Chistes malos, polvos malos

Chistes malos, polvos malos

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Para nosotras, entiéndanlo de una vez por todas, un hombre divertido es una persona que se sabe aceptar y que proyecta confianza. En definitiva, el sentido del humor nos conmueve tanto, como el mejor afrodisiaco, a la hora de ir a la cama.





Por ESTHER BALAC / EL TIEMPO

Todo porque reír favorece la circulación, la oxigenación de la sangre y estimula la producción de endorfinas, unas hormonas amigables que son una verdadera droga que produce felicidad y bienestar.

Que esto no es nuevo, dirán ustedes, a lo que tengo que responder que es cierto, pero aclaro que el asunto se renovó de manera más académica con un estudio hecho en la Universidad de Albania, liderado por el psicólogo George Gallup, que demostró que los mejores orgasmos, esos de grito y volteada de ojos, nos los proveían los hombres con la capacidad de levantarnos el ánimo con apuntes y conversaciones divertidas.

El asunto es que, por primera vez, se confirmó que el chiste ramplón, la burla inoportuna, los comentarios grotescos y sexistas y el sarcasmo fácil, de los que algunos señores echan mano para hacerse los graciosos, a lo único que nos invitan es a vestirnos y a dejarlos abrazados a sus tontas sornas, porque al oírlos se nos apagan todas las ganas. Mejor dicho, es como si nuestra dotación sexual contara con un sensor para identificar con exactitud al tontarrón que confunde la patanería con el buen humor.

Al parecer, esto tiene que ver con un componente biológico ligado a la evolución y a la conservación de la especie que nos lanza a aparearnos con los mejores y aquí el sentido del humor se clasifica como un rasgo inequívoco de inteligencia.

Lo curioso es que, también se infiere que, cuando en la cama salimos favorecidas con uno de estos ejemplares, preferimos callar y hasta hacerles creer que nos han caído en gracia sus tonterías, pero enviándoles señales de que, lo más seguro, terminado el polvo saldrán de nuestras camas en estampida.

Con esto y otras investigaciones –que en su momento comentaremos– un grupo de científicos se dedicó a explorar las entrañas de la sexualidad femenina, para demostrar –de entrada– que el deseo en nosotras es un verdadero “cóctel químico” en el que los hombres naufragan, la mayoría de las veces, sin entenderlo, pero convencidos de que lo que hacen sobre el catre nos satisface plenamente. Mentira.

Pruebas hay muchas. Basta ver, por ejemplo, sus ritmos erráticos, sus caricias a destiempo, la falta de conocimiento sobre nuestra anatomía y ese inveterado egoísmo ligado a su cromosoma. Ahora, no todos son así. Hay excepciones maravillosas que compensan de lejos a los chapuceros del aquello. Pero no a todos, porque un cuentachistes malo es una auténtica pomada antilujuria.