivindicadora.

Los muertos que intentó evitar entonces igual han caído en este tiempo, sumados a la entrega traidora de la nación a los cubanos, a las demenciales conductas económicas del bobalicón de Maduro, al despotismo, a la persecución de los diputados opositores (y a las coñazas), en fin, sumados a la vergüenza histórica que nos ha impuesto durante estos meses la dictadura madurista. Se profundizó la enfermedad.

El 8 de diciembre es una nueva fecha -¿oportunidad?- para redimirnos de la enfermedad chavista. Siento que hay que votar pero jamás acusaré ni chantajearé con argumentos sosos a quienes no lo hagan, de verdad, siento que tienen razones suficientes para no hacerlo.

Sin embargo, en un diálogo honesto, entre hermanos que aspiramos a extirpar el cáncer chavista, les sugiero que pensemos en esta oportunidad única de encontrar nuevos liderazgos a nivel nacional que se comprometan a movilizar permanentemente al país para liberarla, sin depender exclusivamente de la muy necesaria mesa de la unidad (MUD) o transformándola, y que promuevan en el momento oportuno una movilización nacional, total y definitiva, sin pedir permiso a nadie.

Eso tiene que ocurrir tarde o temprano si aspiramos honestamente liberarnos de este cáncer histórico y si deseamos recuperar la coherencia política.

El voto es una herramienta fundamental, pero no es la única, para rescatar al país de las garras desoladoras del comunismo. El voto es una conquista de la civilización y aunque Chávez lo haya pervertido y convertido en un cáncer, el voto moviliza y es sin duda un anticuerpo.

El voto, sin embargo, debe ser consciente y debe apoyar a aquellos que están dispuestos a dar todo por liberar al país y curarlo de la perversión chavista.

Votar no garantiza que las cosas cambien, pero al menos moviliza y enfoca nuestra arrechera.

El 8 de diciembre no cambiará nada, pero si votamos y defendemos el voto con ímpetu, ofreciendo incluso nuestras vidas por la democracia, habremos creado el anticuerpo que nos salve. Recordemos la siembra heroica y anticipada de Gual y España.

Si no lo hacemos, si no votamos (insisto: lo cual comprendo perfectamente dadas las erráticas circunstancias que han acontecido en la defensa del voto), si permanecemos en nuestras casas quejumbrosos y molestos, tampoco habremos contribuido a nuestra propia cura. La arrechera se esfuma, no se moviliza.

Hermano venezolano, no te acuso si no votas, tienes razones de sobra para no hacerlo. Sin embargo, te invito a que lo hagas y que además apoyes a aquellos líderes que están dispuestos a movilizar a la nación para su libertad, si eso ocurriese, si surgiesen nuevos liderazgos movilizadores, te lo garantizo, pronto, muy pronto, nos habremos liberado del cáncer chavista o al menos lo habremos convertido en un cáncer controlado (eso sí jamás será un cáncer benigno).

La historia de la humanidad no se equivoca.

Probemos…

 

 @tovarr