A 55 de aquel 23

A 55 de aquel 23

 

A 55 años de la caída del régimen dictatorial de Marcos Pérez Jiménez, el historiador Rafael Marrón González detalla las últimas horas del coronel en la capital del país, antes de partir para el exilio a bordo de “la Vaca Sagrada” durante la madrugada del 23 de enero de 1958, publica Correo del Caroní.

23 de enero: pórtico de la libertad

Se desplazaba el coronel Marcos Pérez Jiménez con su caravana de escoltas y ministros, iba sumido en reflexiones sobre los acontecimientos de ese mes de enero en el escenario militar y político, cuando lo sobresaltó el grito de un buhonero que a esa hora armaba su tarantín: ¡Ese va cagao! Y las carcajadas de los transeúntes, celebrando la osadía, obligaron a la caravana anochecida a acelerar la marcha ignorando la orden de apresar al agresor. En ese instante comprendió el dictador que todo había concluido. El irrespeto del pueblo ponía punto final a una aventura militarista que comenzó con el derrocamiento del gobierno democrático de Rómulo Gallegos, a apenas nueve meses de su toma de posesión, el 24 de noviembre de 1948, y lo llevó al poder omnímodo el 2 de diciembre de 1950, tras el magnicidio del traidor a Gallegos -era su ministro de la defensa- el golpista Carlos Delgado Gómez – Chalbaud era el segundo apellido de su padre. Para graficar lo grotesco de todo dictador, a “Tarugo” como lo llamaba la disidencia, un jalabolas le compuso un porro, que enmudeció la dignidad nacional durante ocho años: “Coronel Marcos Pérez Jiménez/ presidente constitucional/ elegido por el pueblo/ para gloria nacional”. No había rocola de pueblo en la que no sonara religiosamente, día y noche, el porro de la adulancia, transmutado en el himno del miedo. Y en todas las paredes de la patria, el gran retrato de “Tarugo” en uniforme de gala. También en aquella época oscura ser sapo, soplón, como hoy, daba estatus, y en cualquier partido de dominó estaba presente un delator listo para acusar a un cristiano por cualquier nimiedad, lo que lo condenaría al calvario de la cárcel, la tortura o la muerte. Quien quisiera quitarse de encima un vecino molesto, lo acusaba de adeco y ya. Durante esos años, ningún hogar venezolano estuvo libre del miedo. Por eso cuando oigo a alguien hablar de las bondades de esa dictadura suelo preguntar qué actividades realizaba el afortunado. ¿Fundó un sindicato, pertenecía a un partido político de oposición? ¿Tenía un programa crítico en la radio? O simplemente dejaba hacer, dejaba pasar, mirando para el otro lado, respirando poquito, como les gusta a los dictadores que sean los pueblos.

Diez años de absolutismo
Durante esos diez años de dictadura se abrieron 136.000 expedientes, centralizados en la Seguridad Nacional, contra ciudadanos que se atrevieron a disentir, protestar o simplemente opinar. De la búsqueda inicial de los cabecillas de la resistencia, se pasó lego, maniáticamente, a la persecución en masa. Con violencia institucional. Se allanan los hogares a media noche. Lo rompen todo. Nada importa el terror de los niños, lo disfrutan. Buscan armas, documentos, imprentas, se veja a hombres y mujeres, civiles y militares, jóvenes y ancianos. Saquean bibliotecas, queman los libros. Se injuria a las mujeres levantadas en bata de dormir. Lo importante es mantener al pueblo bajo el terror, desequilibrado económicamente. Más de medio millón de venezolanos, de los siete que tenía el joven país, fueron allanados y perseguidos. Nuestro recuerdo para los cientos de héroes anónimos que dieron su vida y sufrieron torturas y cárceles en su lucha incansable por la democracia, durante la feroz dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez. Y parodiando al poeta Andrés Eloy Blanco: Maldito el hombre que, en nombre del hambre, del progreso, de la igualdad o de los que sea su excusa, intente aherrojar de nuevo a un hijo de Venezuela.

