Juan Guerrero: Rapidito

Juan Guerrero: Rapidito

Edoardo, médico residente en el hospital central de San Felipe, debía presentarse a su guardia de rutina a primera hora de la mañana. No se le ocurrió mejor solución para llegar a tiempo de pasar revista a sus pacientes que montarse en un “rapidito”. De un solo “cholazo” apenas duró poco más de media hora entre Barquisimeto y la capital yaracuyana.

Metido como sardina en lata detrás de un vehículo de esos llamados “ranchera”, iba semi acostado en la parte trasera de la camioneta. Los demás pasajeros conversaban o revisaban sus celulares.

Cosa común en la capital larense es ver estos transportes de pasajeros que no poseen las mínimas condiciones de seguridad y mucho menos para funcionar como medio de transporte y andar circulando por las calles y avenidas de la ciudad. Son automóviles de poco más de 50 años de funcionamiento. Todos poseen sus puertas traseras (por donde se encaraman los usuarios) sostenidas con palos, cabillas o sencillamente abiertas y oscilando al movimiento del vehículo.





Todos esos transportes de pasajeros, como su apodo lo indica, circulan a exceso de velocidad por su característica común: deben ir más rápido que los demás transportes colectivos. Para sus conductores no existen reglas ni principios en cuanto a vialidad se refiere. Se detienen a dejar pasajeros en cualquier parte de la vía pública. Pocas veces se detienen frente a un semáforo en luz roja. O se estacionan sobre la franja donde pasan los peatones.

Los vehículos circulan con las mínimas condiciones mecánicas y muestran de manera evidente en su latonería los rastros de colisiones, ralladuras, abolladuras, rotura de partes y por si fuera poco, el uso de neumáticos en riesgosas condiciones de mantenimiento.

Pero esto no es exclusivo de los usuarios larenses. En Puerto Ordaz y San Félix, en el estado Bolívar, al transporte de pasajeros se les denomina “perreras”. Son vehículos tipo “pickup” modificados para el transporte de personas. En su interior se han colocado pedazos de tablas o adecuado taburetes para que los pasajeros puedan sentarse. Las personas deben subir por su parte trasera, y luego van pasando y compactándose cada vez más estrechamente hasta donde el colector (especie de cobrador improvisado) lo indique.

Estos transportes están diseñados, supuestamente, para las rutas en las barriadas populares más intrincadas de la ciudad. Es espantosamente denigrante observar cómo circulan esos transportes con seres humanos quienes muestran manos, piernas, rostros sudados, colgados como falsos muñecos en las esquinas de esos improvisados vehículos para pasajeros.

Ahí no existe condición humana. Los principios, valores, respeto a los derechos humanos están ausentes. Eso puede verse a primera hora de la mañana o al final de la tarde. Es el tiempo cuando en las paradas las personas se preparan para literalmente saltar sobre las perreras que de tanta gente encima, van por las calles y avenidas de la más importante urbe del sur del país, mostrando cómo se degrada al ser humano hasta la condición de semianimalidad.

Tema aparte es la amenaza de las bandas de hampones, rateros, violadores y criminales, rostros que de improviso aparecen para despojar a los pasajeros, conductor y colector hasta de la vida. Cada usuario tiene y cuenta su propia historia mientras toma aire, y te dice: “-Al menos estoy vivo”

Pero tanto en Barquisimeto como en Puerto Ordaz, San Félix, y quizá en alguna otra ciudad las autoridades, desde el fiscal de tránsito, policías, alcaldes, gobernadores, entre otros, están en el deber moral de impedir que estas manifestaciones de la mentalidad marginal se sigan materializando.

Ya en el pasado han ocurrido accidentes fatales, tal el caso de una de estas perreras que por desperfectos mecánicos fue a dar al río Caroní perdiendo la vida varios pasajeros, o los continuos choques y arrollamientos que se generan por las malas condiciones de los rapiditos en Barquisimeto.

Edoardo, todo un médico de la traumatología y la ortopedia, pudo llegar a su destino sin mayores contratiempos, salvo las magulladuras de ir apretujado entre el gentío y los olores mañaneros de mantequilla, café negro y el reguetón del momento. Pero el regaño de su madre convirtió esa primera vez en la única aventura de su hijo pródigo. Tuvo suerte, después de todo.

Los ciudadanos venezolanos tienen derecho a contar con unidades de transporte público aptos para esas delicadas funciones. Y sobre todo, con conductores de transporte que sean verdaderos “profesionales del volante”, como comúnmente se les denomina.

Agregamos a ello, la educación vial que eduque en el trato digno al pasajero y el uso de un “hilo musical” que permita, tanto al conductor como a los usuarios el disfrute de un viaje cómodo y placentero.

 

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