Elegía de la Carta Democrática, por Robert Gilles Redondo

Elegía de la Carta Democrática, por Robert Gilles Redondo

Reunión del Consejo de la OEA, Bogotá, mayo de 1948. Foto: Inédita, propiedad del expresidente Rómulo Betancourt. Archivo de la OEA.
Reunión del Consejo de la OEA, Bogotá, mayo de 1948.
Foto: Inédita, propiedad del expresidente Rómulo Betancourt. Archivo de la OEA.

El Secretario General de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, ha sido un consecuente apoyo a la causa libertaria de la Venezuela secuestrada por el narco chavismo. Él viene a enmendar las bochornosas acciones de sus predecesores Gaviria e Insulza, que fueron en su momento los más devotos y fervientes colaboradores del régimen del fallecido expresidente Hugo Chávez, supremo origen de todos nuestros males.

En el reciente Informe de Almagro, complementario del presentado en 2016, una vez más se recurre a la Carta Democrática Interamericana, mecanismo que contempla la suspensión de un país miembro una vez constatada la ruptura del orden democrático. Este mecanismo fue aprobado en 2001 y Venezuela, miembro fundador de la OEA (Bogotá, 1948), es parte signataria. El artículo 22 de la precitada Carta contempla que para hacer efectiva la expulsión se requieren dos tercios de los Estados Miembros.

La ruptura del orden democrático en Venezuela no se remonta al 2016 o a este 2017. Seguir desentendidos de esta realidad es parte del amargo problema que tenemos por delante y del cual vemos pocas o ninguna salida.





Desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1998, por medio de elecciones libres, secretas y universales, el orden democrático instaurado a partir del 23 de enero de 1958, sufrió el colapso definitivo. Colapso avizorado por la perversión impúdica de las instituciones consagradas en la Constitución de 1961. Nuestra democracia no era perfecta, como no lo es ninguna. Pero no hubo capacidad de enfrentar sus falencias durante cuarenta años y el drama se acumuló al punto de tener una sociedad cuando menos afecta –para no decir cómplice- de un innecesario estallido como el Caracazo y de unas perversas conspiraciones militares que dieron a luz el fatídico año de 1992. Todos se cruzaron se brazos. Y el discurso mesiánico-populista de un destructor caló tan hondo que fue fácil el desmantelamiento del Estado hasta hacerlo forajido y fallido, gangrenándolo con los más indescriptibles delitos como el narcotráfico. Actividad que hoy en día es una acción casi exclusiva del Estado.

Hugo Chávez violentó la Constitución que él mismo se había hecho a la medida. Hugo Chávez secuestró al Estado y consiguió hacerlo tan fuerte y afín a su proyecto que ha logrado sobrevivir al desequilibrio e incapacidad mental de un individuo como Nicolás Maduro que se ha propuesto destruir, con saña y alevosía, las pocas ruinas que quedan en pie de este país.

Desde de esa estructura delictiva que es el Estado chavista, se logró desmantelar en buena parte el sistema democrático de Latinoamérica. Fue así como con el beneplácito de Insulza, Cuba pudo volver al sistema interamericano, pese a la crueldad de su régimen dictatorial. Fue así como en algún momento Venezuela consiguió colarse en el Mercosur. Fue así como se pretendió sepultar a la OEA con la puesta en escena de dos organismos absurdos: la CELAC y la UNASUR. De esta última, su primer Secretario General fue el guerrillero Alí Rodríguez Araque y luego apareció el narco presidente Ernesto Samper.  Fue así como por complacer a La Habana en sus ventajosas relaciones con el CARICOM como durante el régimen de Hugo Chávez se cedió, por citar lo mínimo, el territorio Esequibo a Guyana; descontado el caro desangramiento de nuestro petróleo a todo ese Caribe preñado de autócratas y malandrines en funciones de Estado.

De alguna manera la OEA ha venido a sobrevivir gracias al reimpulso de Almagro y en Venezuela no podemos sino estar agradecidos porque al menos una vez se mantiene firme en medio de esta tormenta de fuego que tanto dolor le causa a nuestro país. Pero, Carta Democrática vemos, votos no sabemos. El silencio de la región es estrepitoso. Pese a la recuperación progresiva de la democracia en los países latinoamericanos, el silencio sigue siendo una estrategia alterna a la agresiva denuncia del narco chavismo que a muchos los lleva al poder. Muchos están llegando a los Palacios de Gobierno señalando a Venezuela, siendo solidaria con su oposición y condenado al sistema que nos tiene comiendo de la basura, sin medicinas y con la violencia sin control alguno.

Es así como los venezolanos sí apoyamos la iniciativa de Luis Almagro y suscribimos todo lo que sea necesario. Pero, el bendito pero histórico. Tenemos que estar conscientes que la salida electoral es cuando menos una utopía. Que 2017 no es el mismo escenario que la barrida electoral de 2015. Cualquier proceso electoral en el corto o mediano plazo significaría la demolición popular del régimen chavista, al punto incluso de su posible muerte final. Y esta indeseable gente ha estado muy clara en su objetivo: entretenernos todo lo posible. Así sucedió en el Revocatorio, sucede ahora con la validación de los partidos y sucederá con el segundo semestre del año.

Estamos frente a una dictadura no convencional. Lejos quedaron los caudillos militares o los temerarios dictadores que asolaron a América en el siglo XX. El chavismo es un régimen de delincuentes y como tal actúan. Consecuentes a sus convicciones se defenderán sin importar las sanciones morales que se les impongan desde afuera.

La invocación de la Carta Democrática de la OEA necesita el respaldo de una sociedad civil organizada en un frente amplio que involucre a todos los actores, en desobediencia y con absoluta transparencia de acciones. Antes de señalar candidatos presidenciales o primarias para candidatos a gobernadores y alcaldes, necesitamos poner los pies sobre la tierra. Hacer una agenda común para no seguir actuando en función de la agenda del régimen que sólo termina dándole tiempo extra a nuestra tragedia. También la Carta Democrática tiene que ser respaldada con el clamor del pueblo a la Fuerza Armada. Sigo insistiendo que hay que darle el golpe a la mesa, ahora y no después, todos unidos, para decirle ¡ya basta! a la destrucción.