Carlos Blanco: Carta para un asesino

Carlos Blanco: Carta para un asesino

 

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Ya sé. ¡Ya sé! Tú no has firmado un “punto de cuenta” en el que ordenes matar, torturar y capturar a los demócratas. Tampoco Hitler lo firmó: se reunió con Göering para apremiarlo: “Hermann, hay que solucionar la cuestión judía”, a lo cual el grasiento criminal y morfinómano le podría haber respondido: “Claro, mi Führer, pero, ¿una solución? ¿Cómo?”. Hitler: “No te hagas el idiota: me refiero a una solución final, definitiva, para siempre… y no me vuelvas a hablar del tema hasta que sea resuelto”. Allí se desató la cadena: de Göering a Heydrich, de Himmler a Eichmann, y de todos ellos a Treblinka, Sobibor y Auschwitz. No había orden escrita de matarlos pero todo el mundo entendía que “la solución final” era ésa: 6 millones de judíos asesinados. Después, en los juicios, los generales y funcionarios se miraban asombrados: “¿tu sabías? ¿Yo? No; nada”; y los Eichmann, de hombros encogidos, apenas “cumplían órdenes”.

En tu caso, no has escrito la orden de matar pero la has dado; no ha aparecido el decreto de torturar, pero has ordenado hacerlo. Me imagino una reunión tuya con tu sicariato: “¡Hasta cuándo esta vaina en la calle!”, mientras el Chapo Guzmán, Pablo Escobar, Bonnie y Clyde se miran de reojo y terminan posando sus miradas en el Mariscal Víktor Kulikov que, hecho el Willie, responde asertivo: “usted lo que quiere es que pacifiquemos la calle porque usted lo que siempre ha querido es diálogo y paz”. Fue en el momento en el que dijiste, contento: “entre los bovinos nos entendemos al instante.”

Tú eres el responsable directo de los crímenes que se han cometido a lo largo de estos años. Eres responsable de los crímenes que tus verdugos han cometido en las semanas recientes. Nada puedes hacer para revertir tu responsabilidad y tu culpa. No. No puedes decir y no podrás decir “yo no sabía”, “me malinterpretaron esos brutos”, “es que Abdel Hadi Al-Taymullah era demasiado sangriento y yo no lo pude detener”. Nada de eso servirá.

Has creado el contexto para que el odio prospere. Pones el ambiente tóxico con tus gases, incluidos los lacrimógenos, y allí ante los tuyos, presentas como objetivos militares a los demócratas que, por (tu) definición son ricos, oligarcas, imperialistas y enemigos del pueblo que dices representar. Una vez fijados los targets, azuzas a tus policías, generales, doctores y sicarios, para que desaten sus furias en su contra.

No son otros: eres tú el que matas; eres tú el que torturas; eres tú el que enjuicias. Serás tú el que irá a La Haya. Entonces preguntarás y las vacas seguirán sin responderte.