Carlos Blanco: ¿Quién es culpable? Tú…

Feb 2, 2014 8:27 am
Publicado en: Opinión

Los totalitarismos tienen máscaras pero su naturaleza es inalterable. Comienzan por controlar el gobierno, pasan a las instituciones del Estado, se desplazan hacia las de la sociedad civil y aterrizan en los ciudadanos, en todos y cada uno, para convertirlos de modo inclemente en insectos susceptibles de ser aplastados por la bota del poder. Para este régimen la crisis económica brutal e inmanejable que acoquina el país, es producto de usted, ahora denominado “el raspacupo”, que ha ejercido el derecho consagrado por este mismo Estado de obtener la posibilidad de comprar una mil millonésima parte de los dólares que entran al país con los bolívares que se ha ganado en su trabajo. Ha obtenido un monto de dólares para todo un año equivalente al que los gobernantes se despachan en un día en una de las habitaciones de algún hotel de lujo. Usted, que gastó 3.000 dólares, es responsable de la guerra económica, de los anaqueles vacíos, de la quiebra nacional. Usted, que gastó ese monto -apenas la tercera parte del precio del traje de algún prócer-, debe rendir cuentas ante la justicia revolucionaria.

Se convierte al ciudadano común, el que viaja, el que envía remesas, el que usa sus bolívares licuados para comprar divisas y ahorrar, en el culpable de la crisis económica; mientras los boliburgueses, bolichicos y bolibanqueros, hinchados de dólares y negocios atraviesan como cándidas palomas el tremedal en el que se hunde el país. Las empresas de maletín, sanguijuelas que se embucharon más de 20 mil millones de dólares, ni se mencionan. Lo que queda es el ciudadano inerme, a la intemperie, aterido por las acusaciones.

Ni qué decir del ciudadano convertido en culpable de la escasez porque busca harina de maíz, aceite, leche, azúcar y papel higiénico, y compra lo que puede porque no sabe cuándo volverá a ver esos productos. Usted, caballero o distinguida dama, es una especie de miniacaparador al buscar con afán bienes que sabe que no va a encontrar en muchos días. Cuídese, porque el general García Plaza, estratega de la napoleónica y heroica batalla que conduce en mercados y pulperías, puede señalarlo con su dedo acusador.

También el ciudadano de a pie se ha vuelto el responsable del crimen que lo mata. ¿Por qué sale de noche? ¿Por qué no entregó el dinero que le pidieron sus anfitriones en el coloquio de un asalto? ¿Por qué, imprudente, se le atravesó a esa bala? Ya se sabe con todo el dolor del mundo que si por mala suerte es usted artista y trabaja en una telenovela en la cual hay buenos y malos, como en el viejo Oeste, su actividad no hace sino potenciar la maldad de la cual puede ser víctima. Si ése es su oficio, usted es culpable y además suicida.

El ciudadano culpable es la brutal coartada de un régimen autor de la colosal descomposición existente. No es solo la traslación de una responsabilidad del Estado sino, peor aún, es el intento de aniquilación moral de los individuos. El Estado gigantesco, autoritario, militarista, le dice a quienes debería representar y defender que son unos extraviados insectos y por esto deben esperar que la zapatilla insolente del jefe rojo los pulverice.

La ilusión del poder popular y comunal se desvanece en la dinámica de aniquilación de los que deberían ser los depositarios y administradores de la fuerza social.

EL GOLPE DEL ESTADO. La minusvalía del ciudadano es condición para que se enseñoree la opresión de los déspotas actuales. Podría decirse que el país vive un golpe de estado continuo y continuado. No es el golpe clásico, como el sangriento de 1992, sino una variante posmoderna. Es el golpe del siglo XXI dado desde el Estado en contra de la sociedad y de sus integrantes, también sangriento en la forma de una criminalidad salida de madre y de una catástrofe económica inmensa, pero con un ritmo diferente.

Este golpe del Estado se hace en fases sucesivas con el propósito de consagrar la sociedad totalitaria. Una vez ganada la Presidencia de la República, los próceres lograron controlar todas las ramas del poder público nacional, poco a poco las del poder subnacional (por la vía del control directo o del despojo del poder de sus enemigos), más adelante la institución militar, luego fueron neutralizados importantes organismos de la sociedad civil, inmediatamente la mayor parte de los medios, para aterrizar en los mecanismos de autolimitación, autocensura y “colaboración” que ahora se aprecian con nitidez y vergüenza.

Hay almas inocentes que afirman que este régimen no es una dictadura porque no hay disolución de partidos políticos o no se tortura o no se cierran administrativamente los periódicos. Ignoran que los viejos dictadores tenían esas prácticas con el objetivo de inutilizar a los partidos, obtener información de los torturados y eliminar la libre información. Los nuevos dictadores hacen lo mismo pero con instrumentos diferentes: no clausuran partidos sino que los asfixian; no torturan a los líderes políticos sobre un ring o con cables en los genitales pero obtienen la información mediante espionaje sofisticado y asistido por la gangrena cubana; no suprimen medios de comunicación (salvo algunos) sino que los estrangulan; no apresan en forma indiscriminada a los enemigos sino que usan la inescrupulosa máquina de tortura del sistema judicial.

Venezuela vive un golpe desde el Estado que ahora, en la fase decadente del chavismo con Maduro al frente, se ha hecho más insidioso y en, algunos sentidos, más brutal.

LA LUCHA POR LA RESTITUCIÓN DE LA CONSTITUCIÓN. La Constitución teóricamente vigente es pésima salvo en los capítulos que no se cumplen relativos a la descentralización y a los derechos humanos. Varios todavía se tiran al suelo en defensa de este monumento al presidencialismo, al centralismo y al militarismo. A pesar de su mala factura es la Constitución aprobada, aunque carece de vigencia real porque es violada a mansalva por el régimen actual.

La restitución de la vigencia plena de la Constitución aunque esta no guste es una tarea que se le plantea a la sociedad venezolana. Y ese propósito pasa por una transición que ojalá sea el producto de un acuerdo nacional entre los sectores del chavismo que resienten el naufragio económico e institucional y los sectores democráticos del país. Una contribución a este propósito de restauración democrática y plena vigencia de la Constitución sería la renuncia de Nicolás Maduro al cargo al cual se aferra con tanta obstinación como ilegitimidad.

Venezuela necesita una transición constitucional, pacífica y democrática que impida este golpe de estado realizado cotidianamente desde el Estado y que ha convertido al ciudadano común y corriente en víctima de una desolación inmerecida, indignado y al borde de reventar. Civiles y militares, empresarios y trabajadores, chavistas y antichavistas tienen esta tarea común.

Twitter @carlosblancog

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