Angélica Alvaray: El nuevo orden

Dicen que año nuevo, vida nueva. Dicen también que, después de unas elecciones, viene un cambio en el gobierno, que los ministros ponen sus cargos a la orden, que el Presidente, o Gobernador, o Alcalde, reelecto o con el cargo por estrenar, se juramenta ante la Asamblea Legislativa correspondiente y comienza un nuevo gobierno, al menos en lo formal. Y dicen que La Constitución es el cuerpo de leyes que la sociedad en su conjunto está dispuesta a respetar, cuyo guardián en una democracia es, en última instancia, el Tribunal Supremo Judicial, o la Corte Suprema, o como se llame en cada país.

Aquí, en estas tierras desoladas, todo es diferente. La incertidumbre se hace presente en todos los ámbitos: el presidente sigue enfermo pero nadie informa si podrá tomar posesión  en algún momento o si solo estamos esperando un desenlace fatal. Está tan delicado que no puede venir a juramentar su cuarto mandato. Está tan enfermo que sus acólitos quieren retorcer lo que dice la Constitución para buscar los silencios, las omisiones que en cualquier otro país son lógicas: no dice que tiene que ser en Venezuela, puede juramentarse en una embajada, no dice que tiene que estar vivo, puede juramentarse su fantasma, su sombra, su espíritu que está con nosotros.

Los voceros aprovechan la palestra para insultar a la oposición, como si esta tuviera la culpa de la enfermedad del líder, como si el acto de juramentación el 10 de enero fuese un invento. Si hay alguien a quien culpar, es a ellos mismos, que desatendieron la condición del presidente y lo lanzaron en la cruzada de la reelección, agravando su estado y empujándolo a esta crisis.

Ayer, la presidente del TSJ, Luisa Estela Morales, dio la estocada final al tema de la juramentación que debía ocurrir el día de hoy: por argumento de continuidad administrativa no hace falta juramentarse, “no hay ni siquiera falta temporal del presidente”, dijo. Todo sigue igual, el país sigue esperando a que el presidente venga a tomar posesión en algún momento, “cuando pueda”.

Se le otorga un permiso por ausencia que no se califica de permanente ni de temporal sino todo lo contrario. Chávez reposa en una cama en algún hospital de La Habana y Venezuela entera sigue en el pasillo, esperando. No se toman decisiones, se postergan compromisos, desfilan ministros, diputados, presidentes de otros países para proclamarse “hijos de Chávez”. El canal del Estado nos inunda de propaganda, insiste en una campaña para convencernos de que todos somos Chávez. “Chávez soy yo”, repiten sus seguidores, llorando y abrazándose.

Sí, este nuevo año hay un nuevo orden. El aire de La Habana trae a Caracas un vaho que recorre todas las instituciones, destruye las estructuras y la legalidad hasta ahora tambaleante; el tumor maligno crece ya sin obstáculos, sin pudor. Nace una religión política con el hombre todavía en su lecho de hospital, oliendo a pus y a formol.

Nos toca, tanto a los líderes de la oposición como a los ciudadanos, revisar nuestras propias organizaciones y reanimar nuestras acciones de cara a estas nuevas realidades, para seguir en el camino de construir un espacio diferente.

(Escribo esto mientras oigo los Sukhoi sobrevolar la ciudad. El ruido de una guerra contra nosotros mismos).

 

Caracas, 10 de enero de 2013