¿Cuál fue la obra de este dictador?
¿Qué hizo Pérez Jiménez como gobernante?: Obras materiales, perdurables, suntuosas algunas, pero sólo en Caracas, para acceder al grosero peculado que le permitió vivir 42 años de exilio dorado en Madrid, sin trabajar. Sus construcciones, en su totalidad, no alcanzan para cubrir el sufrimiento y la indignidad causadas a una sola de sus víctimas. Durante su gobierno olvidó la provincia y la hundió en la desolación. Todo ese cordón miserable que rodea Caracas y las grandes ciudades, es consecuencia directa de las políticas de apartheid practicadas por Pérez Jiménez, pues al llegar la libertad individual de mano de la democracia, el empobrecido interior enfiló sus esperanzas hacia las zonas urbanas, que fueron prácticamente invadidas por personas sin la menor preparación para sobrevivir dignamente en ellas. Y en cuanto a su supuesto nacionalismo, se entregó en cuerpo y alma a los gringos, mejor dicho a las transnacionales del petróleo, por lo que fue condecorado por el gobierno estadounidense, al entregar 800.000 hectáreas en concesión, lo que significa más de la cuarta parte de los recursos de petróleo crudo del Lago de Maracaibo.

Pero, a todo cochino le llega su 23 de enero
Ese mes de enero amaneció de golpe el propio 1, cuando Caracas todavía dormía el ratón de la celebración de fin de año, con un alzamiento de jóvenes oficiales de la Fuerza Aérea, de la Base de Boca del Río, y de oficiales y tropa de la guarnición de Maracay, secundados por el cuerpo de blindados del Cuartel Urdaneta, al mando del coronel Hugo Trejo. Esta intentona fracasó, pero estremeció los cimientos militares del régimen, develando una profunda crisis que el dictador intentó aplacar cediendo a las peticiones de la alta oficialidad que lo obligó a deshacerse de personajes de mucha importancia para el mantenimiento del poder, como fueron Laureano Vallenilla Lanz, ministro de Relaciones Interiores, además de ideólogo del Nuevo Ideal Nacional, y Pedro Estrada, tétrico jefe de la Seguridad Nacional, la policía política que mantuvo el control sobre las organizaciones políticas, obligando a los líderes democráticos a escapar hacia el exterior por el terror de sus torturas y crímenes, como los asesinatos, en plena vía pública, del líder adeco Leonardo Ruiz Pineda y del teniente Droz Blanco, emblemáticos por su vileza. Pero ya toda la sociedad civil venezolana, la Iglesia -la Carta Pastoral de monseñor Arias Blanco, prácticamente una incitación a la rebelión, se leyó en todos los púlpitos de la nación- los distintos gremios profesionales, los sindicatos que operaban, como los partidos políticos, en la clandestinidad, estaban comprometidos en acciones de calle que cada día tenían mayor fuerza popular, y el momento cumbre de esas acciones cívicas fue la huelga nacional del 21 de enero: No hubo prensa ese día. El silencio del periodismo fue el más formidable grito de libertad que se hubiera escuchado hasta ese momento en toda América. Y en la madrugada del 23 de enero de 1958, el avión presidencial -la Vaca Sagrada, la llamaba el pueblo- surcaba los cielos de Caracas transportando al asustado Pérez Jiménez y familia, a refugiarse en República Dominicana, la casa de otro infame asesino, el dictador Rafael Leonidas Trujillo; y, en sentido contrario, la nación venezolana despegaba hacia 40 años de progreso republicano. Hasta tropezar de nuevo con piedra similar.

Así como Bolívar es asumido como conspicuo símbolo de las lealtades comunes del pueblo venezolano, porque según su percepción básica, Bolívar sólo puede querer el bien para Venezuela, así el 23 de enero de 1958 se transmutó en el tiempo, por la profunda introyección de la libertad como valor ascensional, en el símbolo de su vocación democrática, porque la democracia, por su natural característica participativa, en cuanto cada quien según sus capacidades, no puede querer sino el bien para Venezuela.

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